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El búnker de Managua se convirtió en una sala de espera donde el teléfono ya no suena, donde las cartas de “solidaridad” y acompañamiento “revolucionario” son solo una retórica del pasado. Los abrazos ya no se entrelazan y las grandes fiestas revolucionarias en la Plaza de la Revolución con aliados de izquierda se apagaron. La mayoría de ellos están presos, prófugos de la justicia o negociando su cabeza con Washington.
Al igual que aquel viejo coronel que esperaba con ansias durante meses una carta de pensión que nunca llegaría, en la ilustre novela El coronel no tiene quien le escriba, del escritor Gabriel García Márquez, también en El Carmen se retrata la penumbra de la soledad. Daniel Ortega pasa hoy sus días en El Búnker esperando una llamada, un mensaje o una señal de sus antiguos camaradas y aliados de izquierda. Pero el teléfono sigue mudo y la correspondencia, vacía. A diferencia del personaje de la novela que esperaba con digna miseria la carta, los dictadores de El Carmen esperan estas comunicaciones; con incertidumbre política, desencanto y con el eco de sus propias amarguras. La mística “revolucionaria” parece haberse escondido bajo un nuevo lema que se levanta: “Sálvese quien pueda” donde el nuevo panorama político sugiere un clima de supervivencia.
En la América Latina actual, la “solidaridad” ha saltado por los aires y el régimen de El Carmen ha visto una reducción de solidaridad por parte de sus aliados diplomáticos en la región desde el año 2019, con el distanciamiento de varios gobiernos aliados de América Latina y el contexto geopolítico de la región.
El fin de la herencia
En la novela, el viejo coronel vivía de los recuerdos de una pasada revolución y sus fuerzas estaban enfocadas en buscar una herencia que nunca floreció. Para Ortega, esa herencia de Hugo Chávez (fallecido en 2013) y la política venezolana parecía un pozo que nunca se secaría. Sin embargo, tras la captura de Nicolás Maduro (acusado de ser cabecilla de una estructura de narcotráfico internacional) en enero del 2026, en una operación quirúrgica por parte de los Estados Unidos en Caracas, se desató una reestructuración forzada entre los herederos del chavismo que Managua observa con pánico y asombro.
Para poder mantenerse en el poder, el interinato del régimen chavista encabezado por Delcy Rodríguez, no ha dudado en desmantelar a los viejos aliados y las piezas más sagradas de Maduro por órdenes de Washington. Uno de los casos más recientes es Alex Saab, el antiguo testaferro de Nicolás Maduro, el hombre que guarda los secretos financieros, el “héroe” de la propaganda oficial de Miraflores fue entregado el 16 de mayo a la justicia estadounidense en un contexto de reacomodo político interno en Venezuela. Si la nueva cúpula chavista entregó a uno de los “más poderosos” e “intocables” de la herencia de Chávez para salvar su propia permanencia en el poder y buscar acercamientos importantes con Estados Unidos con el propósito de encontrar una impunidad por sus crímenes del pasado, la lección para Managua es clara: los aliados podrían haber dejado de ser los hermanos ideológicos; y el factor determina que se convirtieron en monedas que cualquiera de ellos puede cambiar para salvar su pellejo.
La hora cero de Cuba: el gallo que ya no pelea
Otro elemento importante en la obra de García Márquez es aquel viejo gallo de pelea, la última y precaria esperanza de los protagonistas. Para el sandinismo, Cuba siempre fue ese gallo ideológico, el “hermano mayor” de las revoluciones de izquierda en el continente, el protector histórico. Pero, tras la reducción del subsidio venezolano que significó la detención de envío de petróleo de Caracas a La Habana, la isla hoy se ahoga en lo más profundo de su crisis energética y económica, pero apuesta a saltar de la balsa para buscar su propia supervivencia.
Reportes de prensa internacional han informado en las últimas semanas un acercamiento indirecto entre Cuba y Estados Unidos que incluyen temas migratorios y económicos en la isla caribeña. Raúl Guillermo Rodríguez Castro —nieto de Raúl Castro— quien tiene mucha influencia en la cúpula militar y empresarial de Cuba, confirma que La Habana está dispuesta a pactar su propia balsa de salvamento con el “enemigo imperial”. Las negociaciones eliminan las esperanzas de un posible “exilio dorado” para la familia Ortega Murillo en caso de un escenario que les obligue a salir del poder. El gallo ya no pelea por otros, este apenas y puede respirar.
La noche de los micrófonos apagados
Con el ascenso de Hugo Chávez al poder en 1999, se configuró un andamiaje político para que otros líderes de izquierda llegaran al poder. En sus años de gloria, el Socialismo del Siglo XXI diseñó una arquitectura diplomática a su medida para asegurar impunidad y el linchamiento general de la oposición regional. Hoy, esos organismos que solían blindar los crímenes cometidos en esos Estados están muertos, moribundos o en manos de la derecha.
Uno de los ejemplos es la Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América (Alba) propuesta por el extinto Fidel Castro y Hugo Chávez en el 2004 y Petrocaribe. Estos bloques que alguna vez buscaban sustituir la política y economía estadounidense se convirtieron en un cascarón vacío, desprovistos de los petrodólares de Venezuela que antes financiaba sin límites al sandinismo. El colapso de Petróleos de Venezuela (PDVSA), significó una caída de la producción de 3 millones de barriles a 700,000 barriles, lo que limitó el financiamiento del Alba a Nicaragua que, en su pico más alto, significó el 14 por ciento. Sin esta caja chica que permitía el financiamiento de estrategias y el financiamiento de campañas electorales, no hay cohesión política.
La Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), creada en 2005 para intentar buscar una integración de los países del Sur al estilo Unión Europea, y era la plataforma creada por Chávez y el expresidente argentino Néstor Kirchner, yace en el olvido, desmantelada poco a poco por los giros históricos a los que se ha enfrentado el Cono Sur en los últimos años.
La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), el foro que nació para excluir a Washington y dar micrófonos a los autoritarios de la izquierda, ha perdido su brújula militante. Con los cambios de presidencias y la urgencia de acuerdos comerciales pragmáticos en el continente, ya nadie busca las credenciales de este organismo. Estas cumbres perdieron su función política original que pretendía legitimar violaciones de derechos humanos en la región.
La paradoja de Macondo
El coronel de Macondo recordaba a los viejos compañeros de batalla que el tiempo y el olvido se habían llevado. Si Ortega observa el mapa de Sudamérica, el panorama es desalentador debido al drástico cambio político en la región. Cristina de Kirchner cumple una condena de prisión domiciliaria en Argentina, despojada del poder institucional que alguna vez usó para justificar los crímenes de lesa humanidad perpetrados por los gobiernos alineados al eje bolivariano. Evo Morales está cerca de correr con la misma suerte. Hoy, quien hasta hace unos años hacía alarde de su poder en Bolivia, camina al borde de la clandestinidad huyendo de la justicia boliviana tras una orden de captura, acorralado y con grandes acusaciones de tráfico de menores y narcotráfico. Rafael Correa continúa esquivando la justicia ecuatoriana, convertido en un fantasma político sin peso real y sin ningún tipo de influencia en el tablero internacional.
El poder absoluto y las desmedidas con las que regímenes de la región lo han usado para sacar ganancia personal, tiene la propiedad de aislar a quien lo ejerce. Quienes convirtieron a Nicaragua en una cárcel para su pueblo, hoy lo descubren con el colapso de sus más fuertes aliados de la región quienes ya no pueden ofrecer una balsa o un salvavidas a la pareja de El Carmen. Se han quedado solos.
El búnker, la celda
En la última línea de la novela de García Márquez, ante la desesperada pregunta de la esposa del coronel sobre qué comerían tras tanta espera, el protagonista de la pieza literaria responde con una palabra célebre e implacable que la mayoría que ha leído este libro conoce y que, por su realmente uso coloquial no podemos describir en este párrafo. Si hoy Rosario Murillo le preguntara a Daniel Ortega, envejecido y paranoico, adónde van a huir ahora que todos los han abandonado, la respuesta real, despojada de toda propaganda oficial, sería igual de cruda y realista: a ningún lado.
Managua ya no es un lugar seguro para la cúpula del régimen sandinista; es la sala de espera donde Ortega y Murillo aguardan desconfiados de su propia sombra, de sus propios aliados y familiares. En América Latina ya no hay más aliados sólidos, todos se han ido debido a los cambios políticos que enfrenta la región y las ansias del continente de sacudirse a los regímenes autoritarios; no hay barcos, no hay refugio, no hay cartas. El Carmen no tiene quien le escriba.
El autor es licenciado en Comunicación Social Periodista especializado en política y experto en Derechos Humanos.