De la represión y la censura a una silla en la Real Academia: las 2 caras de Sergio Ramírez Mercado

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Entre escritores, literatos y novelistas se registran casos de cómo la soberbia intelectual puede conducir a la opacidad moral, en los que literatura e infamia son soluto y solvente. La grandeza literaria coexiste, extrañamente, con el enanismo ético-intelectual. El nicaragüense Sergio Ramírez Mercado (SRM) está llamado a ocupar la silla L de la Real Academia Española (RAE), una vacante dejada por el peruano Mario Vargas Llosa, un talento literario también recordado por ser freedom fighter. Es probable que la RAE le otorgue la silla al nominado, pues no se trata de un tribunal ni de una tribuna, lo que no impide una crítica ontológicamente incisiva sobre el destacado y controvertido escritor pinolero. Por fortuna, no hay autoridades lingüísticas del pensamiento, la memoria y la ética.

La carta enviada a la RAE por la iniciativa ciudadana “Víctimas del Sandinismo”, activó a los espadachines sandinistas y filosandinistas que custodian al narrador nicaragüense (exceptúense a quienes benévolamente valoran su faceta literaria). La carta no rebaja, reivindica la memoria. Hay espadachines que cometen la grosería de compararlo con el genio y librepensador Rubén Darío (quien no le robó la casa a nadie). Otros encuadran el asunto como una disputa entre derechas e izquierdas. No faltan los que emplean falacias ad hominem y ad Hitlerum para descalificar; similares a las invectivas usadas por la pareja de dictadores nicaragüenses. Estos guardaespaldas intelectuales invalidan y menosprecian no tanto a los críticos, sino a las víctimas de SRM como alto dignatario en los años 80.

El encuadre filosóficamente correcto en la polémica estriba en la ética y la responsabilidad de un literato que decidió jugar a ser alto dirigente, figura de poder y tomador de decisiones en el primer gobierno sandinista. Sus decretos y discursos como vicejefe de Estado impactaron negativamente en la vida de la gente y sus consecuencias se extienden hasta el presente. Por tanto, no se evalúa al novelista, sino al militante, al hombre de partido, al #2 del Ejecutivo, que se posicionó en las altas esferas del Estado revolucionario como macroestructura de poder. Entre 1979 y 1990 fue miembro de las dos Juntas de Gobierno de Reconstrucción Nacional y vicepresidente del país hasta su fusilamiento electoral en 1990.

Tras la derrota electoral de 1990, fue miembro de la Dirección Nacional del FSLN por casi 4 años más; sus aspiraciones presidenciales y reformistas fueron bloqueadas por la facción orteguista en las dinámicas de poder a nivel interno. Tras su salida del FSLN, el dirigente y novelista fundó en 1995 el Movimiento Renovador Sandinista (MRS), una facción minoritaria del sandinismo. Con este partido compitió en las elecciones presidenciales de 1996 y consiguió tan sólo el 0.44 % de los votos válidos. Daniel Ortega, candidato del FSLN, se adjudicó el 37.8 %. Este revés electoral marcó su retiro de la política de partidos, después de más de 20 años de construir un perfil de liderazgo, desde su papel en el Grupo de los Doce, hasta ingresar a la función pública sujeta al escrutinio ciudadano.

Como vicepresidente y jefe de gabinete, SRM diseñó y presidió consejos nacionales de educación, con los cuales se armó el andamiaje institucional para el adoctrinamiento político-ideológico. Fue un defensor de la censura como política revolucionaria en contexto de guerra. El Diario LA PRENSA —al cual acusaba de servir a intereses extranjeros— fue asediado y, finalmente, cerrado indefinidamente en 1986. La dirección de medios de comunicación del Ministerio del Interior (la oficina de censura de prensa) obligaba a modificar artículos críticos o, de plano, los prohibía. En la actualidad, la prensa independiente le da a SRM y a sus espadachines la libertad de expresión que a estos (los medios) le fue negada en los años 80 por mordaza oficial.

Está documentado que el escritor perseguido y desnacionalizado por su otrora compañero y presidente Daniel Ortega, respaldó radicalismos, persecuciones y amenazó con desnacionalizar a los opositores. Firmó, participó y/o justificó, mediante decretos, órdenes y discursos, las confiscaciones masivas, los abusos del estado de emergencia, las restricciones a las libertades individuales, la guerra civil, la militarización, el reclutamiento forzoso de jóvenes y una antieconomía marcada por el estatismo creciente, la hiperinflación, la destrucción del sistema productivo, el desabastecimiento de bienes básicos y el empobrecimiento estructural. Poseedor de una retórica antiimperialista, siempre replicó que el “bloqueo” de EE. UU. y la agresión externa eran la causa de la desolación económica del país.

SRM jugó un papel clave en la narrativa del mito revolucionario y la arquitectura legal del poder sandinista. Desde entonces, en sus escritos idealiza los años 80 como una época de “ilusiones y sueños”, decorando con letras melifluas y emocionalidad lírica, desajustes violentos de la sociedad, el montaje de un aparato estatal represivo y un partido de vanguardia con una vocación antidemocrática, fruto de una borrachera ideológica de odio de clases y desprecio a la función empresarial. El exjerarca legitimó las barbaridades del Leviathan rojinegro; no obstante, en las entrevistas donde hace un balance crítico de las dictaduras somocista y Ortega-Murillo, le da skip (saltar) a las arbitrariedades de su gobierno, como si no se hubiera abusado del poder y drenado el tesoro público.

Los premios literarios dan constancia de la calidad estética de SRM, no de su ética-intelectual ni de su responsabilidad político-jurídica. Al no diferenciar esto, se incurre en una falacia de hombre de paja. La silla de la RAE no impide un ajusticiamiento social en memoria de las víctimas de su gobierno, ante la tiranía de la impunidad, la injusticia social y los intereses creados. Es como si un empresario se valiera de su fama y dinero para no ser condenado socialmente; en el caso que nos ocupa, SRM pareciera utilizar su estatus de escritor. Empero, esta responsabilidad la lleva a cuestas como la montaña de una maldición; le sigue como sombra al cuerpo. No es castigo divino, sino imputabilidad terrenal.

El novelista es elogiado por la academia de una monarquía constitucional con un pasado conquistador, colonialista e imperialista, todo lo denostado por el ideario en el que militó. Tal vez, basado en sus convicciones marxistas, el Sr. Ramírez rechace tales honores como lo hizo Jean-Paul Sartre con el Nobel de Literatura. Por cierto, es muy raro que un literato aspire a ser alto dirigente. Sea Octavio Paz, Ernesto Sábato, Miguel Ángel Asturias o Gabriel García Márquez, ninguno fue líder de partido. Ni Máximo Gorki lo fue en la URSS. El pensador de espíritu libre no debe degradarse a la postura de intelectual militante. La crítica hacia SRM alerta a sus espadachines porque perciben un ataque al “comandante de la literatura”.

El filósofo Martin Heidegger fue miembro del partido nazi y simpatizante del Führer; su legado genera reprobación y opiniones divididas. El noruego Knut Hamsun, Premio Nobel de Literatura de 1920, apoyó la ocupación nazi de su país en 1940 y le obsequió su medalla Nobel a Goebbels. Fue un devoto de Adolfo Hitler. En 1945 fue arrestado por traición, las autoridades no optaron por juzgarlo, sino que lo internaron en un psiquiátrico. Pasó de ser el padre de la literatura noruega a ser un paria nacional. El estadounidense Ezra Pound, un virtuoso del modernismo literario, quedó fascinado por Benito Mussolini y el fascismo lo sedujo hasta volverse propagandista. En 1945 fue arrestado por cargos de traición y durante su confinamiento recibió un premio que dividió a toda América.

El escritor alemán Günter Grass era una pluma de la memoria colectiva hasta que confesó su adhesión, en su adolescencia, a la Waffen-SS, una unidad de combate élite de los nazis. Su ocultamiento lo pagó con su credibilidad y reputación. El argentino Jorge Luis Borges creyó ingenuamente en el papel de los militares sudamericanos; el chileno Pablo Neruda se entregó al estalinismo y el colombiano Gabriel García Márquez hizo lo propio con el castrismo. Desde tiempos de Sócrates (conjurado por los artistas), los literatos que conspiran y atentan premeditadamente contra la libertad humana, sacrificando la ética del poder por la estética del poder, se juegan, por la fuerza del sino, responsabilidades históricas.

Una membresía en la RAE no es la santificación literaria de la hipocresía y la indiferencia hacia los dolores y los traumas sociales intertemporales. A un ingeniero se le evalúa por sus puentes y a un carpintero por sus muebles. ¿Por qué a los intelectuales, funcionales al establishment, no se les evalúa por sus resultados materiales? ¿Cuál es el fundamento ético-jurídico para que se les exima cuando su ideología y decisiones causan sufrimiento humano? ¿Los premios literarios absuelven a un escritor de sus tropelías contra terceros?

La complicidad de los intelectuales entregados a los círculos de poder y a las estructuras estatales fue notada por el francés Bertrand de Jouvenel, a quien se le atribuye haber dicho “si los políticos son las ratas del sistema, los intelectuales son las pulgas de las ratas”. SRM abrió su propia caja pandórica: un exdirigente sin la virtud de responder a sus víctimas, que se absuelve con su pluma y piensa que “el infierno son los otros”. En un país con instituciones creíbles hubiera ocupado una silla vacía ante comisiones de la verdad y tribunales de justicia; ya que, en palabras del genial Rubén Darío, “son incontables sus muertes y daños”.

El autor es economista, abogado y profesor nicaragüense. Actualmente en el exilio

COMENTARIOS

  1. Hace 4 meses

    Entrada:

    Y me disculpás, Marco Aurelio, ( perdoname que te vosee pero me siento mas comodo y me salen mas fluidas las ideas) si no hago todo de una sola vez; estoy trabajando y además prefiero ir desarrollando las ideas poco a poco para que esto no se vuelva un solo bloque eterno, pesado y cansado de leer.

    Para concluir:

    Si no te gusta Sergio Ramírez Mercado, estás en tu derecho. Esa es tu opinión y hay que respetarla. Lo que ya resulta una necedad es querer acompañar ese rechazo con una retórica pseudo filosófica, como si la antipatía personal automáticamente se transformara en argumento intelectual.

    Aquí mismo se ha explicado ampliamente tanto la vida personal de Sergio Ramírez como su obra literaria. Y en ambas cosas existe algo evidente: una autocrítica hacia errores y excesos cometidos durante la revolución de los años 80, errores que sí ocurrieron y que nadie serio niega. Pero una cosa es reconocer errores históricos y otra muy distinta es fabricar mitos o caricaturas simplistas para convertir a una sola persona en responsable absoluto de todo.

    Porque al final, detrás de tanta frase adornada y tanta pose intelectual, no aparece una verdadera argumentación filosófica sólida. Lo que aparece son opiniones subjetivas, prejuicios personales y, muchas veces, soberbia intelectual disfrazada de profundidad académica.

    Y honestamente, cuando ya se han expuesto aquí argumentos históricos, humanos y literarios más que suficientes, seguir insistiendo en simplificaciones termina diciendo más sobre el prejuicio del acusador que sobre la realidad misma.

  2. Luciano Garcia
    Hace 4 meses

    muy buen escrito…dice todo lo necesario

    1. Hace 4 meses

      Luciano Garcia

      Gracias, mi hermano, muchas gracias por el comentario. Y tranquilo, que sí entendí perfectamente que tu elogio era para el escrito de Marco Aurelio, no para mí.

      Aunque por un momento me acordé de aquella anécdota de 1990, cuando Daniel Ortega estaba entregando el poder a doña Violeta. La plaza estaba prácticamente mitad y mitad: una parte era simpatizante sandinista y la otra apoyaba a doña Violeta. Entonces, cuando presentaron a Dan Quayle, vicepresidente de Estados Unidos, la gente que apoyaba a doña Violeta empezó a gritar: “¡Que se vaya, que se vaya!”.

      Y Daniel, rápido y hábil para salir del momento, respondió: “¿Pero cómo se va a ir si es nuestro invitado?”.

      Y claro… con eso desarmó el grito, porque unos entendieron que le hablaban a Dan Quayle, aunque realmente el mensaje iba dirigido a él.

  3. Luciano Garcia
    Hace 4 meses

    muy buen escrito…dice todo lo necesario

  4. Hace 4 meses

    Así es que, señor Marco Aurelio Peña, el hecho de que consideremos un error histórico, político y hasta jurídico querer meter a Sergio Ramírez Mercado en el mismo bolsón de responsables de crímenes de lesa humanidad, no nos convierte ni en “espadachines sandinistas” ni en guardaespaldas intelectuales de Sergio Ramírez. Simplemente somos, igual que vos, otros seres humanos con opiniones distintas. Tan válidas como las tuyas, aunque diferentes. Porque precisamente de eso debería tratarse una sociedad democrática y civilizada: de debatir ideas sin asumir que toda discrepancia convierte automáticamente al otro en enemigo, fanático o cómplice.

  5. Hace 4 meses

    El artículo del señor Marco Aurelio Peña posee algo que lamentablemente escasea en gran parte del debate político nicaragüense contemporáneo: estructura argumentativa, referencias culturales y un intento serio de reflexión filosófica. Eso merece reconocerse. El autor demuestra haber leído historia, filosofía y literatura; utiliza analogías históricas, latinismos y ejemplos de intelectuales comprometidos con proyectos autoritarios para construir una tesis central: que el talento literario no exonera de responsabilidad política ni moral.

    Hasta ahí, la discusión es legítima.

    El problema comienza cuando el ensayo, pretendiendo colocarse por encima de las invectivas y falacias que denuncia, incurre exactamente en los mismos vicios retóricos que critica. El señor Peña condena las descalificaciones personales y las comparaciones extremistas, pero simultáneamente utiliza expresiones como “espadachines sandinistas”, “filosandinistas”, “guardaespaldas intelectuales”, “comandante de la literatura”, “enanismo ético-intelectual” y “borrachera ideológica”. Es decir, censura el lenguaje peyorativo mientras recurre constantemente a él.

    Eso no invalida automáticamente su tesis, pero sí debilita la autoridad moral desde la cual pretende ejercerla.

    Hay además un problema más delicado: la precisión histórica.

    El artículo afirma o sugiere reiteradamente que Sergio Ramírez formó parte del núcleo dirigente equivalente a la Dirección Nacional del FSLN. Eso es históricamente incorrecto. Sergio Ramírez fue miembro de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional y vicepresidente de Nicaragua, cargos de enorme relevancia política, sí; pero jamás fue integrante de la Dirección Nacional del Frente Sandinista. Y en la memoria histórica nicaragüense esa diferencia no es menor.

    La Dirección Nacional no era una metáfora difusa ni un concepto simbólico. Era una estructura concreta integrada por los nueve comandantes históricos del FSLN. Reducir esa precisión histórica para aproximar discursivamente a Sergio Ramírez al núcleo duro de mando revolucionario puede servir a una narrativa política, pero no a la exactitud histórica. Y un ensayo que pretende densidad intelectual debería ser especialmente cuidadoso con ese tipo de distinciones.

    Otro aspecto discutible es el uso constante de analogías con Heidegger, Ezra Pound, Knut Hamsun o Günter Grass. Claro que es válido estudiar las contradicciones morales de grandes intelectuales; eso forma parte de la historia cultural universal. Pero el problema es que el ensayo roza repetidamente aquello mismo que denuncia: la falacia por asociación moral.

    Porque una cosa es analizar críticamente el vínculo entre intelectuales y poder; otra muy distinta es construir una atmósfera de culpabilidad histórica mediante analogías emocionales. A veces el texto parece menos interesado en comprender las complejidades de la historia nicaragüense que en montar un tribunal ético-literario.

    Y aun así, hay una discusión filosófica auténtica detrás del artículo: ¿puede separarse la obra del autor?

    Ese debate existe desde hace siglos y seguirá existiendo. Pero si se aplicara de forma absoluta el criterio moralizante utilizado contra Sergio Ramírez, entonces habría que expulsar de la historia cultural a medio canon universal:Martin Heidegger en filosofía,Ezra Pound en poesía,Pablo Neruda por su estalinismo,Gabriel García Márquez por su cercanía con Castro,Borges por sus simpatías políticas conservadoras,Jean-Paul Sartre por sus cegueras ideológicas,e incluso Günter Grass, cuya revelación sobre la Waffen-SS no borró su importancia literaria.

    La civilización occidental no ha operado así. La humanidad ha aprendido —aunque imperfectamente— a convivir con las contradicciones humanas, incluso las de sus grandes artistas e intelectuales.

    Y aquí conviene introducir otro elemento ausente en muchas de estas polémicas: la autocrítica.

    Porque quienes honestamente han seguido la trayectoria pública de Sergio Ramírez saben perfectamente que desde hace años él mismo ha realizado reflexiones críticas sobre aspectos del proceso revolucionario, el verticalismo político, las deformaciones autoritarias y las derivas del sandinismo histórico. Se puede considerar insuficiente esa autocrítica, tardía o incompleta; eso es debatible. Lo que no es intelectualmente serio es fingir que jamás ha existido.

    Ahora bien, también hay que decir algo incómodo para muchos defensores automáticos de Sergio Ramírez: criticarlo políticamente no convierte automáticamente a nadie en ignorante ni en enemigo de la cultura. La crítica política es válida y necesaria en cualquier sociedad democrática. El problema aparece cuando esa crítica degenera en resentimiento tribal, consignas vacías, insultos o simple analfabetismo funcional disfrazado de pasión ideológica.

    Y ahí está quizás el drama más profundo del debate público nicaragüense: demasiadas veces la discusión intelectual termina reducida a una pelea de barras bravas políticas incapaces de distinguir entre crítica razonada y fanatismo.

    Por eso resulta lamentable que un país que produjo a Rubén Darío, Salomón de la Selva, Ernesto Cardenal, Pablo Antonio Cuadra o Sergio Ramírez termine ofreciendo, en tantos espacios públicos, discusiones dominadas por la histeria, el insulto y la simplificación grotesca.

    Como dijo Albert Einstein, todos somos ignorantes; simplemente ignoramos cosas diferentes. Reconocer eso debería producir humildad intelectual. Pero vivimos una época donde demasiadas personas ignoran muchísimo… y además están completamente convencidas de poseer la verdad absoluta.

    Y quizás por eso también sigue teniendo vigencia aquella otra observación atribuida a Einstein: que hay dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana; aunque del universo, confesaba él mismo, no estaba completamente seguro.

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