Democracia, derechos humanos y transparencia

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La historia política del siglo XX y lo que va del XXI es, en Nicaragua y en el mundo, un largo registro de abusos y errores cometidos desde el poder. Un registro en el que izquierdas y derechas han dejado sus huellas.

La izquierda, que fue la identidad del sandinismo en los años ochenta, no es la excepción, y eso es inocultable. Quienes fuimos parte de la Revolución Sandinista y hemos asumido las banderas de la democracia lo reconocemos. Cuando haya justicia en Nicaragua, cada quien responderá por lo propio.

Los registros de la derecha también incluyen abuso de poder, masacres, corrupción y políticas de exclusión. Bien lo sabemos en nuestro país: el somocismo y sus herederos son, obviamente, de derecha.

Reconocer esto no es equidistancia ni relativismo. Es el punto de partida honesto para hablar de lo que el progresismo y la izquierda democrática —en el mundo y en Nicaragua— necesita: afianzar su identidad sin complejos, presentar propuestas sólidas y realistas frente a los problemas fundamentales de la sociedad y sacudirse del figureo superficial y de la trampa de causas que son antepuestas en nombre de las diversidades.

Al menos tres compromisos fundamentales marcan ese camino.

El primero: el respeto absoluto a la democracia, con la convicción profunda que ningún proyecto político —por justos que se reivindiquen sus fines— debe imponerse mediante la fuerza, el engaño o el aplastamiento del adversario.

El segundo: la defensa inequívoca de los derechos humanos, sin excepciones. Una izquierda tuerta que guarda silencio ante las violaciones cometidas por gobiernos que se dicen progresistas pierde toda legitimidad.

El tercero: la lucha frontal contra la corrupción, ese cáncer de muchas caras que corroe desde adentro a muchos movimientos políticos —incluidos progresistas— y que entrega argumentos al adversario.

El abandono total o parcial de estas premisas ha sumergido a varias fuerzas socialdemócratas en una crisis, sobre todo en Europa.

En Nicaragua, el orteguismo es simple y llanamente una dictadura populista, solo fiel a sí misma, que mata, encarcela, silencia y despoja. Sin embargo, sectores de la derecha explotan esa realidad con otro propósito: descalificar todo lo que consideran progresista o de izquierda por asociación con el orteguismo, operación que no pocas veces descansa más en la calumnia que en la verdad.

La contradicción principal en Nicaragua hoy no es entre izquierda y derecha. Es algo más básico: dictadura o democracia. Conquistar la democracia nos deberá permitir el derecho a votar sin miedo, a disentir sin ser encarcelado, a establecer una verdadera justicia. Cuando así sea, cada nicaragüense podrá decidir en libertad.

Y entonces, cuando la libertad sea conquistada, la vocación democrática de unos y otros —derechas, izquierdas, progresistas y conservadores— estará verdaderamente a prueba.

El autor es miembro del partido Unamos.

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