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En medio del debate social y político que ya, como una herencia insana y maldita del destino, vive Nicaragua y con mucha confidencialidad, viene conformándose “La Comanda”, compuesta por aquellos héroes de los 80 y ahora conformando el relevo generacional de los “comandos”, esos bravos soldados de la Resistencia Nicaragüense, también conocida mundialmente como “la Contra”, que enfrentaron con las armas a los sandinistas desde inicios de los 80.
La “Contra”, única guerrilla anticomunista en América, continúa viva, a pesar de los asesinatos de algunos de sus más grandes comandantes y comandos. Quizás dispersa, eso sí. Su lastre más nocivo fue, al final de la guerra nacional armada, de la Guerra Fría, del desbarajuste y extinción de la antigua URSS y de las elecciones nacionales de 1990, no haber logrado una mayor inserción y un traspaso eficaz de la guerra a la política activa.
Esta realidad abre aún más el debate y el camino a trazar para un despegue de país con miras a un proyecto de nación más consistente y sin trampas, desde un proyecto político partidario, llámese liberal, libertario o conservador, con un franco programa de libre empresa y competitividad. A fin de cuentas, el debate político electoral actual solo tiene dos contendientes: la izquierda y la derecha.
Y aunque parezca prematuro, la aparición de un relevo generacional de estos hombres con presencia en el territorio nacional, junto a la clase política emergente interna desde el 2018, podría abrir puertas para una nueva gerencia de país con limpieza ética y sentido estadístico.
De darse elecciones nacionales este próximo 8 de noviembre de 2026, y de consolidarse un nuevo proyecto de partido político con antecedentes de relevo de la vieja guardia de la Resistencia Nicaragüense, es probable que un horizonte de nación pueda surgir en la maltratada patria, hoy empeñada a chinos y rusos.
Ronald Reagan, el gran presidente de Estados Unidos (1981-1989), impulsor de la lucha de estos comandos, los llamó “paladines de la Libertad”. Lo que fueron en realidad.
Los viejos comandantes que sobrevivieron a la guerra están cubriendo canas y cosechando otoños junto a sus nietos. Es sensato y oportuno que este impulso generacional logre consolidarse.
Tengo entendido que este nuevo movimiento (el cual, de entrada, según informaciones obtenidas, no está dispuesto a perder tiempo como lo han hecho las plataformas opositoras de la sociedad civil) próximamente dará a conocerse ante la ciudadanía y la comunidad internacional.
Se habla de luchadores antisandinistas como Adolfo Somoza, uno de los últimos comandantes del Frente Sur (cuyo apellido nada tiene que ver con la familia Somoza que fue gobernante), como uno de los impulsores, junto con comandos que están en Honduras, Costa Rica, Estados Unidos y en la propia Nicaragua, trazando las líneas de este importante surgimiento político de relevo.
Años atrás, en mis tiempos de redactor político del Diario LA PRENSA en Managua, cubrí una conferencia de Richard Millet, el historiador estadounidense autor del libro Guardianes de la Dinastía, en el que plantea la tesis de que la Guardia Nacional de Nicaragua terminó subordinándose a la familia gobernante.
Este hecho, si así fue, se ha vuelto a repetir con el actual Ejército sandinista; es decir, cambian los apellidos, los discursos, los símbolos, pero cuando las armas custodian a una familia y no a la nación, las matemáticas son claras al señalar que la historia vuelve a escribirse con la misma tinta.
“La Comanda” podrá pasar ahora de tirar balas en el pasado a sumarse a la arena política partidaria para defender y promover el voto en las próximas elecciones, a reparar para no repetir los errores de sus viejos y respetados comandantes y a ser guardianes, pero esta vez de la democracia y la libertad. Richard Millet no contestó mi pregunta.
El autor es escritor y periodista nicaragüense exiliado en Estados Unidos, columnista internacional y vocero del Partido Liberal Independiente en el Exterior (PLI-Histórico).