Soberanía, ¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre!

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Los regímenes que más invocan la soberanía son los que más la pisotean. El abuso del término podría hacer eco a la célebre frase de Madame Roland durante la Revolución Francesa: “¡Libertad, libertad cuántos crímenes se cometen en tu nombre!” Soberanía, soberanía, cuántos crímenes se cometen en tu nombre. Apelan a ella los tiranos para reclamar su pretendida licencia de aplastar a sus pueblos.

Lamentablemente, este abuso tan reiterado no parece producir el rechazo o indignación que debería, siendo el más reciente el caso de la presidenta mejicana Sheinbaum al negarse a condenar a la dictadura Murillo-Ortega so pretexto de tener que respetar la soberanía de Nicaragua. El pecado capital detrás de estas reacciones, aparte de ciertos oportunismos políticos, es el confundir la soberanía de los pueblos con la de los gobiernos. Error que no es privativo de ciertos líderes, sino que contamina amplios sectores de la población.

¿Qué es soberanía? En su esencia el término implica poder e independencia. El soberano tiene poder en cierto sentido supremo; nadie está sobre él, nadie puede dictarle su conducta. En tiempos pretéritos esta facultad o capacidad era prerrogativa exclusiva de los monarcas, sultanes, o jeques. El pueblo debía obedecerles. Todo esto cambió en la época moderna bajo el influjo de intelectuales de la ilustración. John Locke, (1632-1704) en particular, fue quien mejor articuló el concepto de que el soberano es el pueblo. Los gobiernos no son, sino, servidores de la voluntad popular, es decir, están bajo, no encima de los ciudadanos.

Este nuevo entendimiento del origen de la soberanía fue verdaderamente revolucionario; rompió con una tradición milenaria e inauguró la era de los regímenes democráticos. El primero en proclamar expresamente esta nueva filosofía fue el norteamericano. En su declaración de independencia estableció que los gobiernos existen para proteger los derechos inalienables de los individuos—entre ellos la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad— Afirmó además que los gobiernos derivan sus poderes del consentimiento de los gobernados, de manera que, si llegan a ser destructivos de dichos fines, es “derecho del pueblo alterarlos o abolirlos”.

Que el pueblo sea soberano implica, entre otras cosas, que tenga derecho a elegir y quitar a sus autoridades, que pueda expresar sin miedo sus ideas o preferencias, que pueda asociarse libremente con otros, que pueda escoger su profesión o industria, transar sin interferencia del Estado con sus conciudadanos, etc. Un pueblo a quien se prive de estos y sus otros derechos y facultades ya no es soberano, y un gobierno que lo haga deja de ser legítimo. No debe ser reconocido como tal ni por sus ciudadanos ni por los otros países del mundo. Precisamente porque es un usurpador de la soberanía popular. Absurdo es entonces que proclame para sí un derecho —el de la soberanía— que le niega a su propio pueblo.

El concepto de soberanía, su origen e implicaciones, debería ser materia de estudio prioritaria en todos los sistemas educativos. Debería estar desplegado en vallas de carreteras, en programas televisivos, en posters en todos los lugares públicos. Deberían recitarlo de memoria todos los militares, diputados, jueces y autoridades en general.

A manera de apéndice vale advertir que la soberanía es un concepto hermoso que también tiene una dimensión que, aunque personal, tiene trascendencia pública: la soberanía o independencia interna de los individuos. Un hombre o mujer no es libre ni soberano si es esclavo de sus pasiones. Si no domina sus instintos o sus bajos impulsos, estos lo dominan a él. Lo transforman así en una persona que ha perdido en las capas más profundas su independencia, su capacidad de decidir racionalmente y actuar con criterio propio; en alguien que difícilmente respetará los derechos ajenos. Y si en una nación estos son mayoría, ¿podrán generar gobiernos respetuosos de la soberanía popular?

El autor es sociólogo e historiador. Autor de En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua1492-2009.

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