El estado necrológico

Escuchá esta nota
0:00 / 0:00
1.0x

Lista de reproducción

  • No hay más artículos para escuchar

No puede haber nadie en este mundo, a menos que tenga alguna disfunción emocional o alguna patología extraña, que no vaya a estremecerse ante las imágenes de Brooklyn Rivera tendido en una cama de hospital. No se trata de un enfermo cualquiera en una situación clínica habitual: es un preso político ocultado durante años, sometido a un trato degradante e inhumano y situado de manera humillante al borde de la muerte. A nadie se le puede escapar tampoco, si el juicio y la cordura todavía nos funcionan, que este tipo de sucesos nos conducen por definición al crimen de lesa humanidad.

No es la primera vez, y si nadie lo evita tampoco será la última, que esta escena se construye con la metodología del ensañamiento atroz. Hay un primer efecto inmediato que pretende causar el máximo terror en los opositores al régimen, y es el de que de las mazmorras infamantes no se sale vivo. Pero hay otro colofón no menos humillante, y es que, a pesar de todo, el Estado propaga que vela por sus ciudadanos y que este paciente ha sido “examinado por especialistas de alto espectro”, como reza el primer comunicado publicado junto a las imágenes. Ya en el segundo, apenas 24 horas después, se precisan las patologías, antecedentes y bacterias varias que han llevado a Brooklyn Rivera a este estado de postración.

Hasta el último licenciado en medicina sabe que la causa de cuanto le ocurra al dirigente misquito es una: detención ilegal y sometimiento a condiciones infrahumanas por tiempo indefinido. Lo pueden contar quienes sí salieron a tiempo del Chipote o de La Modelo y vivieron bajo ese régimen espantoso (sin luz, sin las medicinas adecuadas, en espacios antihigiénicos, sin acceso a familiares o abogados), aunque acabaron desterrados y sin pasaporte. Otros tampoco lograron salir con vida, en lo que ya resulta un patrón sistemático, que no por afectar todavía a un número limitado de personas rebaja la gravedad de las acusaciones a las que se enfrentarán un día sus perpetradores.

Nada hay que decir sobre la hipócrita y farsante lamentación de los comunicados, que se atreven a apelar a Dios y rezar “por la mejoría en su salud y por el necesario sosiego de sus familiares”. Es tanta la empatía que debemos profesar hacia la familia que toda esta palabrería viscosa solo nos puede producir una profunda repulsión. Nadie merece esta crueldad ante una tragedia personalísima e íntima, sabiendo que su ser querido ha sido expuesto sin miramientos y que ellos no han podido acceder a visitarlo en ningún momento durante todo el tiempo de secuestro.

En este punto solo podemos temer que esta construcción de los hechos sea una exposición en diferido, y que tanta atención súbita hacia Rivera solo sea un plan mediático para prepararnos hacia un desenlace fatal ya ocurrido desde hace días. Como no hay posibilidad de contrastar nada con fuentes confiables, y cualquier imagen tanto puede haber sido tomada ayer como hace dos semanas, la incertidumbre solo nos traslada a la peor de las hipótesis.

Y es aquí donde Nicaragua, en su punto más hondo de retroceso moral y de destrucción del espacio institucional, se convierte en un Estado necrológico: vamos asistiendo de manera cíclica al anuncio de fallecimientos como si fueran hechos naturales y bastara una simple nota en el periódico para cumplir el expediente. Pero ni Hugo Torres ni Humberto Ortega murieron en libertad ni con la posibilidad de ser tratados por médicos ajenos al estamento oficial, donde hoy todo es sospechoso de formar parte de una misma maquinaria macabra.

¿Cuánto faltará para que Bayardo Arce, Víctor Boitano, José Manuel Urbina Lara o cualquiera de los 47 presos políticos identificados al 31 de marzo de 2026 aparezca en una nueva secuencia gráfica intubado y desvalido, justo antes de publicarse la noticia de su fallecimiento, pese a que el Minsa elevara “sus plegarias al Altísimo” para que no se produjera? Lo tienen fácil para evitarlo: cercenen los candados, abran las rejas y permitan que las personas secuestradas puedan continuar su vida en casa, sin acoso ni hostigamiento.

Lo perverso del caso es que, viendo en perspectiva la historia reciente del país, el Estado necrológico no comienza en 2018 sino mucho antes: todos recuerdan a un bondadoso y danzarín candidato a la Presidencia que sufrió un extraño ataque cardíaco a cuatro meses de las elecciones. O a otro afamado boxeador, alcalde de Managua a la sazón, que murió por un disparo en el pecho en circunstancias todavía más confusas. Por no mencionar otras muertes violentas y ejecuciones extrajudiciales en zonas rurales denunciadas en su día por el Cenidh y que el anonimato de las víctimas casi ha enterrado en el pozo del olvido.

Si a esto le sumamos el otro patrón de la violencia ejercida allende las fronteras, con asesinatos encargados a sicarios para eliminar a personas incómodas que manejaban información relevante, el círculo se ensancha más y más. Y no lo digo yo: a un dedo de un clic podemos encontrar los informes del GHREN que certifican los mecanismos y procedimientos que se utilizan para esta represión transnacional, que elevan la necropolítica patria a una verdadera política de Estado.

La pregunta obligada, claro, es si hay alguien ahí (o sea, en el mundo democrático que cumple y hace cumplir los convenios internacionales) que se dé cuenta de lo que ocurre en Nicaragua. La gravedad del caso, y su asimilación con la que iniciaba estas líneas a los crímenes de lesa humanidad, no es tanto por la cantidad (esto no es Gaza, ciertamente) sino por la sistematicidad con la que se viene dando el crimen puntual, ad hominem y de forma extendida en el tiempo. Y es la carta con la que juega el régimen para enmascarar cada muerte como un hecho inevitable. Si no hay respuestas a la altura del desafío, si no hay ojos que volteen a ver lo que ocurre en este país, la aparente calma seguirá siendo la excusa del régimen para no alterar ni un milímetro esta hoja de ruta fúnebre.

Y mientras la oposición, sea quien sea el grupo o personas que asuman esa etiqueta, sigan enzarzados en cuestiones ideológicas, discordias históricas o posiciones inflexibles, vamos a seguir leyendo obituarios tenebrosos cada cierto tiempo, amargando a familias enteras que hoy sufren el dolor y la incertidumbre, y pensando que esto no tiene una solución a corto plazo. Quizá el ejemplo de Brooklyn Rivera no supondrá ningún quiebre en este panorama, pero más de una conciencia se verá señalada y obligada a mirar de frente su foto y a escuchar su aliento, como hago yo desde ayer sin poder apartar mis ojos de ella.

El autor es cooperante español en Centroamérica.

COMENTARIOS

  1. Ernesto Medina
    Hace 3 meses

    Excelente artículo, gracias Xavi. ojalá Lis grupos opositores escuchemos tu llamado y actuemos en consecuencia

  2. Ernesto Medina
    Hace 3 meses

    Excelente artículo, gracias Xavi. ojalá Lis grupos opositores escuchemos tu llamado y actuemos en consecuencia

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí