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Hace una semana el gobierno de los Países Bajos entregó a Gonzalo Carrión el premio Tulipán a los derechos humanos. Un reconocimiento que me parece justo y necesario. Como periodista lo vi en medio de protestas, en declaraciones fuertes en defensa de sectores vulnerables y acompañando en el exilio a las víctimas.
La vida da muchas vueltas y recuerdo que cuando estuve en Colombia y compraba mi boleto de regreso platicaba con Dios y le decía “ponme una vez más donde más me necesitan y permíteme ayudar a los nicaragüenses”, y bueno, se me dio la oportunidad de trabajar en una consultoría con el Colectivo de Derechos Humanos Nicaragua Nunca Más y sabía que si Gonzalo Carrión estaba entre su consejo de coordinación era una apuesta de que mis plegarias habían sido escuchadas.
Ver a un defensor de derechos humanos recibir un premio y dedicarlo a los defensores de derechos humanos, a su equipo, a las víctimas que confían en el colectivo y a sus amigos periodistas no tiene precio.
Es justo reconocer una carrera en defensa de derechos, pero más que eso una vocación y un amor por los nicaragüenses y por su Nicaragua, pagando altos precios como el despojo de su nacionalidad. Antes lo dije y momentos como este me confirman que Nicaragua son los nicaragüenses, estén donde estén. Y Gonzalo Carrión ha demostrado que la nacionalidad no se lleva en un papel, se porta en el corazón.
El Premio Tulipán a los derechos humanos busca apoyar a los defensores para que continúen su trabajo, inspiren a otros y fortalezcan su labor en contextos de riesgo y persecución.
Así que también era necesario este reconocimiento para un formador de defensores de derechos humanos. Carrión aporta su granito de arena en el relevo generacional de este grupo que sin importar las fronteras se compromete con no callar, con mantener la memoria histórica de los actos cometidos en Nicaragua, para algún día contribuir a la justicia y reparación.
Soy de pocas lágrimas, pero saber que este reconocimiento fue más que acertado y que aún en sus palabras de dedicatoria lo compartiera con tantas personas fue casi inevitable sonreír y como debe ser derramar una lágrima de felicidad.
Este reconocimiento mantiene la mirada internacional sobre Nicaragua, donde la defensa de los derechos humanos fue criminalizada y como el galardonado con el Premio deben seguir con su vocación desde el exilio.
Recuerdo que Carrión fue una de las primeras personas en reconocer a los periodistas como defensores de derechos humanos y me sentí honrada de que alguien como él viera esa misma pasión y vocación por la defensa de lo justo entre los hombres y mujeres de prensa.
No es la primera vez que este reconocimiento mueve la mirada a Nicaragua. En 2019, el Premio Tulipán fue entregado a Víctor Obando, excarcelado político que recibió el reconocimiento en San José, Costa Rica y lo dedicó a las personas presas políticas y la lucha por la libertad y la justicia en Nicaragua.
Dos premios a los derechos humanos entregados en un país vecino. Podría ser una razón para sentir tristeza, pero es inevitable llenarnos de orgullo y creer en que por más que lo han intentado no han logrado callar las voces de quienes señalan las violaciones a derechos humanos, acompañan a las víctimas y mantienen en la memoria a los perpetradores para el momento en que se pueda hacer justicia.
Es difícil no recordar a Carrión con sus camisetas del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (CENIDH) y desde su exilio con las del Colectivo de Derechos Humanos Nicaragua Nunca Más. Su voz es una de esas que se marcan en la memoria con el lema “derecho que no se defiende es derecho que se pierde” o el de “dictadura nunca más”.
Reitero mis felicitaciones por el premio, mi agradecimiento a la Fundación por la Libertad de Expresión y Democracia (FLED) por nominarlo, por ver lo que muchos hemos visto, una vida dedicada a la defensa de los derechos humanos.
La autora es licenciada en Ciencias de la Comunicación.