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El mundo alcanzó recientemente un hito importante: el acuerdo sobre la Conservación y el Uso Sostenible de la Diversidad Biológica Marina de las Zonas Fuera de la Jurisdicción Nacional, conocido comúnmente como el Tratado de Alta Mar, ha entrado en vigor. El tratado consagra una verdad fundamental: sin un océano sano, la vida en este planeta no puede perdurar.
Más que una vía de transporte y comercio, el océano es indispensable para la vida y el sustento de las personas, no solo en las regiones costeras, sino también en las comunidades sin litoral. A nivel mundial, la economía azul emplea a más de 500 millones de personas y proporciona seguridad alimentaria a unos tres mil millones. El océano influye en el clima y los patrones de precipitaciones en todo el mundo, incluso en países del interior como Malawi, donde alrededor del 80 por ciento de la población depende de la agricultura de secano. Y, lo que es crucial, el océano absorbe el 30 por ciento del dióxido de carbono producido por el ser humano, lo que lo convierte en un sumidero de carbono indispensable.
Además, tanto las regiones costeras como las del interior son vulnerables a eventos climáticos catastróficos impulsados por el aumento de las temperaturas oceánicas y a la explotación marina derivada de la sobrepesca y la pesca de arrastre de fondo. En 2023, el ciclón Freddy, la tormenta tropical más duradera registrada, azotó Malawi con una cantidad sin precedentes de «energía ciclónitca acumulada», debido al aumento de las temperaturas oceánicas. La fuerza destructiva de Freddy desplazó a más de 659,000 malauíes, lo que demuestra que un océano insalubre nos amenaza a todos, independientemente de la geografía.
Todos los países tienen la responsabilidad de proteger y restaurar los sistemas oceánicos. Por ello, en febrero de 2025, Malawi se convirtió en el primer país sin litoral en ratificar el Tratado de Alta Mar. Con ello, afirmamos que la alta mar es un bien común mundial, que pertenece por igual a todos los países.
Junto con otros países africanos, hemos abogado por una conservación sólida y una gobernanza más justa y equitativa del patrimonio común de la humanidad. Esto implica ampliar el acceso a los recursos oceánicos y compartir sus beneficios, así como fortalecer la capacidad de todos los países para implementar eficazmente el Tratado de Alta Mar. En este sentido, la postura de Malawi se alinea con el lema que definió las negociaciones: “Nada sobre nosotros sin nosotros”. Las decisiones que afectan al futuro del océano deben reflejar la participación significativa de todos los países, para que nadie quede atrás.
La gestión de los océanos no se define por la proximidad al mar, sino por la voluntad de actuar en beneficio de todos, salvaguardando el sistema vital compartido por la humanidad. El nuevo tratado constituye un avance monumental en este sentido, ya que proporciona el primer marco para crear áreas marinas protegidas fuera de la jurisdicción nacional en alta mar, un área que abarca casi dos tercios del océano.
Ahora contamos con una vía para preservar ecosistemas cuya protección promete enormes beneficios globales. Salvaguardar áreas críticas como el sistema de praderas marinas del Banco Saya de Malha en el Océano Índico, la rica biodiversidad de la Dorsal de Walvis frente a la costa austral de África y las zonas de importancia ecológica del Golfo de Guinea permitirá la recuperación y el desarrollo de la vida marina, fortaleciendo así los ecosistemas de los que todos dependemos.
El Tratado de Alta Mar ofrece una prueba más de lo que puede lograr la colaboración internacional inclusiva. Pero es solo un punto de partida. Debemos redoblar nuestros esfuerzos para garantizar un futuro resiliente al clima estableciendo objetivos más ambiciosos pero alcanzables. Por ejemplo, el Marco Mundial para la Diversidad Biológica de Kunming-Montreal, con su meta de proteger al menos el 30 por ciento de todas las áreas terrestres y oceánicas para 2030, ofrece la oportunidad de aspirar a un futuro más ambicioso.
Para tener éxito, debemos aprovechar el impulso generado por el Tratado de Alta Mar. En Malawi, hemos presenciado de primera mano la importancia de la cooperación internacional para alcanzar los objetivos de conservación. Para salvaguardar el lago Malawi, el tercer lago más grande de África, protegimos áreas clave al declararlas Patrimonio Mundial de la Unesco, garantizando así la conservación de la biodiversidad mediante un monitoreo constante y la participación comunitaria. Esperamos que este esfuerzo sirva de modelo para otros. La protección de la naturaleza debe tener una base científica, ser inclusiva y estar diseñada para proteger a las generaciones futuras.
Las redes regionales serán esenciales para traducir los objetivos oceánicos en políticas concretas, garantizando al mismo tiempo que la protección de los océanos se ajuste a las prioridades de todos los países y regiones. El encomiable esfuerzo de la Comunidad Económica de los Estados de África Occidental para proteger la biodiversidad en la zona de convergencia de las corrientes de Canarias y Guinea (en el Atlántico Oriental) es un ejemplo de ello. Ya ha demostrado lo que se puede lograr cuando la colaboración interregional se dirige a la gestión de los océanos.
Los líderes africanos deben seguir marcando el camino que tenemos por delante. Los países africanos representan actualmente una cuarta parte de los 145 signatarios del Tratado de Alta Mar y 18 de sus 85 ratificaciones. Debemos aprovechar este impulso en la próxima Conferencia Nuestro Océano en Kenia, situando el liderazgo africano firmemente en el centro de la gobernanza de los océanos.
Cuando Malawi se convirtió en el primer país sin litoral en ratificar el tratado, contribuimos a redefinir la protección de los océanos. Nuestra decisión dejó claro que todos los países, independientemente de su distancia de la costa, tienen un interés en este asunto. Ahora instamos a todos los demás a hacer lo mismo antes de la primera Conferencia de las Partes del Tratado de Alta Mar (COP1), que se celebrará el próximo año. Este es un momento crucial para el futuro de los océanos y para el nuestro.
El autor es residente de la República de Malawi.
Derechos de autor: Project Syndicate, 2026.
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