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El encuentro entre el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, este 7 de mayo, trasciende lo protocolar. Es una señal de cómo se está reconfigurando el orden internacional en un contexto de tensiones crecientes y competencia geopolítica intensificada.
En Washington, la lectura sobre Brasil ha cambiado de forma significativa. El país ya no es visto únicamente como potencia regional, sino como un actor estratégico en cadenas globales de suministro, transición energética y competencia tecnológica. Este reposicionamiento explica el peso político del encuentro más allá de la agenda oficial.
En el fondo, existe una tensión estructural entre dos enfoques de política exterior. Lula impulsa una estrategia de autonomía: diversificación de alianzas, diálogo con múltiples polos de poder y fortalecimiento de espacios como los Brics. Trump, en cambio, opera desde una lógica transaccional, basada en presión económica, negociación bilateral asimétrica y el principio de “America First”.
Esta diferencia no implica una confrontación directa, pero sí define límites claros para la cooperación.
Uno de los temas más sensibles es el de los minerales críticos. Brasil posee recursos estratégicos esenciales para la transición energética y la industria tecnológica global. Para Estados Unidos, reducir la dependencia de China es una prioridad geopolítica. Para Brasil, el reto es convertir ese potencial en desarrollo sin perder soberanía. Esta asimetría tendrá más impacto que cualquier declaración pública.
En este escenario aparece también un posible instrumento de presión: la Section 301 of the U.S. Trade Act. Su eventual uso en un gobierno de Trump podría ampliar disputas comerciales más allá de los aranceles, incorporando comercio digital, acceso a recursos estratégicos y la relación de Brasil con China. Esto refuerza la cautela de Brasilia, que busca preservar autonomía sin quedar atrapada en alineamientos exclusivos.
Otro eje clave es el rol de los Brics y las discusiones sobre mecanismos financieros alternativos al dólar. En Washington, estas iniciativas ya no se interpretan solo como experimentos económicos, sino como posibles desafíos al orden financiero internacional. Un liderazgo como el de Trump difícilmente sería indiferente a este proceso.
El contexto global intensifica estas tensiones. Las crisis en Medio Oriente y el Caribe aumentan la presión por definiciones más claras de alineamiento. Sin embargo, para Brasil, asumir posiciones rígidas podría debilitar su capacidad de mediación y su rol como voz del Sur Global.
En paralelo, emerge un tema de seguridad que podría ganar centralidad: la presión de sectores vinculados al trumpismo para clasificar organizaciones criminales brasileñas como el Primeiro Comando da Capital (PCC) y el Comando Vermelho (CV) bajo la categoría de “narcoterrorismo”.
En Estados Unidos, parte del debate estratégico busca ampliar el concepto de seguridad hemisférica, aproximando estas organizaciones a la lógica aplicada a carteles mexicanos y amenazas transnacionales. Esto abriría la puerta a mayor cooperación forzada, sanciones financieras e incluso mayor presión operativa en la región.
El gobierno de Lula, en contraste, rechaza este enfoque por considerar que habilita injerencia externa y riesgo de militarización de la seguridad interna. La divergencia es clara: Washington prioriza una visión de amenaza transnacional; Brasil apuesta por cooperación judicial, inteligencia policial y políticas sociales.
También existe una dimensión interna relevante. En Brasil, el encuentro se inserta en la disputa política hacia 2026. Un gesto de cercanía entre Lula y Trump podría generar tensiones en sectores de la extrema derecha brasileña vinculados al movimiento MAGA. En sentido contrario, un encuentro frío podría reforzar narrativas opuestas tanto del oficialismo como de la oposición.
En Estados Unidos, Trump probablemente utilice la reunión para proyectar liderazgo hemisférico y fortaleza negociadora. Sin embargo, cualquier acercamiento con países asociados a los Brics también puede generar resistencias en sectores más duros de su base política.
El escenario más probable no es ni ruptura ni convergencia plena, sino una relación de tensión administrada. Habrá cooperación puntual en temas como comercio, minerales críticos o seguridad, coexistiendo con divergencias estructurales sobre orden global, sistema financiero y competencia entre potencias.
En este marco, el encuentro Lula–Trump no define el nuevo orden internacional, pero sí lo refleja con claridad. Y confirma algo central: Brasil ha dejado de ser un actor periférico para convertirse en una pieza estratégica dentro de un sistema internacional en disputa permanente.
El autor es director ejecutivo de Washington Brazil Office. Fue secretario nacional de Justicia de Brasil, también se desempeñó como secretario ejecutivo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la Organización de los Estados Americanos (OEA) y como director del Instituto Mercosur de Derechos Humanos (IPPDH). Fue Visiting Scholar en el Watson Institute for International and Public Affairs de la Brown University.