/ Lina Salazar y Maja Schling

El auge agrícola de América Latina se tambalea

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América Latina y el Caribe (ALC) es una potencia agrícola regional. Aunque representa solo el 8 por ciento de la población mundial, ALC aporta casi el 16 por ciento de las exportaciones agrícolas, y los aguacates mexicanos, la carne argentina, el café colombiano y el salmón chileno son productos básicos en supermercados y hogares de todo el mundo.

La agricultura es fundamental para el sustento de la población en toda la región. Este sector genera uno de cada seis empleos en América Latina y el Caribe, proporcionando ingresos vitales a muchas comunidades rurales pobres. Representa el 6 por ciento del PIB de la región —más que la minería legal—, lo que la convierte en un importante motor de crecimiento.

En un estudio reciente, analizamos las tendencias de productividad agrícola desde la década de 1960. Nuestros hallazgos cuestionaron la percepción arraigada de un sector rezagado. Descubrimos que décadas de fuerte crecimiento de la productividad han permitido que muchas explotaciones agrícolas de la región de América Latina y el Caribe se transformen en empresas modernas y altamente eficientes.

Pero nuestros hallazgos también ponen de relieve varias tendencias preocupantes. La productividad se ha estancado en los últimos años y el sector ahora se enfrenta a un futuro incierto y potencialmente insostenible. Mientras tanto, la pobreza rural sigue estando muy extendida y la inseguridad alimentaria es persistentemente alta. Pero si los gobiernos y el sector privado actúan con decisión, la región tiene la oportunidad de reducir La pobreza rural y el fortalecimiento de la seguridad alimentaria mundial.

El fin del auge de productividad que experimentó América Latina y el Caribe durante décadas debería servir como una llamada de atención. Desde la década de 1960 hasta principios de la década de 2000, la producción agrícola de la región se multiplicó por seis. Gran parte de este notable crecimiento se debió a mejoras en la productividad total de los factores (PTF), ya que los agricultores adoptaron nuevas tecnologías, prácticas de gestión y estrategias de asignación de recursos que les permitieron producir más con los mismos o menos insumos.

Sin embargo, desde finales de la década de 2000, el crecimiento agrícola ha dependido menos de las mejoras en la eficiencia o el cambio tecnológico y más del mayor uso de insumos como la tierra, el agua y los fertilizantes. Entre 2010 y 2020, solo el 40 por ciento del crecimiento de la producción agrícola provino de la productividad total de los factores (PTF), mientras que el 60 por ciento fue impulsado por un mayor uso de los recursos. Esto marcó un marcado contraste con las décadas anteriores, cuando las mejoras en la productividad eran el principal motor de crecimiento del sector. En efecto, la región ha recurrido cada vez más a su capital natural para sostener la expansión agrícola.

El crecimiento impulsado por el consumo de insumos es costoso, perjudicial para el medio ambiente y, en última instancia, insostenible. Sin embargo, las métricas de productividad tradicionales prácticamente ocultan la contaminación, la deforestación y el agotamiento de los recursos. Una vez que se incorpora la sostenibilidad ambiental al análisis, el panorama cambia drásticamente: el crecimiento anual de la productividad se reduce a menos de la mitad en comparación con las estimaciones convencionales, particularmente en áreas donde la expansión agrícola ha provocado deforestación y degradación del suelo. Si la productividad continúa estancada, los países de América Latina y el Caribe corren el riesgo de perder competitividad, con graves consecuencias para la seguridad alimentaria regional y mundial.

De cara al futuro, el progreso tecnológico —mejores semillas, mejores prácticas de gestión, mecanización, riego y herramientas digitales— sigue siendo el principal motor del crecimiento de la productividad. Los países que han invertido constantemente en sistemas de innovación agrícola, como Brasil y Chile, han logrado mayores y más sostenidos avances en eficiencia y rendimiento.

Al mismo tiempo, el estancamiento del crecimiento de la productividad sugiere que muchos agricultores tienen dificultades para aprovechar al máximo las tecnologías a su alcance. En Argentina, por ejemplo, nuestros hallazgos muestran que los productores podrían duplicar su producción utilizando los recursos existentes. El desafío es particularmente acuciante para los pequeños agricultores, cuyas mejoras en la productividad suelen verse limitadas por el acceso restringido a asistencia técnica, crédito e información de mercado confiable.

En conjunto, estos hallazgos apuntan a una conclusión clara: la tecnología por sí sola no basta. Para que la innovación se traduzca en aumentos sostenidos de productividad, se requieren inversiones adicionales en capital humano, capacidad institucional y apoyo técnico.

La buena noticia es que los gobiernos pueden tomar medidas concretas para impulsar los ingresos rurales, fortalecer la seguridad alimentaria y promover el crecimiento sostenible. Nuestros hallazgos demuestran que la forma en que los gobiernos apoyan la agricultura es más importante que la cantidad de dinero que invierten. Las políticas distorsionadoras, como los subsidios a los precios, suelen asociarse con una menor productividad y menores incentivos para la innovación. Por el contrario, las inversiones en bienes públicos —que incluyen investigación, infraestructura, saneamiento, sistemas de datos y tecnologías resilientes al clima— están consistentemente vinculadas a un mayor crecimiento de la productividad a largo plazo.

Basándonos en una década de evaluaciones rigurosas de programas financiados por el Banco Interamericano de Desarrollo, sostenemos que los gobiernos deben ir más allá de los enfoques uniformes para cerrar la brecha de eficiencia técnica. Cuando se capacita a los productores para adaptar las tecnologías a las condiciones locales, los resultados pueden ser transformadores. En Bolivia, por ejemplo, un programa de adopción de tecnología incrementó el valor bruto de la producción por hectárea en un 92 por ciento y elevó los ingresos familiares en un 36 por ciento. En Perú, un innovador programa de manejo de plagas que combinó nuevas tecnologías con capacitación aumentó la productividad en más del 15 por ciento.

Estos ejemplos ilustran cómo la inversión dirigida puede generar importantes aumentos de productividad en toda la región de América Latina y el Caribe. Si los responsables políticos aprovechan esta oportunidad, la agricultura puede seguir siendo un poderoso motor de prosperidad rural, seguridad alimentaria y crecimiento económico sostenible. De lo contrario, el estancamiento de la productividad y los crecientes riesgos climáticos amenazarán con revertir décadas de progreso logrado con tanto esfuerzo.

Las autoras, Ana María Ibáñez es vicepresidenta de Sectores y Conocimiento del Banco Interamericano de Desarrollo; Lina Salazar es economista principal de la División de Agricultura y Desarrollo Rural del Banco Interamericano de Desarrollo; Maja Schling es economista sénior de la División de Agricultura y Desarrollo Rural del Banco Interamericano de Desarrollo.

Copyright: Project Syndicate, 2026.
www.project-syndicate.org

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