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La política, por sus propios medios, ha comenzado a hacer lo suyo por el restablecimiento de la democracia y la libertad en Nicaragua. Lo que años atrás parecía distante y difícil de alcanzar, empieza a tomar forma. El pasado sábado 18 de abril del presente año se dio, en la ciudad de Miami, Estados Unidos, un primer paso hacia ese propósito: se firmó un documento de intención de unidad entre diversas organizaciones de la sociedad civil, entre ellas agrupaciones defensoras de los derechos humanos, movimientos políticos y representantes del Partido Liberal Independiente (PLI-histórico) activo dentro del país.
Con ello, comienza a perfilarse una ruta de transición del totalitarismo hacia la gobernabilidad y la estabilidad nacional, para lo cual fue positivo que hayan participado representantes de fuerzas liberales beligerantes y también conservadoras, en un solo fin: la unidad.
Lo trascendente de este encuentro es que, en medio de diferencias y dificultades, se abrió una primera puerta hacia la unidad de las fuerzas democráticas. Allí estuvieron representantes de dos partidos: Ciudadanos por la Libertad (CxL), representado por Juan Sebastián Chamorro y el Partido Liberal Independiente PLI-Histórico, representado por Ernesto Godoy. También participaron dirigentes de movimientos políticos, nuevas alianzas partidarias y activistas de derechos humanos, entre ellos Jaime Arellano, José Pallais, Félix Maradiaga, así como representantes de instancias partidarias creadas en la diáspora.
De estos partidos, el primero tiene cancelada su personería jurídica, al igual que el Evangélico y el Conservador. El segundo, pese al reclamo permanente de su representación legal por parte de sus legítimos herederos ante una Corte Suprema de Justicia (CSJ) sometida a los designios de la pareja copresidencial, mantiene presencia histórica y estructura interna. Tal vez discreta y soterrada, pero viva. Este es apenas un primer paso. No hace falta decirlo, pero sí reconocerlo: en el proceso hubo como suele ocurrir, de todo. Pesquisas, dudas, desconfianzas entre personas y grupos, unos que dijeron que asistirían y no lo hicieron, deslegitimaciones, acusaciones y señalamientos, rasgos propios de nuestra arraigada y atávica cultura política.
Aun así, se demostró ante la ciudadanía dentro y fuera del país, y también ante sectores de la comunidad internacional, que se logró subir un primer peldaño. Eso es lo esencial. Lo demás vendrá como parte de la sed política y social de construir esa ansiada unidad partidaria, de derecha, para convertirse en una opción real en unas próximas elecciones que, según el calendario, deberán celebrarse el 8 de noviembre de 2026, fecha que todavía muchos ciudadanos desconocen.
El país está cerca de un giro decisivo. La economía empieza a mostrar señales de desgaste. El desempleo crece y los indicadores, salvo los oficiales, reflejan deterioro. La dictadura pierde credibilidad y terreno con el paso de los días. Su sostenibilidad será cada vez más difícil. Mientras más reprima, mientras aumente la inestabilidad y se dispare el costo de la vida, mayor será el repudio popular y más aislada quedará ante el mundo.
Por otra parte, Nicaragua se acerca a nuevas elecciones que, de celebrarse, no deberían repetir fraudes ni usurpaciones del derecho soberano del pueblo a elegir libremente. Estas realidades, sumadas a cambios en la geopolítica internacional orientados a la seguridad hemisférica, al desgaste de la izquierda y del socialismo en Latinoamérica, a las acusaciones por vínculos con el narcotráfico y a las confrontaciones verbales contra Estados Unidos, reducen el margen de maniobra de la dictadura. Rusia, Irán y China nunca han sido aliados certeros: ya demostraron que se mueven únicamente por solidaridad retórica; más en las circunstancias actuales.
Pero, además, el diálogo político y la negociación han cobrado fuerza incluso entre adversarios de gran poder militar y económico. Lo vemos en conflictos como los de Ucrania y Medio Oriente, así como en procesos políticos en Venezuela y Cuba. En Nicaragua, esto indica que ha llegado el momento de explorar soluciones negociadas a la crisis. Ignorar esta realidad sería un acto de terquedad con consecuencias graves para quienes no comprendan los tiempos actuales y sus dinámicas políticas.
Muchos quisieran una salida distinta a la dura realidad nacional, pero las experiencias armadas no parecen estar sobre la mesa. Hoy, el mecanismo más viable es la implementación de un diálogo político entre personeros de la dictadura y esta oposición política democrática que, independientemente de cómo sea percibida, puede abrir una ruta de entendimiento para liberar a los presos políticos, poner fin a la represión, recuperar la institucionalidad gravemente atropellada, permitir el retorno de miles de exiliados, incluyendo a líderes de la Iglesia católica y encaminar al país hacia la libertad, la paz y la armonía social. El primer paso ya se dio. Vendrán otros.
El autor es escritor y periodista nicaragüense exiliado en Estados Unidos, columnista internacional y vocero en el exterior del Partido Liberal Independiente (PLI-histórico).