Urge detenerlos

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Sí, la comunidad internacional por fin ha vuelto su mirada a Nicaragua. Han estallado por doquier las condenas contra el abierto y monumental desprecio de Ortega por las elecciones. Pero hasta la fecha solo ha sido ruido. Hay que hacer más. Por mucho tiempo la comunidad internacional democrática ha construido lo que un ilustre amigo mío —que como miles de nicaragüenses prefiere ocultar su nombre— llama un muro de las lamentaciones: expresiones de dolor o llamados ingenuos a portarse bien: “Exhortamos al Gobierno de Nicaragua a respetar la voluntad popular”.

Palabras sin dientes. Lamentarse y no hacer nada ha sido por demasiados años un ritual fácil y cómodo de muchos gobiernos y organizaciones, en parte para lavarse la cara, en parte para lucir sus credenciales democráticas. No quiere decir esto que detrás de esos coros no haya sentimientos genuinos de indignación y rechazo. Pero ha faltado lamentablemente la decisión de tomar medidas concretas, eficaces, que permitan enfrentar la dictadura y devolver a los nicaragüenses su derecho a decidir su destino.

La OEA está en vísperas de reunirse de nuevo para abordar el anuncio antidemocrático de Ortega. La última vez que lo hizo criticó fuertemente a la dictadura Murillo-Ortega, pero no dio el paso de declararla ilegítima. Vamos a ver qué pasa ahora. ¿Se atreverán a pasar de las palabras a los hechos?

Ojalá lo hicieran. No se puede esperar más. Tolerar en el hemisferio una dictadura abierta y sin disimulo demuestra una peligrosa pasividad que es alimento para más autocracias. Demuestra, asimismo, falta de convicción sobre los valores democráticos, lo que debilita su respeto y prestigio. En cierta forma es una especie de bofetada, de desprecio, a todos los partidarios de la libertad.

Pero hay otra dimensión más grave que, desgraciadamente, no parece preocupar mucho a quienes observan de largo al país: el daño que la dictadura está causando internamente. Viene destruyendo la calidad de la educación en todos los niveles y con ella privando a la juventud de su bien más preciado. La mayoría de nuestros estudiantes de primaria no saben leer ni multiplicar. Por eso rehúsa participar en mediciones internacionales pues anticipa los peores resultados. En secundaria y en las universidades, además de sumirlas en la mediocridad más extrema se ha prohibido el pensamiento crítico.

La dictadura está asimismo tratando de descristianizar el país expulsando centenares de sacerdotes, monjas, junto con órdenes religiosas; confiscando universidades y centros de estudios católicos e impidiendo la entrada de sacerdotes. Igualmente feroz es su asalto a la cultura. Podrán aún circular muchos vehículos y llenarse los restaurantes, pero ya no hay, como las había antes, publicaciones literarias, debates, o conferencias independientes. También se ha sepultado la independencia y creatividad ciudadana. Se han cerrado, robándoles sus bienes, a miles de oenegés que prestaban servicios, investigaban o promovían la cultura. Ya no más academias de historia, centros para la conciencia ecológica, asociación de ajedrez, y un etcétera interminable de cancelaciones a esas actividades que en las sociedades libres fomentan la multiplicación de iniciativas individuales o grupales.

Ahora todo es el Estado. Omnipresente. Omnipotente. Vigilante. Regulador. Castigador. Ilimitado. Y una ciudadanía callada, cuidadosa, temerosa. Se aplasta la espontaneidad. Festejar el triunfo de la miss universo nica fue delito. Procesionar es prohibido. Las mismas congregaciones políticas del partido gobernante ya no están constituidas por aquellas multitudes apretadas, fluidas, en movimiento y con vestimentas propias. Hoy todos están en asientos preasignados, cuadriculados, quietos, y con las mismas camisas. Todo bien organizado y dispuesto por los de arriba. Da pena verlos obligados a oír por horas los discursos más aburridos, lentos y deslucidos de nuestra historia. Pareciera todo arreglado para producir una gigantesca lobotomía colectiva; una generación entrenada para uniformarse y obedecer. Como en Corea del Norte,

Urge concertar acciones que desmonten este monstruo y devuelvan la esperanza al pueblo nicaragüense. La continuidad de la dictadura es un crimen contra todo un pueblo, particularmente contra la juventud. Mas las acciones para detener su marcha destructiva deben ser fuertes. Fuertes quiere decir que tengan la capacidad de arrinconar a la dictadura entre dos alternativas: abrirse a una apertura genuinamente democrática o desaparecer. Los medios existen. Falta aún la voluntad política, o los pantalones.

El autor es sociólogo e historiador. Autor de En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.

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