Irán está aprovechando su ventaja estratégica

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Estados Unidos posee un poder sin precedentes para lanzar ataques militares en cualquier parte del mundo, imponer aranceles y sanciones perjudiciales, y castigar a países mucho más allá de sus fronteras en coordinación con sus aliados. Pocos Estados han contado con tantos instrumentos de coerción, y menos aún han logrado ejercer tanta influencia a través de empresas privadas, gobiernos extranjeros y las redes de intercambio global.

Pero el mantenimiento de estas herramientas resulta costoso, ya que depende de la preservación del orden que explotan. El uso de la fuerza consume vidas, recursos y legitimidad. Los aranceles y las sanciones financieras fomentan acuerdos comerciales y sistemas de pago alternativos. Las alianzas que intensifican la presión estadounidense pueden dar lugar a disputas sobre el reparto de la carga. Nadie duda de que Estados Unidos es capaz de presionar más a Irán. La cuestión es si el uso de sus ventajas posicionales para ese fin justificaría el riesgo de debilitar el orden que otorga alcance al poder estadounidense.

Por su parte, Irán cuenta con escasos recursos militares y económicos, así como con pocos aliados. Sin embargo, su ubicación geográfica le otorga una ventaja que la forma de poder estadounidense rara vez le brinda: la capacidad de imponer costos a la vez que obtiene beneficios. La Guardia Revolucionaria Islámica ya ha intentado cobrar a los barcos que transitan por el estrecho de Ormuz, convirtiendo el tránsito en una fuente de ingresos, y ahora funcionarios iraníes y medios de comunicación estatales han barajado la idea de cobrar tarifas por el uso de los cables submarinos que discurren bajo el mismo estrecho.

Irán no solo amenaza con interrumpir los flujos de datos globales, sino que también está explorando una importante vulnerabilidad del sector privado. Al fin y al cabo, los gigantes tecnológicos estadounidenses —Amazon, Google, Meta y Microsoft— están estrechamente vinculados al Estado estadounidense, y sus plataformas en la nube y centros de datos dependen de la conectividad submarina. Irán considera la geografía no solo un punto estratégico, sino un activo generador de rentas, extendiendo la lógica del estrecho de Ormuz, aplicada a los petroleros, a otros sectores. Las empresas navieras, las aseguradoras y los planificadores navales ya estaban expuestos al estrecho, y ahora Irán pretende ejercer una presión similar sobre los propietarios de cables, los proveedores de servicios en la nube y las plataformas tecnológicas.

La lógica geoestratégica resulta evidente para cualquiera que observe el mapa de cables submarinos. Los cables cercanos a Irán —incluidos los sistemas Falcon, Gulf Bridge International/Oriente Medio-Norte de África, Kuwait-Irán y Emiratos Árabes Unidos-Irán— atraviesan el Golfo y discurren cerca del Estrecho de Ormuz, situando la infraestructura digital en la misma zona en disputa que los buques cisterna y las patrullas navales.

La geografía es crucial porque los cables no se gravan donde se consumen los datos, sino donde la infraestructura que los transporta puede verse amenazada. Si bien las empresas más expuestas pueden ser estadounidenses, la vulnerabilidad no se localiza en Silicon Valley ni en Seattle. Se concentra en los puntos de aterrizaje, dentro de las aguas territoriales y en accesos marítimos estrechos donde los Estados pueden convertir el permiso en una herramienta de presión. La propuesta de Irán explota esta discrepancia entre los beneficios de la economía digital, que son globales, y sus puntos más débiles, que siguen estando localizados.

Esta forma de poder rentista difiere del modelo del siglo XX, que se basaba en la propiedad del petróleo, los minerales, la tierra, los puertos y la infraestructura financiera. Irán ha comprendido que no necesita controlar el flujo de un bien esencial para obtener ventaja; basta con amenazar dicho flujo en un punto específico.

Los cables submarinos ponen de manifiesto la dura realidad física que sustenta la vida digital. Las redes submarinas no son simples tuberías invisibles. La «nube» no se parece en nada a una nube. Se trata de infraestructuras tradicionales, que discurren por escenarios de política y poder. La nube tiene su propio lecho marino, y el flujo de datos depende de estaciones de aterrizaje específicas, buques de reparación, licencias, propietarios corporativos y garantías de seguridad. Esta dependencia física convierte a los cables en objetivos atractivos en los conflictos modernos. Incluso un daño temporal puede tener graves consecuencias económicas, militares y financieras.

El estrecho de Ormuz ya no es simplemente abierto o cerrado. Algunos barcos lo han cruzado, pero solo tras firmar diversos acuerdos con Irán. El acceso no se considera un derecho establecido, sino un privilegio condicional. Los cables submarinos son la siguiente prueba para ver hasta dónde puede extender Irán su lógica rentista. Esta estrategia no requiere que Irán derrote a Estados Unidos ni que interrumpa los flujos mundiales de energía y datos. Para tener éxito, Irán solo tiene que generar suficiente incertidumbre sobre esos flujos como para que la previsibilidad adquiera un precio.

Es probable que la administración Trump intente dificultar el cobro de los costos a Irán impugnando las reclamaciones de peaje antes de que adquieran legitimidad, colaborando con las aseguradoras y los estados del Golfo antes de que el pánico dispare los precios, y garantizando que las reparaciones no puedan ser objeto de represalias. Con el tiempo, Estados Unidos puede fortalecer su capacidad de respuesta ampliando las rutas de los cables, los puntos de aterrizaje y la capacidad de reparación, reduciendo así la dependencia de la red de cualquier paso cercano a estados hostiles. El objetivo no es solo mantener abierto el estrecho de Ormuz, sino también reducir la rentabilidad de la inseguridad.

La propuesta de cobrar una tarifa por la transmisión de cable quizás nunca se convierta en una política viable. Sin embargo, revela una ambición acorde con las circunstancias de Irán. La coerción militar y económica suele tener un costo tanto para quien ejerce la presión como para quien la sufre. Irán busca una opción que perjudique a su adversario y, al mismo tiempo, genere ingresos para sí mismo. Incapaz de igualar el alcance militar o financiero de Estados Unidos, Irán aún puede usar su posición geográfica para hacer que el mundo pague por evitar una guerra.

La autora es profesora de Ciencias Políticas en la Universidad de Toronto.

Copyright: Project Syndicate, 2026.
www.project-syndicate.org

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