Lista de reproducción
- No hay más artículos para escuchar
En Costa Rica la democracia es una actividad francamente desgastante y agotadora. El ciudadano costarricense se acuesta tarde pensando si votar por uno o por otro, si confiar en este programa o en aquel, si equivocarse ahora será peor que equivocarse después y, por último, vive en un titubeo entre ir o no ir a votar. La democracia, allí, es una vigilia permanente, una forma legal de estrés e insomnio. Nadie parece haber pensado en el bienestar emocional del votante.
En Nicaragua, en cambio, el Estado ha asumido una responsabilidad mucho más humana, proteger al ciudadano de la fatiga democrática. Elegir abruma, dudar estresa, comparar opciones produce ansiedad. Por eso el sistema ha decidido aliviar esa carga innecesaria. La elección ya está hecha. El votante puede dormir tranquilo.
Si, por algún descuido, un ciudadano nicaragüense llegara a pensar en alternativas ajenas y extrañas, un lapsus democrático, una recaída pluralista, el Estado no lo abandona. Al contrario, lo acompaña. Se le invita amablemente a sesiones de reflexión profunda en espacios especialmente diseñados para el recogimiento interior. El centro más emblemático de esta pedagogía cívica es el Chipote, donde el pensamiento divergente recibe atención personalizada y terapias intensivas contra el exceso de imaginación política, esa que tanto fastidia a los ticos.
El método es sencillo y eficaz. Primero se identifica a los candidatos que podrían generar confusión, es decir, ganar. Luego se les protege de la exposición pública mediante encarcelamiento preventivo. Si persisten en existir, se les ofrece un viaje al extranjero. Y si aun así insisten en ser recordados, se les borra del relato nacional. Todo por el bien común. Todo para que el ciudadano llegue a la urna relajado, sin sobresaltos, con la paz interior de quien no tiene que decidir nada.
Estas terapias son eficaces. Tras unos días de silencio guiado, el paciente comprende que la democracia incierta es una fuente de estrés innecesario. Aprende que la estabilidad es preferible a la duda, que la certeza es un acto de amor institucional y que la pluralidad, bien mirada, es una forma de caos. Sale renovado, reconciliado con la idea de que pensar demasiado es contraproducente.
En este sistema de cuidado integral, la copresidenta Rosario Murillo cumple una función esencial, pensar por todos, decidir por todos, sentir por todos. Una tarea ingrata que asume con vocación maternal. Donde otros países abandonan al ciudadano a la intemperie de la elección, Nicaragua ofrece tutela emocional. No hay que elegir, hay que confiar. No hay que dudar, hay que repetir.
Costa Rica, en cambio, insiste en ese modelo cruel donde el votante es tratado como adulto. Se le exige criterio, responsabilidad, memoria. Se le permite equivocarse. Una barbaridad democrática. Allí el Estado no protege al ciudadano de sus propias decisiones, se limita a respetarlas. El resultado es evidente, debates, alternancia, desgaste del poder. Una democracia que no cuida a nadie.
Nicaragua ha ido más lejos. Ha entendido que la verdadera democracia no consiste en elegir, sino en ser liberado de la elección. El voto, así, se convierte en un acto terapéutico. Se acude a confirmar la paz interior alcanzada. No hay sobresaltos. No hay incertidumbre. No hay insomnio. El poder vela para que nadie vuelva a pensar en exceso.
Decir que Costa Rica es la democracia que necesita Nicaragua es, desde esta perspectiva, una propuesta peligrosa. Significaría devolverle al ciudadano el peso de decidir, la angustia de la duda, el riesgo de perder. Sería desmontar todo un sistema de cuidado emocional que ha logrado lo impensable, un país donde nadie pierde elecciones y nadie duerme inquieto por haber elegido.
El autor es escritor exiliado España.