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En uno de mis viajes a la Corte Internacional de Justicia, en el 2003, el secretario de la Corte me dio un consejo que nunca he olvidado: «El Presidente puede hablar para su audiencia interna; el Canciller habla para el mundo”. El secretario se refería a la costumbre en Derecho Internacional, que al presidente se le permiten ciertas libertades en sus declaraciones, considerando la naturaleza política de su audiencia interna, pero el canciller está siempre hablando para el mundo. Lo que diga puede considerarse declaración unilateral.
Esa frase, tan simple como severa, resume una verdad que hoy vuelve a ser urgente: en política exterior, las palabras no solo describen posiciones; crean efectos, abren o cierran puertas, y pueden durar más que cualquier coyuntura.
Traigo ese recuerdo porque ayuda a entender un contraste que se ha vuelto visible en estos días: «Leo lo moral y Marco lo estratégico». La fórmula tiene doble sentido. Por un lado, resume bien el papel que desempeñan León XIV y el canciller (secretario de Estado) Marco Rubio en la escena internacional: el primero, guardián de un magisterio moral; el segundo, portavoz de una estrategia política. Pero también funciona en inglés: I read the moral, and I mark down the strategy. Es decir, uno ilumina los principios; el otro los traduce en acción.
Esa distinción importa porque, en diplomacia, negociar no es lo mismo que regatear. Negociar implica reconocer al otro como un actor legítimo, con historia y dignidad. Regatear, en cambio, reduce la relación a una transacción de suma cero. Y cuando los aliados sienten que se les habla como a “marchantes” o comerciantes, la confianza se erosiona.
En sus recientes giras por Europa, tanto en Munich como en Roma, Rubio optó por un registro distinto al que suele dominar la política interna estadounidense. Habló de historia compartida, de corresponsabilidad, de la defensa común de Occidente. Señaló problemas reales —gasto en defensa, desequilibrios, ineficiencias— pero los presentó como tareas conjuntas, no como reproches. Ese tono, más sobrio y más inclusivo, coincide con los principios que León XIV ha subrayado desde el inicio de su pontificado: la dignidad de los pueblos, el bien común internacional y la necesidad de un diálogo que parte de lo que une, no de lo que divide.
No es casual que tanto el Departamento de Estado como el Vaticano describieran el encuentro entre el secretario y Su Santidad como “amistoso” y “constructivo”. Ese lenguaje confirma que la firmeza no exige caer en la lógica del regateo. Exige claridad, sí, pero también respeto. Y respeto es precisamente el terreno donde lo moral y lo estratégico pueden encontrarse sin confundirse.
En contraste, las declaraciones del presidente Trump suelen estar dirigidas a su audiencia interna. En ese contexto, la retórica más emocional puede cumplir una función política legítima. Pero en la era digital, lo que se dice hacia adentro ya no se queda adentro. El riesgo es que un mensaje pensado para consumo doméstico sea interpretado en clave internacional, con efectos que nadie buscó.
Aquí vuelve a ser útil la distinción entre «agenda y estilo». La agenda puede incluir demandas razonables de mayor equilibrio en las cargas de defensa o mayor eficiencia institucional. Pero el estilo debe adaptarse a la audiencia internacional. Rubio lo hizo en Europa. Y León XIV, desde otro plano, ante el Paritdo Popular Europeo que incluye a los Social Cristianos y Demócrata Cristianos recuerda que la diplomacia no es un mercado: es un ejercicio de reconocimiento mutuo.
Con el debido respeto, conviene recordar que, en ocasiones, la percepción pública puede invertir los roles. Así como un ciudadano estadounidense corre el riesgo de que sus palabras se interpreten como si hablara en nombre de la Iglesia universal, también existe —aunque sea de manera sutil— la posibilidad inversa: que el propio Pontífice, al dirigirse a un interlocutor norteamericano, sea percibido no tanto como «León XIV en su magisterio universal», sino como el «obispo norteamericano Robert Francis Prevost», figura profundamente enraizada en la realidad eclesial de los Estados Unidos.
No se trata de una crítica, sino de una constatación sobre cómo operan las percepciones en la diplomacia contemporánea. En un mundo hiperconectado, donde los mensajes se leen simultáneamente en múltiples claves, incluso la palabra papal puede ser interpretada a través de filtros nacionales o culturales que no reflejan su intención original. Precisamente por eso, la prudencia comunicacional es hoy una responsabilidad compartida: de quienes hablan ante el Papa y también del Papa cuando se dirige a actores con fuerte identidad nacional.
En un mundo donde la línea entre lo interno y lo externo se ha vuelto porosa, mantener esta distinción es difícil, pero indispensable. Las alianzas no se sostienen solo con poder; se sostienen con confianza. Y la confianza se construye con palabras que reconocen al otro como un socio digno, no como un marchante o comerciante.
Por eso, en este momento, «Leo lo moral y Marco lo estratégico» no es solo una frase ingeniosa. Es una brújula. Una que recuerda que la diplomacia necesita principios, pero también necesita método. Y que cuando ambos se alinean, la política exterior deja de ser un regateo y vuelve a ser lo que siempre debió ser: un espacio donde se negocia con firmeza, pero también con respeto.
El autor es excanciller de Nicaragua.