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Durante muchos años asumí la política convencido de que lo importante era la fuerza de quien piensa, ejecuta, organiza y argumenta mejor, movido por principios y convicciones democráticas y de bien común. Esa premisa hoy ha sido derrotada. Veinte y cinco años de oficio político me enseñaron a estudiar al adversario y a mirar el contexto del país, antes de enfrentarlos. Así como el libro de Mónica Almeida, El séptimo Rafael, describe la personalidad del autoritario del pasado, entender pasajes de la vida del presidente Daniel Noboa da luces sobre quién es y cómo gobierna el Ecuador de hoy.
En esta perspectiva, todo en el mundo tiene o tenía reglas: en el fútbol, árbitros y jugadores que conocen de antemano las reglas del juego, en el ejercicio de la abogacía estaban los jueces que aplicaban las reglas que emanan de la Constitución y demás leyes y, en el derecho internacional, los Estados se regían por normas y reglas consensuadas. Esta era la vida que conocíamos y que, ahora, muchos ya no comprendemos.
En el juego sabíamos perder y ganar. El berrinche de quien pierde y se lleva la pelota era una conducta insoportable y antipática en nuestra mirada. Daniel Noboa, según relatan quienes lo conocían, era el niño dueño del balón, lo tomaba y se acababa el juego cuando algo no le gustaba. Eso mismo se traduce en su ejercicio del poder hoy.
Algunos políticos con los que conversé, luego de la sorpresa de las elecciones en 2023, minimizaban su inteligencia, otros sostenían que “es menos peligroso que Correa”. Se equivocaron. Noboa actúa con sagacidad, entiende a su elector como casi ninguno y posee una sangre fría y un pragmatismo un tanto cínico, que lo vuelven imbatible y más peligroso que Correa.
Tiene el cálculo que la política exige y la valentía de pelear, o mejor dicho patear, en el piso. En este terreno ya nadie le hace sombra. Jubiló a un político que rugía y hoy apenas maúlla, y a otros adversarios los tiene revolviéndose en el fango de la impotencia. Implosionó al correísmo, algo que nadie logró antes y, de paso, va licuando instituciones y triturando cada semana a partidos, adversarios, periodistas, activistas… En el proceso de acumulación del poder y en el símil del juego: pelota, cancha y árbitros son suyos. Ya no le falta nada. El único resquicio institucional que aún cumple su función es la Corte Constitucional que ya está siendo erosionada por una acusación inverosímil y falsa contra su presidente.
Por muchos años fui servidor público y político. Serví en muchos y muy variados cargos. Fui ministro de Estado de un presidente demócrata que no se jactaba de ser mal enemigo, sino buena persona. Mi último cargo oficial fue en la OEA con un titán que combatió las dictaduras de Maduro y Daniel (Ortega). Lo hizo con reglas claras, con sagacidad y tenacidad. Aun así, no pudo, en su período, ver la caída de estos regímenes dictatoriales.
En estos últimos siete años hice la carpintería de dos candidaturas presidenciales: la de Fernando Villavicencio, asesinado y derrotado por el crimen organizado y la de Henry Cucalón, el último estadista, cuyo magro resultado me obligó a admitir, por primera vez, que ya no entiendo la política. La premisa es que el elector eligió a su verdugo y la historia se repite.
En 2023, luego de la muerte cruzada, el presidente que necesitaba el Ecuador era uno que convocara un “Pacto de la Moncloa”: sociedad civil, academia, izquierda y derecha, élites económicas e intelectuales cerrando filas contra los enemigos verdaderos: el crimen organizado y la pobreza, esa pobreza que mata toda esperanza. Ese presidente no llegó. Llegó otro, que conjuga el poder político y económico y que, con apenas catorce asambleístas y fuerzas políticas cooptadas, controló todos los órganos del Estado y, luego, con trampas que casi nadie cuestionó, con cancha a su favor y árbitros comprados, logró ser reelecto.
A nosotros hoy nos toca escribir que nos derrotó y nos retiró. Sin embargo, mis mejores deseos para los que aún tienen fuerzas para pensar que, a pesar de todo, nuestro país puede cambiar e ir por un rumbo sin autoritarismo, sin violencia y con reglas que hagan un Ecuador con menos pobres y más oportunidades.
El autor es abogado ecuatoriano y miembro del Movimiento Político Construye. Exministro de Inclusión Económica y Social de Ecuador y formó parte del equipo de Luis Almagro en la OEA.