/ Guillaume Klossa y Slavoj Žižek

Europa necesita una revolución cívica

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Diez años después de que un grupo de líderes políticos, empresariales y de opinión europeos abogaran por un “nuevo renacimiento europeo” y esbozaran una hoja de ruta para la UE tras el Brexit, el bloque se encuentra de nuevo en una coyuntura decisiva. La cuestión ya no es si la UE debe convertirse en una potencia mundial —sin duda debe hacerlo—, sino si puede lograrlo democráticamente y a tiempo para moldear, en lugar de simplemente soportar, el nuevo orden mundial que está surgiendo.

Por supuesto, tal transformación sería más fácil si Europa no tuviera elementos que obstaculizaran el proceso en sus propias filas, como el ex primer ministro húngaro Viktor Orbán. Pero incluso sin desafíos internos a la toma de decisiones colectivas y al Estado de derecho, la transformación que Europa necesita solo será posible si la ciudadanía participa plenamente. Por eso acordamos copresidir la Iniciativa Europa Power (lanzada el pasado noviembre) y por eso hacemos un llamamiento a muchas más iniciativas de organización cívica transnacional, tanto a nivel nacional como de la UE.

Lo que está en juego para Europa es de vital importancia. Casi quinientos millones de europeos se enfrentan a un entorno geopolítico cada vez más condicionado por la rivalidad entre Estados Unidos y China. Mientras ambos países operan a escala civilizatoria, proyectando su poder a través de la tecnología, las finanzas, la seguridad y la ideología, Europa corre el riesgo de caer en una dependencia estratégica: valorada por su mercado, talento y datos, pero con una capacidad limitada para actuar políticamente.

Este resultado no es inevitable. Pero revertirlo requiere más que ajustes políticos o perfeccionamientos institucionales. Exige una revolución cívica.

No conviene malinterpretar este término. Lo que Europa necesita no es una ruptura, sino una transformación autodirigida: una reafirmación de la capacidad democrática a nivel europeo para alinear a las instituciones, los ciudadanos y los Estados miembros en torno a un proyecto político común. De lo contrario, la UE seguirá adaptándose a las presiones externas en lugar de influir en ellas.

Las señales de alerta ya son visibles. Las potencias extranjeras están desplegando cada vez más influencia económica y herramientas políticas, tecnológicas y culturales para influir en lo que sucede en Europa. Interfieren en los procesos democráticos, promueven regulaciones extraterritoriales y acumulan control estratégico sobre infraestructuras y datos críticos. Ante estas presiones, la fragmentación europea se convierte en una amenaza para la soberanía europea. Cuando las grandes potencias compiten sin control, las esferas de influencia se consolidan y la autonomía se erosiona. Para Europa, el peligro no reside solo en la marginación geopolítica, sino también en un debilitamiento gradual de sus principios fundamentales: el pluralismo, los derechos fundamentales y el Estado de derecho.

Afortunadamente, los ciudadanos europeos son cada vez más conscientes de lo que está en juego. Durante la última década, la opinión pública ha apuntado consistentemente en la misma dirección. Los europeos desean una unión capaz de defenderse, garantizar la paz y actuar con coherencia en el escenario mundial. Esperan protección sin aislamiento, prosperidad sin dependencia y un liderazgo basado en la sostenibilidad y los valores democráticos. Estos compromisos ofrecen una base para impulsar una transformación cívica.

Esta participación ciudadana ya se ha hecho patente en momentos de crisis. Mantuvo la unidad europea tras el Brexit, posibilitó una respuesta colectiva sin precedentes a la pandemia y sigue siendo un pilar fundamental del apoyo a Ucrania. Cada vez que Europa se ha visto ante una necesidad imperiosa, ha actuado conjuntamente de maneras que habrían parecido políticamente inalcanzables tan solo unos meses o años antes.

En conjunto, estos episodios señalan el surgimiento gradual de una conciencia política europea que trasciende las fronteras nacionales. El siguiente paso es traducir esta visión compartida en acciones duraderas y decisivas. Una revolución cívica implicaría fortalecer la legitimidad democrática de la formulación de políticas europeas y elevar las instituciones de la UE al primer ámbito para la toma de decisiones que ningún Estado miembro puede tomar por sí solo. Requeriría fomentar debates políticos genuinamente transnacionales, empoderar a la ciudadanía para que defina directamente las prioridades europeas y construir un sentido de soberanía compartida que complemente las identidades nacionales.

Esta transformación no solo es necesaria, sino inevitable. Las fuerzas que la impulsan son estructurales. El cambio climático, la digitalización, las amenazas a la seguridad y la interdependencia económica operan más allá de las fronteras nacionales. Además, las generaciones más jóvenes ya viven, trabajan y piensan a través de las fronteras nacionales, experimentando una realidad cotidiana que la política europea aún no ha reflejado plenamente.

Mantener el statu quo ya no es una postura neutral, sino un voto a favor del declive. Sin una integración más profunda y una renovación democrática, Europa se verá arrastrada a la órbita de otras potencias, dependiendo de la infraestructura tecnológica estadounidense o cediendo ante la influencia económica china.

Una revolución cívica ofrece un camino diferente, uno en el que Europa emerge como una potencia democrática global, redefiniendo, en lugar de imitar, los modelos tradicionales de soberanía. Una UE capaz de combinar la apertura económica con la cohesión social, la innovación tecnológica con las garantías éticas y la diversidad con la unidad política ofrecería un modelo distintivo para el siglo XXI. No se vería atrapada entre Estados Unidos y China, sino que se posicionaría como una potencia en igualdad de condiciones con ellos, cooperando cuando fuera posible, resistiendo cuando fuera necesario y configurando las normas globales de acuerdo con sus valores.

Sin duda, algunos recibirán esta visión con escepticismo. La diversidad de Europa suele considerarse un obstáculo para la unidad. Sin embargo, la diversidad podría ser su mayor fortaleza. Un sistema democrático capaz de funcionar a través de lenguas, culturas e historias demostraría que el pluralismo no es una debilidad, sino una fuente de resiliencia y legitimidad.

El verdadero riesgo reside en la inacción. Europa ha llegado a un punto en el que el gradualismo resulta insuficiente. Los retos a los que se enfrenta —y las oportunidades que se le presentan— exigen un salto de la coordinación a la soberanía, de la tecnocracia a la democracia y de la indecisión a la capacidad de acción.

La tarea ahora consiste en asegurar que esta transformación sea deliberada, inclusiva y ambiciosa. Europa no debe limitarse a adaptarse al mundo tal como es, sino que debe contribuir a definir el mundo del futuro. Esto exige valentía por parte de todos los europeos.

Invitamos a todos aquellos que deseen contribuir a esta transformación a participar en la Conferencia Europa Power, que tendrá lugar del 21 al 23 de octubre en Estrasburgo. Esta conferencia, con una visión de futuro, reunirá a actores clave de Europa y de otros continentes, en representación de la política, la empresa, la academia, la ciencia, la cultura, las artes y la sociedad civil en general.

Entre los demás cofundadores de la Iniciativa Europa Power se encuentran Mariya Gabriel, subdirectora general de la UNESCO; William Kadouch- Chassaing, codirector ejecutivo de Eurazeo; Esther Lynch, secretaria general de la CES; Nicolas Schmit, presidente de FEPS; y Jean-François Van Boxmeer, presidente de la Mesa Redonda Europea para la Industria.

Los autores, Margrethe Vestager es ex vicepresidenta de la Comisión Europea, es copresidenta de la Iniciativa Europa Power; Guillaume Klossa es exasesor especial de IA del presidente de la Comisión Europea y copresidente de la Iniciativa Europa Power, es el autor de Fierte Européenne manifeste pour une civilisation d’avenir (Telemaque/ Editis, finalista del Premio Europeo del Libro, 2022); y Slavoj Žižek es catedrático de Filosofía en la Escuela Europea de Posgrado, autor, entre otros libros, de Christian Atheism: How to Be a Real Materialist (Bloomsbury Academic, 2024) y copresidente de la Iniciativa Europa Power.

Copyright: Project Syndicate, 2026.
www.project-syndicate.org

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