¿Hay esperanza que los Murillo Ortega den elecciones libres?

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¿Podrán los Murillo Ortega abrirse algún día a una transición democrática, es decir a permitir elecciones libres, competitivas y con libertad de prensa y de movilización? Reflexionar sobre este tema es indispensable para saber dónde estamos parados y qué se puede hacer. En el proceso hay que evitar optimismos ingenuos. Como el de quienes señalan que en 1990 los sandinistas fueron lo suficientemente acomodaticios para dar elecciones libres y que podrían volverlo a ser si se ejercen sobre ellos las debidas presiones.

Quienes así piensan han olvidado los factores que entonces produjeron tal desenlace. Uno fue que el gobierno estaba en manos de un partido, el FSLN, con un mando colegiado y algunas cabezas pragmáticas. Ellos se vieron obligados a considerar la salida electoral tras conocer el cese del apoyo de la única potencia (la Unión Soviética), que era indispensable para enfrentar los más de veinte mil campesinos contras apoyados por Estados Unidos. Estaban muy seguros, además, que iban a ganar las elecciones.

Hoy quien gobierna Nicaragua es solo y exclusivamente una pareja, por no decir una mujer, para quien dejar el poder es anatema. Bastó que el hermano de Ortega sugiriera una apertura electoral para que horas después lo apresaran y dejaran morir. En ellos la obsesión por controlar, dominar y perpetuarse en el trono está en la esencia más profunda de su personalidad. Se piensan herederos de Sandino y consideran a todos sus opositores, demonios malvados, perversos, asquerosos traidores. Además, y esto es muy importante, ambos están convencidos —correctamente— que en cualquier elección verdadera el poder caería en manos de sus detestables adversarios.

A lo anterior se añade una realidad que a veces no se menciona: que ellos, y sobre todo ella, no son personas normales. He oído a psiquiatras que por su atuendo y discursos aseguran que exhibe síntomas psicópatas (antisociales) y paranoicos. Digámoslo con toda claridad: la oposición nicaragüense está y estará lidiando con una loca —porque su marido es cada vez más cero a la izquierda—. El común denominador que los une es su disposición a quemar el mundo entero, incluso a ellos mismos, antes que dejar el poder.

No nos engañemos. No funcionarán presiones, por severas que sean, que puedan abrir a la pareja a la deseada transición democrática. Pero esto no significa que no puedan convencer a su entorno que es mejor permitirla. Y esto incluye a su propia familia, militares y burócratas importantes. Quienes rodean a los Murillo Ortega no lo hacen por idealismo sino por conveniencia; por el dinero y privilegios que ellos les dispensan. Todos, como es común en los humanos, hacen cálculos de costo beneficio y en base a ellos fluctúan sus lealtades. Al dictador Strosner, de Paraguay, lo depuso su general de confianza.

¿Qué medidas habría que tomar para que un grupo creciente de ellos sientan que no tienen mucho que ganar manteniéndose fieles y que sí tienen mucho que perder? Muchos ya están sufriendo el no poder viajar a Estados Unidos. Sus hijos no pueden ir a Disney World. Pero podrían sufrir más: la negativa de visas de muchísimos países más y el cierre de sus cuentas personales. Más doloroso aún sería tocarles el bolsillo, aunque esto implica secar de fondos a quien les paga.

Esta última exigencia nos lleva al delicado tema de las sanciones. Porque las únicas que pueden poner en crisis estas dictaduras y sus cómplices son aquellas que les arruinan sus negocios y golpean duro las arcas del Estado. Y es imposible que esto no afecte a la población. Quienes quieran sanciones capaces de sacudir al régimen en sus cimientos sin que causen sufrimiento al pueblo quieren hacer un círculo cuadrado. Triste pero real.

Un amigo a quien le compartí este pensamiento me dijo con una sonrisa cínica que la única medida indolora sería la extracción. Pero esto no está en las manos de la oposición. Lo que esta puede y debe hacer es un intenso cabildeo internacional a favor de medidas que agrieten seriamente al régimen. Las perspectivas son buenas. Léase The dictator´s handbook (Bueno de Mesquita, Bruce). Sus autores señalan que uno de los momentos más frágiles de los tiranos es cuando envejecen y enfrentan las crisis de sucesión. Estas son más agudas cuando sus posibles herederos son impopulares y hay cómplices al acecho que ambicionan su poder. Peor aún si por X circunstancias el dictador senil llega a quedarse sin los fondos necesarios para compran lealtades. Se dan entonces los ingredientes para la tormenta perfecta.

El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. “Historia de Nicaragua 1492-2019”.

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