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La buena o mala fortuna de un país depende en gran medida de la fibra moral de sus habitantes. No es difícil entender por qué. Una población compuesta mayoritariamente de personas honestas y trabajadoras tendrá mayores probabilidades de vivir mejor que una constituida por mentirosos y haraganes. Esta realidad es importante no perderla de vista, pues existe la tendencia de atribuir los males de una nación exclusivamente a factores ajenos a la calidad de sus pobladores; como puede ser los malos gobiernos o las naciones extranjeras, o la mala suerte.
El famoso dicho de que todo país tiene el gobierno que se merece, aunque no siempre es exacto, suele tener una importante dosis de verdad. Es cierto que, excepcionalmente, sociedades de gente predominantemente buena pueden caer bajo el dominio de los malos. Igual que puede haber sociedades con mucha gente mala que lleguen a ser gobernadas por autoridades buenas. Pero lo más común es que sea la calidad moral de los habitantes lo que más influya en la calidad de sus gobiernos. Un terreno pedregoso no suele dar buenos frutos.
¿Somos los nicaragüenses terreno fértil para las dictaduras? La pregunta hay que hacérsela con toda honestidad y con el ánimo de rectificar donde sea necesario. Lo que individualmente se llama examen de conciencia es algo que debemos hacer como nación. Me vino este pensamiento en un viaje por una zona rural de Europa en que observé una vitrina a orillas del camino llena de refrescos. Un rótulo en cartulina indicaba sus precios. Nadie la cuidaba. Cualquiera podía abrir su puerta. Abajo, en una canasta, la gente depositaba el valor de lo que decidía comprar. Le pregunté a mi acompañante, oriundo de León, ¿cómo funcionaría esto en Nicaragua?
Su carcajada lo dijo todo, a lo que añadió algo que vio en al aeropuerto de Miami: las más de veinte sillas de ruedas que solicitaron los viajeros de un vuelo procedente de Nicaragua, mas no porque hubiese tantos tullidos sino porque se ha extendido la viviana costumbre de que personas sanas las soliciten por comodidad. Algo similar han protagonizado algunos compatriotas que por pretextos menores obtienen de sus amigos médicos la credencial de minusválidos para ponerla en su vehículo y encontrar mejores aparcamientos.
Es la conducta tradicional del vivo. Lo somos en demasía sin reparar en lo egoísta y falto de ética que es aprovecharse de circunstancias como las señaladas para obtener ventajas inmerecidas. La viveza comienza desde muy temprano. Recuerdo al respecto una ocasión en que en el teatro Rubén Darío, ante un auditorio de más de cien estudiantes, pedí que levantara la mano quien nunca se hubiese copiado en un examen. Ante el asombro de quienes me acompañaban, entre los cuales estaba el entonces presidente don Enrique Bolaños y algunos embajadores, nadie lo hizo. (Al menos hubo sinceridad en admitirlo).
Todos los que hemos vivido en Nicaragua podemos testimoniar una letanía de instancias que revelan la existencia de una sociedad moralmente laxa. Cantidad de autores e intelectuales nuestros han escrito y hablado sobre el tema, entre ellos Pablo Antonio Cuadra, José Coronel Urtecho y Carlos (Chale) Mántica. Es un síndrome conocido, que a veces lo tenemos como gracioso, como el Güegüense, personificación de la hipocresía en el que vemos al personaje ingenioso que confunde a las autoridades a través del disimulo y la mentira.
Habrá autores, sobre todo desde la izquierda, que consideren estas conductas ancestrales como producto de la defensa del indio o mestizo débil ante el poderoso. El hecho es que, independientemente de su origen, son practicadas en una medida u otra por todas las clases sociales.
Junto con estas debilidades culturales pueden mencionarse muchas otras, como el individualismo, la desconfianza, y la envidia, falencias responsables, en gran parte, de la falta de unión opositora. Menciónese a cualquier grupo de nicaragüenses el nombre de cualquiera que pueda liderar la oposición, y lo despellejarán vivo. Nadie les cuadra, quizás porque prefieran ser cabeza de ratón antes que cola de león.
Chale Mántica acuñó un día una frase que merece ser célebre: “Estamos como estamos porque somos como somos”. Nuestra esperanza de estar mejor exige nuestro esfuerzo por ser mejores, y esto comienza con un sincero examen de conciencia.
El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.