Nicaragua en la estrategia de seguridad hemisférica de EE.UU.

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El encargado de negocios de Estados Unidos (EE.UU.) en Managua, Elías Baumann, dijo en sus redes sociales que “queda mucho que hacer” en Nicaragua. Baumann hizo esa declaración, sin entrar en explicaciones, después de participar en una conferencia sobre las prioridades estratégicas del gobierno de EE. UU. para el hemisferio occidental.

La conferencia se realizó en Miami, bajo el liderazgo del alto mando del Comando Sur y la participación de altos funcionarios estadounidenses, jefes de misión diplomática de EE. UU. en toda la región y líderes del Departamento de Defensa, ahora llamado de Guerra.

Teniendo como lema la sugerente frase “Paz a través de la Fuerza”, la conferencia contó con la participación inaugural del secretario de Estado, Marco Rubio, quien ahondó en las prioridades de seguridad hemisférica de EE. UU. planteadas por el presidente Donald Trump.

Por cierto que la mayor repercusión mediática del evento fue causada por una fotografía de Marco Rubio con el jefe del Comando Sur de Estados Unidos, general Francis Donovan, teniendo un mapa de Cuba como fondo. Lo cual fue interpretado como un mensaje de que EE. UU. mantiene en la mira a la dictadura cubana; y que irá contra ella en cuanto se resuelva el conflicto con Irán, como sea que se va a resolver.

El objetivo específico de la conferencia en Miami era hablar en detalles de la lucha contra el narcoterrorismo, el fortalecimiento de las alianzas de EE. UU. para ese fin y las medidas necesarias para impedir o limitar la influencia de actores adversarios en América Latina y el Caribe. Entiéndase en este caso, la influencia de China, Rusia e Irán, que en Nicaragua es muy poca en cuanto a intereses económicos, pero poderosa en cuestiones estratégicas, políticas, militares y de inteligencia.

No trascendió si en la conferencia en Miami sobre la seguridad hemisférica de EE. UU. se habló de Nicaragua. Pero es probable que sí se haya hablado, porque la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo últimamente ha intensificado de manera ostensible y desafiante sus relaciones de dependencia con las grandes potencias extracontinentales. Sobre todo, la cooperación militar y estratégica con la belicosa Rusia.

De lo dicho por el encargado de Negocios de EE. UU. en Managua, de que “queda mucho por hacer en Nicaragua”, se puede deducir que algo se está haciendo, aunque hasta ahora ese “algo” no se conoce porque no hay ninguna información al respecto.

Sin embargo, el Gobierno de EE. UU. y personalmente el secretario de Estado, Marco Rubio, ha sido claro en su propósito de remover las dictaduras que quedan en la región, no tanto porque son antidemocráticas y represivas sino por su asociación con Rusia, China e Irán.

En Venezuela el dictador Nicolás Maduro fue derrocado en enero pasado y ese país está ahora inmerso en un complejo proceso de cambios que, según EE. UU., conducen a su democratización. Y en Cuba la presión estadounidense contra la dictadura comunista es poderosa, con el declarado propósito de quitarla del poder.

En el tercer lugar está Nicaragua. Hay quienes sostienen el criterio de que no se debería esperar que la acción determinante para el cambio democrático llegue del exterior, concretamente de EE. UU. Pero la dictadura no permite dentro del país ninguna actividad política independiente, mucho menos una de oposición que proponga el cambio pacífico de régimen.

Lo ideal sería que los opositores desterrados y exiliados pudieran regresar libremente al país, recuperar sus patrimonios, reorganizar los partidos políticos y prepararse para competir con el partido de gobierno en unas elecciones libres con garantías internacionales. Y que los ciudadanos decidan en ejercicio de la soberanía popular qué gobierno quieren tener.

Es lo ideal, pero no lo real. No lo permiten Ortega y Murillo que se creen dueños de Nicaragua, pero el cambio es indispensable e ineludible y tendrá que ocurrir de cualquier manera.

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