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La vida de la nicaragüense Nora Sándigo Núñez es muy agitada, en Florida, Estados Unidos, donde reside desde los años ochenta, cuando estaban en el poder los sandinistas. Tiene 60 años y es originaria de Comalapa, Chontales.
Para el año 2005, por ejemplo, dirigía la Fraternidad Nicaragüense (Nicaraguan Fraternity), un organismo sin fines de lucro para ayudar a inmigrantes, y también ya era propietaria de un hogar de ancianos llamado “Norita”, además de ser vicepresidenta de dos compañías de inversión y de cuidar como madre divorciada de sus dos hijas, Atenas y Jerryann, hoy de 27 y 28 años.
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Un año después, en 2006, fundó la Nora Sandigo Children Foundation (Fundación Infantil Nora Sándigo), desde la cual, hasta la fecha actual, ha acogido legalmente a 2,373 niños cuyos padres han sido deportados o están en riesgo de serlo, indica un reportaje del diario español El País, en su edición del pasado 27 de diciembre.
Si la agenda de Sándigo ya era pesada, se ha vuelto aun más desde que, en enero de 2025, el presidente estadounidense Donald Trump inició una persecución en contra de los migrantes en Estados Unidos, a través del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), y con ello aumentó el temor de los indocumentados a ser detenidos y deportados.
Es por ello que muchas madres han acudido a ella para que tutele a sus hijos y así, en caso de ser deportados los padres, los niños puedan quedarse en Estados Unidos porque Sándigo es la tutora legal de los menores.

En los últimos 18 meses, Sándigo ha tutelado legalmente a por lo menos 472 niños, hijos de migrantes, los que se sumaron a otros niños que ya tenía bajo su cargo y ahora tiene alrededor de 700 en total.
Por su labor, Sándigo se ha ganado el mote de la “Gran Mamá” o la “Gran Madre”. Además de sus dos hijas, en su casa también ha criado a otros niños y llegó a tener al mismo tiempo a seis de ellos bajo su techo.
El trabajo de Sándigo no implica la adopción de un niño, pues sus padres siguen teniendo la patria potestad. Lo que ella hace es darles educación, garantizarles acceso a la salud y los cuida si sus padres se ausentan, evitando así que el Estado intervenga en ellos.
Huyó de los sandinistas
A los 14 años de edad, cuenta Sándigo, tuvo la primera experiencia ayudando a los demás, cuando en su natal Comalapa, en el patio de su casa, instaló una pequeña escuela improvisada, y ahí enseñaba a otros niños.
La infancia la vivió feliz, con padres que no eran adinerados, pero se preocupaban por darles lo mejor a ella y a sus siete hermanos. Su padre, Demetrio Sándigo, tenía familiares en Estados Unidos que lo apoyaban.
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Además, Comalapa era pequeño entonces y ella conocía a casi todos los habitantes y se llevaba bien con todos.
Le encantaba cocinar y sus dos abuelitas, Chon y Natalia, le enseñaron a hacer dulces que a ella le sabían riquísimos, como caramelos de nancite y de mantequilla, rosquillas, empanadas que hacían en un horno grande de bloque y barro.
Todo eso se terminó en la década de 1980, pues las cosas se pusieron “muy difíciles” cuando los sandinistas gobernaron por primera vez Nicaragua.
“Se llevaban a los niños y niñas a las montañas. Yo tenía 15 años y mi papá tenía temor que podían hacerme algo. Mi hermana, que es mayor, ya había salido y ya habían sucedido cosas trágicas en la familia. Una hermana que teníamos, adoptada, le habían matado a su mamá el día que iba a dar a luz; le habían puesto una bomba bajo la cama, habían pasado cosas tan graves”, recordó Sándigo en una entrevista que le brindó a LA PRENSA en el año 2005.
Además, veía como los jóvenes que los sandinistas se llevaban a la guerra regresaban muertos, pues Comalapa era zona de guerra y muchas veces vio cadáveres jalados de las colas de los caballos, incluso, los de algunos compañeros de escuela.

En 1984, los padres de Sándigo primero la metieron en la Embajada de Venezuela en Managua, de donde luego salió para Panamá y después a Venezuela.
Luego, se fue a Francia, donde estuvo un año y en 1988 salió hacia Estados Unidos, después de haber regresado a Nicaragua por pocos días para llevarse con ella a un hermano.
Llegó a Estados Unidos el 12 de febrero de 1988, sin saber inglés, ni conocer a nadie. En el aeropuerto conoció a una señora que les ofreció hospedarlos en su apartamento la primera noche. Estuvieron allí tres noches hasta que rentaron un departamento y una semana después estaba trabajando en la misma organización de ayuda a inmigrantes a la que había acudido para que la ayudaran con su trámite de asilo político.
De niña, en Chontales, Sándigo había conocido al obispo católico Pablo Antonio Vega, quien llegaba en misión espiritual a Comalapa.
Cuando Sándigo arribó a Estados Unidos, el obispo Vega estaba ahí porque había sido expulsado del país por los sandinistas. Luego, ambos empezaron a formar la Fraternidad Nicaragüense en Estados Unidos, la cual después dio origen a varios proyectos de servicio de Sándigo en favor de los inmigrantes.
Un trabajo muy serio
Sándigo se toma con entereza la labor social que realiza. Por ejemplo, caso por caso, tiene ordenados alfabéticamente los registros de nacimiento de los niños que tutela, las tarjetas de seguro social, fotos, pasaportes y formularios notariales.
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Los dos teléfonos celulares que tiene le suenan constantemente, recibiendo llamadas de madres que la buscan por primera vez o de otras con las que ya ha hecho contacto.
Por ejemplo, un miércoles de este mes de diciembre de 2025, se levantó a las 6:00 de la mañana y eran las 2:00 de la tarde y no había comido.
“Me alimento a base de café”, bromeó con la periodista de El País que la entrevistó.

Sándigo señala que ni siquiera tiene privacidad en su hogar, pues, también ahí recibe a muchas personas que acuden a ella en busca de apoyo. “Mi vida es de servicio”, asegura.
Su trabajo también consiste en repartir bolsas de comida con alimentos básicos o realizar eventos en los que reparte comida y materiales escolares.
Aunque, en estos días, se ha enfocado en atender a los padres y madres que están en riesgo de ser deportados. Además, ella es experta buscando abogados que ayuden a resolver los casos.
A Sándigo le parte el alma ver a las familias separadas, pero, de momento, las familias con las que ella está en contacto solo han sufrido el arresto o la deportación de uno de los padres, por lo que el progenitor que queda aún puede hacerse cargo de los niños, que son en su mayoría nacidos en Estados Unidos.
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