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Recomiendo a los enemigos del totalitarismo castrista, gobiernos y personas, que no se dejen engañar. Cierto que son unos ineptos en el arte o ciencia de gobernar, absolutamente incapaces en la producción de riquezas, pero en lo que respecta a manipulación y control político, son unos maestros consagrados, entre otras condiciones, porque son sujetos sin escrúpulos.
Por décadas, los contrarios al castrismo han subestimado las habilidades para sobrevivir y hacer daño de ese sistema. La mentira y el engaño son las herramientas que mejor manejan, se transmutan como salamandras y como tales, son tóxicas para las democracias y los derechos ciudadanos.
No es la primera vez que el castrismo promete cambios que jamás concreta, porque como dice el refrán, “compran pescado y les cogen miedo a los ojos”. El empobrecimiento del país ha sido una constante política de Estado porque el totalitarismo tiene la certeza que la independencia económica conlleva a la política.
Los jerarcas del castrismo siempre han tenido una visión absoluta y de eternidad en lo que respecta al poder. Tienen muchas similitudes con los regímenes teocráticos, actúan como fundamentalistas religiosos, siendo inflexibles en aceptar cualquier medida que ponga en juego su autoridad imperial.
Cierto que el deterioro actual no tiene precedentes y las decisiones del Gobierno de Estados Unidos tienen al sistema totalitario en conteo final, sin embargo, no se les puede dar cuartel, porque montan un espectáculo teatral capaz de confundir a tirios y troyanos el tiempo suficiente para que Washington cambie de perspectivas y los cubanos nuevamente se agoten entre el garrote y muy pocas zanahorias.
Muy acertadas las recientes declaraciones del Departamento de Estado de calificar como «señales de humo superficiales» y una «estrategia típica» el paquete de 176 reformas económicas anunciado por la dictadura.
Aciertan, cuando dicen que el castrismo intenta crear una ilusión de apertura para que cese la presión internacional, agrego, también, para que las protestas de los cubanos cesen, saben que cuando el pueblo asuma el protagonismo que le corresponde, no los salva ni el médico chino, expresión del refranero cubano que significa que no hay cura posible.
El castrismo ha demostrado ser un histrión con gran talento, poseedor de un guion bien articulado desarrollado en un escenario en el que el pueblo ha ocupado los peores puestos, lugares, que aparentemente está dispuesto a abandonar. El ciudadano está harto de tanta miseria.
No tengo dudas que la dictadura teme profundamente a Estados Unidos y todo lo que esta nación representa por ser contrarios a las propuestas castrista; estoy convencido de que resentiría el fin de la deshonesta asistencia que la Unión Europea le viene prestando consistentemente, pero, mi incuestionable certeza, es que a lo que más temen es a la furia de la población.
El sistema, con estas propuestas, busca neutralizar los sectores del gobierno que no tienen acceso a los privilegios del aparato central, además, confundir a la población, harta de la miseria absoluta que les degrada, una situación que les ha conducido a protestar cívicamente generando un clima de inestabilidad que puede hacer girar las bayonetas que el soldado, también en la desdicha, empuña.
Los Castro, Díaz Canel y todos los sicarios que les han servido por década, conocen de lo que son capaces las masas cuando rompen las cadenas. Ellos, conscientemente, han sometido al pueblo a condiciones de miseria extrema, humillado y degradado a las personas a niveles inimaginable y eso hace fecundar un odio y una sed de pasar cuentas, que la historia ha plasmado numerosas veces.
Cuba lo ha vivido, y los nonagenarios que han destruido el país y puesto en riesgo la nación lo saben, aunque, por si acaso, les recuerdo la extrema maldad a la que puede llegar la ira popular.
Después del derrocamiento del general-dictador Gerardo Machado, el cadáver de uno de sus esbirros más connotados, el brigadier Antonio Ainciart Agüero, fue exhumado de una fosa común en el cementerio de Marianao y llevado por las turbas a la Universidad de La Habana para colgarlo de una farola, mientras, intentaban hacerlo, la soga se rompió y el cuerpo en proceso de descomposición cayó al suelo, interviniendo entonces el dirigente estudiantil Eduardo Chibas quien a punta de pistola impidió que la profanación continuara.
La historia puede repetirse, aunque no precisamente para absolver a los tiranos y a la tiranía.
El autor es periodista cubano.
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