El corazón de doña Violeta

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El pasado 14 de junio se cumplió el primer aniversario de la muerte de la expresidenta democrática de Nicaragua, doña Violeta Barrios viuda de Chamorro. Ella murió en Costa Rica, exiliada de hecho, igual que tantos otros nicaragüenses, muchos de ellos hasta despojados de su nacionalidad por la dictadura sandinista totalitaria de Daniel Ortega y Rosario Murillo.

El cuerpo de doña Violeta fue sepultado en Costa Rica, pero su estadía en este país es temporal. Así lo aseguró la familia en el comunicado que emitió para informar su fallecimiento: “Sus restos descansarán temporalmente en San José, Costa Rica, hasta que Nicaragua vuelva a ser República, y su legado patriótico pueda ser honrado en un país libre y democrático”.

Nicaragua ya una vez volvió a ser República, cuando a partir del 25 de abril de 1990 ella fue presidenta de la República elegida por el pueblo y gobernó de manera ejemplarmente democrática durante casi siete años. Hasta que, como se debe hacer cuando hay decencia política y democracia, entregó el poder presidencial a su sucesor que también fue elegido libremente por el pueblo.

De que los restos mortales de doña Violeta serán honrados en un futuro no lejano en su tierra patria, a la que tanto amaba y por la que dio todo lo que tenía, ante todo su corazón de mujer íntegra y patriota, no debe caber ninguna duda.

Seguramente que no fue por casualidad que doña Violeta escogió el título Memorias del corazón para su libro de recuerdos y vivencias en el que habla de su vida personal y familiar, de su amor y matrimonio con Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, de la hermosa familia que formaron, de su etapa como directora del Diario LA PRENSA después de que asesinaron a su heroico esposo.

Y habla también doña Violeta, en su libro de memorias, de los momentos más impactantes, positivos y negativos, de su mandato presidencial que fue ejemplarmente democrático. Un raro período de la historia de Nicaragua cuando no hubo presos ni perseguidos políticos, ni represión de ninguna clase, pero sí libertad plena. Y tolerancia y paciencia, a pesar de que las bandas del Frente Sandinista usando la violencia callejera y asaltos armados boicoteaban criminalmente su gestión gubernamental.

Doña Violeta, de manera voluntaria o providencial, inspiró el título del relato de sus memorias en un emblemático verso del compositor musical y sacerdote español, Juan Antonio Espinoza, que en su canto litúrgico cristiano Danos un corazón dice, como una plegaria:

“Danos un corazón grande para amar y fuerte para luchar. Pueblos nuevos, luchando en esperanza, caminantes, sedientos de verdad; pueblos nuevos sin frenos ni cadenas, pueblos libres que exigen libertad”.

Sí, doña Violeta tuvo un corazón grande para amar y para luchar por la verdad, para liberar su pueblo de los frenos y cadenas que le impedían vivir en libertad. Y en libertad pudo vivir hasta que Daniel Ortega en forma aviesa recuperó el poder y comenzó a restaurar la dictadura, ahora peor que la anterior de los años ochenta.

Por cierto que los políticos opositores nicaragüenses, que a pesar de estar en el exilio se esfuerzan en lograr que haya una nueva transición democrática en Nicaragua, deberían leer o repasar las páginas de Memorias del corazón, de doña Violeta. Lo mismo que el libro La difícil transición nicaragüense, escrito por Antonio Lacayo Oyanguren, su yerno y mano derecha en el gobierno.

En esas obras está resumida la rica experiencia de la tempestuosa, pero también exitosa, transición democrática de 1990 a 1997. Experiencia que hay que conocer y estudiar, no para copiarla porque las situaciones históricas no son iguales, sino para aprender de ella todo lo que pueda servir para la nueva transición democrática. La que inevitablemente vendrá cuando termine la dictadura de Ortega y Murillo.

En todo caso, Nicaragua ya le debe mucho a doña Violeta que dio todo por su pueblo sin pedir nada a cambio. Y cuando sus restos mortales sean llevados a su Nicaragua porque ya habrá vuelto a ser República, con toda seguridad que su pueblo le erigirá el monumento que su memoria merece.

Nos referimos a un monumento material, porque el espiritual y moral ya está y permanece en el corazón de todos los nicaragüenses bien nacidos, que por eso mismo son agradecidos.

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