Cuatro paredes

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“Qué son cuatro paredes, la casa protege al soñador”. Esta frase de una de mis películas favoritas me ha hecho pensar en la situación que viven los migrantes, exiliados, víctimas de desplazamiento forzado. Tener un techo y luego perderlo es empezar de cero para muchos y el tema de salir del lugar al que llamaste hogar y luego buscar otro espacio para bautizarlo de esa forma muestra que el proyecto de vida es un derecho humano que también puede ser arrebatado.

Cambiar de país implica tantas cosas, pero muchas parten de esas cuatro paredes que dejamos atrás. Tuve la oportunidad de diseñar y trabajar los primeros episodios de La Mochila, un podcast de la Voz de América en el que se contaban historias de migrantes. Nos encontramos iraníes, venezolanos, colombianos y por supuesto nicaragüenses en Costa Rica, todos hablando de lo difícil que fue salir con una mochila y dejar su hogar.

Esas cuatro paredes que en muchos casos eran propias, hoy deben ser pagadas a otra persona. Cuánto están aportando los migrantes, exiliados, refugiados, etc., a los costarricenses en calidad de arriendo. Por no complicar la cosa digamos los periodistas independientes, muchos tienen medios propios, es decir, dinero que no circulaba antes de 2018 en suelo costarricense.

Las cuatro paredes para proteger los sueños se convierten en algo más que se debe pagar cuando ya se tenía en Nicaragua. Ver la migración o el exilio como la salida de un país y eso cuando sales y no te sacan o te impiden la entrada, es limitar una realidad que tiene demasiadas aristas.

Escribí antes sobre lo que es añorar el patio de las casas, así que ese es otro punto a considerar las cuatro paredes están más juntas, son más pequeñas y no están rodeadas de verde. Es un cambio completo en estilos de vidas.

Tener que lidiar con los caseros y caseras de otras nacionalidades es una historia también interesante. En mi caso ha tocado de todo. En Costa Rica, dos a los que nunca conocí más que por correo electrónico y mensajes de texto. En España, una señora que reparaba todo y era un sol. En Colombia un chico maravilloso que me enseñó antes de dejar el país que hay que tener fe y de paso que cuando necesitas trabajos y que tus proyectos avancen puedes rezarte la novena de San Pancracio.

En estos últimos años viajar me ha enseñado mucho, trabajar en otros países me deja muchas lecciones y me reafirma algunas como las de Bajo el Sol de Toscana, que me enseñó que la casa protege al soñador y que para poder empezar en un nuevo país, en esas cuatro paredes, encuentres un rincón y lo hagas tuyo, que poco a poco vayas conquistando ese espacio, esas calles, ese país para poder llamarlo hogar.

La autora es licenciada en Ciencias de la Comunicación.

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