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Desde hace más de 30 años, viejos guerreros antisandinistas en Miami, Estados Unidos, organizan una misa en la iglesia Santa Ágata en cada aniversario del cobarde asesinato del comandante Enrique Bermúdez, conocido en la milicia de la Contra con el seudónimo “3-80”, siendo este el 35 aniversario. Esta misa la hicieron nuevamente, pero también en honor a otros asesinados, enalteciendo además al “comando anónimo”, es decir, al épico Soldado Desconocido de aquella guerra infernal, cuyas sangres derramadas continúan alimentando el anhelo de una Nicaragua en paz y libertad, ahora y siempre.
La eucaristía —y otra celebrada ese mismo día por otros legendarios luchadores—, ambas realizadas el 15 de febrero de 2026, constituye un acto pacífico de fe y rememoración libertaria desde la derecha. Allí expresan sus afectos, evocan viejas hazañas y recuerdan difíciles momentos vividos entre picaduras de mosquitos y culebras, desvelos, lejanía familiar y la existencialista interrogante entre morir o sobrevivir en el teatro de las balas.
Desde la espiritualidad católica, cada año se evidencia lo espantoso de la guerra, pero también la herencia que dejó para la paz y la democracia, evidenciando que quienes murieron por esta causa merecen el respeto de quienes los sobreviven.
En esta ocasión el mensaje del obispo Silvio José Báez fue especialmente oportuno. En su homilía contextualizó los escenarios de violaciones a la dignidad humana que Nicaragua ha atravesado bajo quienes aún ostentan el poder.
“Son criminales quienes encarcelan a personas inocentes solo por pensar diferente. También lo son quienes obligan al destierro o privan de la nacionalidad, provocando la muerte civil”, sentenció, advirtiendo que el silencio cómplice también mata, expresando que tales actos constituyen auténticos crímenes y que quienes los han cometido deberán comparecer ante la justicia tarde o temprano; sus palabras trascendieron a la metáfora bíblica ubicándola en la realidad actual. La misa fue celebrada junto a los párrocos Marcos Somarriba y Edwin Román.
También la ceremonia rememoró otros nombres como los de los empresarios Jorge Salazar y Arges Sequeira y de aquellos que, perteneciendo a las estructuras armadas y de seguridad de la extinta dinastía de los Somoza, fueron asesinados como Pablo Emilio Salazar, Gustavo Guillén Brenes, Tomás Martínez, Danilo Vargas, Álvaro Palma y Franklin Montenegro. Por otra parte, se mencionó a Alvarito Conrado, símbolo de la empatía y la solidaridad en la insurrección de 2018.
A excepción de Alvarito Conrado, antes de 1990 muchos de estos nombres no gozaban de reconocimiento alguno. Eran objeto de deshumanización, desinformación y propaganda oficial por parte de la Revolución. Frente a la mitificación sistemática de los muertos del sandinismo —y de la izquierda en general en distintos regímenes comunistas—, estos combatientes eran señalados como “mercenarios”, “traidores”, “agentes de la CIA”, «perros”, “bestias» (Diario Barricada) “burgueses contrarrevolucionarios” y otros descalificativos destinados a negarles cualquier legitimidad moral.
Por cierto, recuerdo también un proyecto que no llegó a concretarse antes de la rebelión de 2018. Alfredo César, exmiembro del Directorio de la Resistencia Nicaragüense y expresidente del Partido Conservador, intentó erigir un monumento al “comando desconocido” de la Contra en Managua. Buscó terrenos, reunió apoyo y estudió posibilidades, pero el proyecto no se materializó, lo que tal vez fue providencial pues a la luz de los acontecimientos recientes, probablemente habría sido demolido, como ocurrió con el Parque de la Paz, inaugurado por la expresidenta Violeta de Chamorro, donde se enterraron simbólicamente las armas de la guerra y que posteriormente fue destruido por el régimen Ortega-Murillo.
Cada quien tiene derecho a elegir amistades por sus afectos y lealtades, a mí me gusta sentarme a conversar con estos viejos guerreros, a quienes el expresidente Ronald Reagan llamó “paladines de la libertad”. Me refiero a los miembros de la Fuerza Democrática Nicaragüense (FDN), fundada en 1981 y a quienes se sumaron exmiembros de la Guardia Nacional, de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI), de la Academia Militar además de campesinos, productores, mujeres, jóvenes, profesionales y hasta sandinistas descontentos con el rumbo que tomó el proyecto guerrillero procastrista.
Me gusta escucharlos. Conocer sus luchas y sacrificios, sus leyendas encendidas de certeras historias. Muchos ya están en la tercera edad; otros envejecen. Veo sus manos ásperas, marcadas no solo por la fragua del monte en la guerra, sino también por los oficios que han desempeñado en el exilio. De hecho, nunca he conocido a uno de estos hombres que sea millonario o que posea grandes recursos económicos, contrario a lo ocurrido con el sandinismo.
Muchos de estos «contras» emigraron a Estados Unidos y se han ganado la vida trabajando en la construcción, limpiando casas, lavando platos en cafeterías o en labores agrícolas y, aun así, han criado con sacrificio y dignidad a sus hijos. Escucharlos es acercarse a una historia viva todavía inconclusa, la de la libertad de Nicaragua, por la que lucharon y por la que cada año se reúnen en una iglesia para ofrecerles una misa, en la que son recordados además los “comandos” anónimos, que entregaron sus vidas por una causa justa, esa misma que ahora se posa frente a este proceso transicional que ya ha iniciado hacia nuestra libertad, nuestro retorno y democracia.
El autor es escritor y periodista nicaragüense exiliado en Estados Unidos. Columnista internacional y vocero del Partido Liberal Independiente (PLI-Histórico) en el exterior.