¿Por qué Ortega ha desatado semejante tormenta?

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Tenía años Nicaragua de no estar en el foco del interés mundial. Las declaraciones de Ortega sobre las elecciones lo han cambiado todo. Como lo dijera certeramente Pedro Joaquín Chamorro Barrios en su reciente artículo “Ortega: el rey soy yo” (LA PRENSA 24,07,2026) él “ha encendido todas las luminarias del mundo y la ha puesto de nuevo en el epicentro de la atención mundial”. Ni la prisión de obispos, ni la expulsión masiva de sacerdotes, ni la escandalosa “constitución chamuca”, ni el asesinato en prisión de un líder miskito, habían despertado tanta atención e indignación mundial. Incluso el izquierdista Foro de Sao Pablo se sumó a la legión de quienes han deplorado el anuncio de Ortega.

¿La razón? Porque Ortega rompió abiertamente con un principio que para el mundo civilizado es un dogma político sagrado: el derecho de los pueblos a elegir libremente a sus autoridades. Desde la Revolución Americana de 1776, y la Francesa de 1789, prácticamente todas las naciones se han sumado al concepto de que el consentimiento popular es lo único que legitima a un gobierno. Las elecciones se convirtieron así en una piedra angular del orden democrático y del cambio pacífico de los gobiernos.

Tan indiscutible y respetado es este pilar que aún déspotas de todos los colores simulan aceptarlo, aun dando elecciones amañadas o haciendo fraudes electorales. Como Maduro y muchos otros. Pero negarlas abiertamente, como hizo Ortega, es realmente algo excepcional. Una muestra de un descaro enorme y de un gran desprecio a la comunidad internacional y a su propio pueblo. Porque es una bofetada a los nicaragüenses decirles que no tienen discernimiento —ni derecho— para elegir libremente sus autoridades.

Lo de Ortega no fue un exabrupto. Algunos, alarmados por la reacción internacional han recurrido al argumento pueril de que el no dijo que no habrá más elecciones, sino que no verán más elecciones. Si le digo a alguien “no habrá más desfiles, o no verás más desfiles, ¿no estoy diciéndole lo mismo? Decirlo fue ciertamente una estupidez política, pero no algo ajeno a sus principios más íntimos. Veamos bien las palabras que dijo en 2009 en Cuba:

“En Cuba hay democracia… el pluripartidismo no es más que una manera de desintegrar a la nación, confrontar a la nación, dividir a la nación… Cuba tiene un modelo donde no se divide al pueblo cubano entre verde, rojo, amarillo y anaranjado… el pueblo cubano es el que elige a sus autoridades, sin la estridencia de las elecciones de las democracias burguesas impuestas por Occidente… ¿Por qué? Porque es la mejor manera de dominarnos”.

Ortega admira el sistema comunista cubano y añora su sistema de partido único. Su declaración del 19 de julio fue coherente con su ideología. Fue también una confesión flagrante de su impopularidad. Porque solo el que teme las elecciones osa prohibirlas. Él le tiene terror a la voluntad popular. Él está convencido de que si permite correr a sus verdaderos opositores va a perder el poder. Él sabe que lo único que lo sostiene y le da seguridad son los cañones, tanques y fusiles que vio desfilar complacido y aliviado.

Tratando de dorar la píldora la codictadora Murillo dijo que la intención de su gobierno es evitar elecciones burguesas o a la gringa y hacer sus propias elecciones soberanas. Lo que van a proponer ahora es una elección chamuca: una que garantice que sólo podrá ganar su partido; el único, el permanente, el inderrotable. Como medio los obedientes diputados prohibirán la participación de los despatriados, de quienes no comulguen con su constitución, de quienes se considere que hayan pedido sanciones, y, en suma, de cualquier candidato o partido que pueda hacerles competencia.

Bajo los Murillo-Ortega no habrá elecciones. Habrá quizás votaciones. Las elecciones no tienen apellido. O son instrumentos para que el pueblo elija libre y sin descalificaciones a quienes desee, sea este pro gringo, pro ruso o pro chino, o no lo son. Es la calle y no El Carmen quien debe decidir. Lo demás es una imposición intolerable y una amenaza a la paz. Porque sin el recurso a las urnas para cambiar gobernantes, ¿qué otros caminos quedan?

El autor es sociólogo e historiador. Autor de En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.

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