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Transcribo fragmentos tomados de LA PRENSA de mayo 4 de 2026 sobre el premio Ortega y Gasset otorgado a Sergio Ramírez:
“Sergio Ramírez recibe el Premio Ortega y Gasset: El escritor nicaragüense Sergio Ramírez Mercado, de 84 años, recibió el ‘Premio especial trayectoria Ortega y Gasset 2026’ en el 50 aniversario del diario El País de España, uno de los más importantes en la lengua española.
“La distinción celebra su crítica al poder y su labor como columnista. En su discurso denunció fuertemente el ‘silencio’ sobre Nicaragua mientras ‘el mundo mira hacia otros lados’.
“Ramírez dedicó el premio a los más de 300 periodistas nicaragüenses forzados al destierro por la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo desde la represión iniciada en abril de 2018.
“También señaló que Nicaragua ‘está olvidada hoy en día’ y que, a diferencia de otros conflictos internacionales, ‘Nicaragua no es del interés de nadie’, mientras la ‘dictadura familiar obscena’ se sigue petrificando.
“Debate con Gioconda Belli sobre Nicaragua y Europa: Durante un debate organizado por el diario El País, Sergio Ramírez y Gioconda Belli afirmaron que existe un creciente desinterés internacional frente a la crisis nicaragüense. Ambos coincidieron en que Nicaragua ya no ocupa un lugar prioritario en la agenda global y llamaron a la Unión Europea a asumir una identidad política más firme e independiente.
“Fragmentos destacados del discurso de Sergio Ramírez: ‘Siento que este premio… busca en mí al periodista que siempre quise ser, entre el tecleo de las máquinas de escribir y el humo de los cigarrillos en el fragor de las salas de redacción…’
“También evocó a Rubén Darío: ‘…como mi paisano Rubén Darío que a los veinte años cubría en Santiago de Chile los sucesos de la calle como cronista de la página roja’”.
Y cerró con una reflexión sobre la escritura: “Puedo decir que este es el compromiso de toda una vida entregado a la escritura, bajo un compromiso irreductible con las palabras”. “Muchas gracias entonces por premiar mis palabras, en su búsqueda sin concesiones por la libertad”.
Acerca de eso escribo o desde el conflicto que nace de mi memoria, la de quien vivió más de una década de sandinismo.
El Premio Ortega y Gasset otorgado recientemente a Sergio Ramírez y dedicado por él a más de 300 periodistas nicaragüenses forzados al destierro, me provoca sentimientos encontrados.
No cuestiono —y sería absurdo hacerlo— el talento literario e intelectual tanto de Sergio Ramírez como de Gioconda Belli. Ambos son escritores de talla indiscutible, merecedores de reconocimiento internacional, y he disfrutado genuinamente muchas de sus obras. La literatura, cuando es auténtica, trasciende incluso las contradicciones humanas de quienes la escriben.
Mi conflicto nace en otro lugar: en la memoria. Tanto Ramírez como Belli fueron figuras activas y prominentes del proyecto sandinista durante los años que siguieron al triunfo revolucionario de 1979. Sergio Ramírez ocupó la Vicepresidencia de Nicaragua entre 1985 y 1990 y fue, para muchos, una de las mentes políticas más influyentes dentro del gobierno revolucionario. Gioconda Belli, por su parte, participó activamente en la lucha contra Somoza, trabajó en la estructura internacional del FSLN y más tarde dirigió organismos de comunicación del Estado sandinista.
Y aquí es donde aparece la incomodidad histórica que muchos nicaragüenses sentimos. Porque quienes hoy denuncian —con razón— el autoritarismo, la persecución política y el destierro impuesto por el régimen Ortega-Murillo, fueron también parte del movimiento que ayudó a construir las estructuras de poder que eventualmente desembocaron en esta tragedia nacional. Muchos de los primeros exiliados nicaragüenses no eran somocistas. Eran ciudadanos comunes, intelectuales, profesionales, campesinos o simplemente disidentes políticos que comenzaron a sentirse excluidos, perseguidos o asfixiados ideológicamente desde los llamados “años gloriosos” de la Revolución.
Miles huyeron del país mucho antes de 2018. Por eso me cuesta escuchar ciertos discursos actuales sin sentir que falta una pieza esencial: la autocrítica. No hablo de humillación pública ni de negar ideales que en su momento pudieron parecer nobles o necesarios. Hablo simplemente de un acto humano y político de contrición; de reconocer que también hubo errores, excesos, intolerancia y soberbia revolucionaria. De admitir que el sandinismo original, aun antes de degenerar en la caricatura dinástica y represiva de hoy, sembró semillas de división, censura y exilio.
Eso no borra los méritos literarios de nadie. Tampoco invalida sus denuncias actuales. Pero sí deja una sensación amarga cuando algunos hablan como si hubiesen sido únicamente víctimas de una historia en la que también fueron protagonistas.
Paradójicamente, muchos de aquellos escritores, periodistas, cantautores, exguerrilleros y antiguos defensores del sandinismo terminaron recibiendo lo que podría llamarse —con amarga ironía— el verdadero “Premio Ortega-Murillo”: el destierro.
Y quizás ahí reside la tragedia más profunda de Nicaragua: una Revolución que terminó devorando incluso a muchos de sus propios hijos intelectuales y políticos.
No escribo esto desde el odio ni desde el revanchismo. Lo escribo desde la memoria, desde el dolor acumulado de generaciones de nicaragüenses dispersos por el mundo, y desde la convicción de que ningún país puede reconciliarse verdaderamente mientras su historia siga contándose de manera incompleta.
El autor es médico y cirujano nicaragüense, residente en Estados Unidos.