El pasado domingo 7 de junio fue la segunda vuelta (o balotaje) de la elección presidencial en Perú. Keiko Fujimori, candidata de la derecha, y Roberto Sánchez de la izquierda, midieron su respaldo popular en las urnas electorales.
Sin embargo, una semana después de la elección no se conoce el resultado y oficialmente se informa que solo hasta fines de junio, o comienzos de julio, el organismo electoral podrá anunciar quién es la persona que ejercerá la Presidencia de la República de Perú, en el próximo período de cinco años.
El atraso en conocer los resultados de la elección se debe, principalmente a que los dos candidatos quedaron empatados técnicamente. De manera que será por una diferencia muy escasa que habrá finalmente un vencedor. Por eso ha sido necesario contar voto por voto y escudriñar cuidadosamente las actas de votación que fueron observadas o cuestionadas, para determinar el resultado final que en todo caso será, repetimos, con una mínima diferencia.
Pero esto no es una novedad en Perú. El fenómeno comenzó con las elecciones de 2011, cuando la misma Keiko Fujimori perdió ante Ollanta Humala por una muy estrecha diferencia de votos. En las siguientes elecciones, en 2016, Keiko Fujimori fue vencida nuevamente, con una diferencia de 41 mil votos, esa vez por Pedro Pablo Kuczynski. En 2021 la porfiada Fujimori volvió a perder (en esa ocasión ante el izquierdista Pedro Castillo), y el resultado de las votaciones fue tan ajustado que pasaron varias semanas para que se diera a conocer el resultado.
Esta vez se ha repetido la historia, con la diferencia de que ahora es probable que la señora Fujimori por fin logre la victoria y sea la próxima presidenta de Perú. La diferencia la haría la votación de peruanos en el exterior, que votan mayoritariamente a la derecha desde que se reconoció el derecho a sufragar estando en el extranjero.
Los expertos en la historia y la realidad política peruana explican que las elecciones presidenciales con diferencias tan estrechas se deben a que el país arrastra desde hace mucho tiempo una profunda crisis institucional. La cual, de manera curiosa y paradójica no impacta en la economía, pues a pesar de las crisis políticas el sistema económico capitalista del país funciona bien.
Ya a fines de los años 60 del siglo pasado, el laureado escritor peruano y Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, hizo emblemática la pregunta acerca de “en qué momento se había jodido el Perú”. Él la incluyó en su famosa novela Conversación en la Catedral, publicada en 1969, y más de veinte años después, en 1990, un conjunto de intelectuales, periodistas y analistas políticos peruanos, escribieron y publicaron un libro de ensayos que titularon: ¿En qué momento se jodió el Perú?
Ellos analizaron las causas de la crisis peruana que llamaron “el colapso de una nación”, refiriéndose a las grietas estructurales que fracturaron el tejido social, político y económico de Perú. Es decir, la corrupción endémica, el arraigado clientelismo político, las fallas en la institucionalidad democrática, que condujeron a una sucesión de crisis integrales que han erosionado la confianza ciudadana.
Eso, además de la fragmentación ideológica y la existencia de un poder legislativo con facultades autoritarias, pero sin que ninguna fuerza política tenga una clara mayoría parlamentaria, ha determinado que ninguno de los presidentes anteriores, los que derrotaron a Keiko Fujimori, pudiera terminar sus períodos presidenciales.
Al parecer, Keiko Fujimori sí podría gobernar durante todo el período presidencial, pues su partido Fuerza Popular es el que tiene más parlamentarios y en alianza con los otros grupos de derecha y centro-derecha, tendría una sólida mayoría para gobernar con estabilidad y cumplir su programa democrático de gobierno.
Finalmente, como suele suceder en estos casos, el candidato izquierdista Roberto Sánchez y sus seguidores no reconocen la ventaja de Keiko Fujimori, y sin pruebas alegan que ha habido fraude a su favor. Pero la verdad es que la autoridad electoral peruana es reconocida por su integridad y goza de autoridad y credibilidad.
Además, la fuerte y numerosa observación electoral internacional, integrada por la Unión Europea, la OEA, el Centro Carter y otros reconocidos organismos internacionales, han avalado la limpieza de los comicios y, seguramente, avalarán el resultado final. Cualquiera que sea.