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Este 11 de noviembre cumplió 80 años el dictador Ortega. De lejos ha sido el dictador más longevo del listado de dictadores que Nicaragua ha tenido que soportar en su historia. Superando a los Somoza y a Zelaya, Ortega llega a sus ochenta decrépito y con señales claras de que no le queda ya mucho en este barrio. Llegó al punto de reflexionar sobre su próxima partida el pasado 19 de julio, algo que nunca había hecho.
Los analistas que han comparado la dictadura de Ortega con las de Cuba o Venezuela —esta primera ya va sobre seis décadas y la segunda con más de dos—, evaden resaltar un elemento clave que diferencia a Ortega de estas dictaduras. No solamente de las dos mencionadas, sino de la gran mayoría de las dictaduras que han existido en tiempos modernos. La diferencia radica en el nivel de absolutismo centrado en Ortega y su familia. La dictadura de Cuba, si bien es cierto se centró en la figura de Fidel y de Raúl, siempre mantuvo en el papel una cierta institucionalidad. Basta con analizar la Constitución cubana, documento sin ninguna fuerza, obviamente, pero al menos establece un orden institucional fundamentado en la Asamblea Nacional que es controlada por el Partido Comunista de Cuba. Así pues, Díaz-Canel, fiel servidor de los Castro, puede ser depuesto si la estructura de poder lo considera oportuno. El poder en Venezuela, si bien lo ostenta Maduro, es en cierta medida compartido con Cabello y las fuerzas armadas.
Estos ejemplos de dictaduras institucionalizadas no son nuevos ni tampoco propios de Cuba o Venezuela. De hecho, se han diseñado para permanecer en el poder todo el tiempo posible, como en efecto lo han podido hacer. Después de la muerte de Stalin, quien había previamente ejecutado a dos terceras partes del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), los pocos sobrevivientes se apresuraron a resucitar reglas de liderazgo compartido. La idea era poner a raya al próximo dictador cuando este se quisiera llevar todo el poder. Krushchev fue depuesto con esta regla y el PCUS gobernó hasta que se cayó el muro de Berlín. El PRI de México, una dictadura en toda regla, institucionalizó un poder absolutista presidencial, pero reducido a un sexenio. Hasta los ayatolás iraníes gobiernan bajo un sistema seminstitucional que les permite hasta hacer elecciones, amañadas eso sí, y volarse al presidente, como fue el caso del socio de Ortega, Mahmud Ahmadineyad.
La dinastía dictatorial de Somoza, de la que Ortega aprendió y perfeccionó, sobrevivió tiempo precisamente porque el primer Somoza, pragmático y astuto, pero a la vez cínico, logró consolidar alianzas que le permitieron sostenerse en el poder. El uso de la violencia después llevó al debilitamiento del sistema y a su colapso.
En España, Franco vio que la única transición posible era heredando el poder a una figura que eventualmente transitara del autoritarismo militar y personalista al cauce de una monarquía constitucional.
Así pues, el único sistema autoritario absoluto familiar comparable es Corea del Norte, país con una tradición, cultura e historia política muy diferentes a la nicaragüense.
Ante todo lo anterior, es obvio que la eventual partida de Ortega dejará a Murillo en una situación muy diferente a la que ella sueña. La destrucción de toda institucionalidad política alrededor del sandinismo, el poder absolutista de los Ortega-Murillo y el uso de la violencia como única forma de arbitrar diferencias serán la causa de la caída de la dictadura de la misma manera que se ha sostenido, mediante la violencia. A como dice el dicho, «quien mal anda, mal termina». No va a ser posible que después de tanto sufrimiento causado, muertes, desapariciones, encarcelamientos, exilios y persecuciones, los dictadores puedan sembrar las bases, como pretenden, de su propia continuidad. No solamente porque el pueblo les aborrece, sino porque sus propios seguidores y colaboradores cercanos se han dado cuenta de que tarde o temprano, la violencia que les ha caído a sus colegas les caerá a ellos también.
A los opositores en el exilio nos corresponde seguir en la lucha y la denuncia de la violencia en contra de la población. A los opositores en el país a seguir en resistencia, bajo la convicción de que no hay mal que dure tanto. La transición de Ortega a Murillo no ocurrirá porque los pocos apoyos y fidelidad que Ortega podría todavía ostentar no serán transferidos a Murillo, que es temida y odiada. Esto desencadenará una dinámica que lleve al país eventualmente a resolver la transición por la vía democrática. La duración y naturaleza de la transición dependerá del balance de poder entre las fuerzas democráticas organizadas y los vestigios del antiguo régimen, y por ello es vital seguir la resistencia. Como las dictaduras del pasado, esta dictadura caerá, abriendo la oportunidad firme y duradera de una Nicaragua libre y democrática.
El autor es ex preso político y dirigente opositor en el exilio.