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Estimado Adolfo:
Espero que la lectura de estos párrafos le sorprenda en plena salud, o al menos la que puede gozarse a la provecta edad de sus formidables 93 años. Nada más lejos de mi modesta intención que importunar su descanso allá donde se encuentre, pero dado que ha intervenido de manera pública en el debate sobre la concesión del último premio Nobel de la Paz, y además de una manera que instiga al debate y a la disensión, aprovecho el espacio que me cede mi periódico habitual para responderle con el mismo impulso provocador.
Su carta abierta a María Corina Machado me ha dejado el ánimo algo decaído, y en breve le explico el porqué, pero hay como mínimo tres elementos que resumen mi pesar: primero, el análisis deslavazado sobre la realidad venezolana, plagado de lugares comunes y olvidos voluntarios que no permiten distinguir el sustrato meramente ideológico del examen fáctico, o de aquello que llamamos ampulosamente la verdad demostrable; segundo, un cierto tono paternalista usado hacia una mujer valiente que se ha jugado la vida por una causa común y en nombre de una mayoría de connacionales; y, finalmente, una frase que usted ha escrito sobre el modelo de régimen que gobierna el país, que por sí sola merecería centrar exclusivamente mi humilde carta en ella.
Obviaré de entrada la incómoda percepción que supone que un hombre que fue galardonado con el mismo premio anteriormente, critique ahora a quien lo ha merecido también según el mismo Comité (aunque, obviamente, conformado por distintas personas 45 años después). Si no me acepta la inquietud moral que ello conlleva, no me negará que supone al menos un problema estético de primer orden. Nulla ethica sine aesthetica, decía el filósofo, y yo con él.
Pero como soy un defensor a ultranza de la libertad de expresión y de sus múltiples aristas, defenderé sin ambages la suya para escribir lo que le parezca, incluyendo la crítica al muy reducido gremio de los Nobel de la Paz. Yo también pongo en duda los méritos de algunos políticos o mandamases ungidos en otras décadas, pero la mía no pasa de ser una opinión irrelevante. La suya, con el peso de la responsabilidad que un premio de ese nivel implica, debe ser una guía moral no solo para venezolanos, sino para todo aquellos que sufren en el mundo algún tipo de persecución o vulneración de sus derechos humanos.
Vayamos, pues, a los hechos: en Venezuela ha habido en los últimos años detenciones masivas y arbitrarias de opositores, activistas y ciudadanos críticos. Se calcula que, hasta el mes de diciembre de 2024, más de 7,9 millones de venezolanos habían huido del país por miedo, persecución directa o falta de oportunidades ante un gobierno incapaz de resolver las necesidades de su población. La prensa independiente y los medios de comunicación son objeto de hostigamiento constante. La Misión de Naciones Unidas sobre Venezuela determinó este mismo año que su Gobierno sigue llevando a cabo acciones que constituyen crímenes de lesa humanidad. Y añadamos, solo por resumir, el burdo fraude electoral de las últimas elecciones presidenciales, sobre las cuales no han aparecido las actas oficiales que certificarían la victoria de la oposición.
No hay espacio aquí para relatar los miles de casos y testimonios que han sufrido el acoso del régimen por pensar distinto: eso ya es un delito en Venezuela. Y, aun así, usted escribe con absoluta claridad y transparencia esta frase en su carta: “El gobierno venezolano es una democracia con sus luces y sombras.” Basa su afirmación en los ataques que ha recibido por parte de Estados Unidos, comparándolos al rol que tuvo el imperio norteamericano con la imposición de dictaduras en el continente en décadas pasadas. Esto implicaría que cualquier intervención externa más o menos explícita en un país, sin duda no deseable, justificaría que su gobierno traspasara cualquier línea democrática en aras de un bien superior, ergo, la defensa de la supuesta soberanía a costa de su propio pueblo.
¿Qué libertad puede ofrecerse destruyendo los pilares de un Estado basado en la separación de poderes, la libertad de elegir y ser elegido, o la disensión política? ¿Realmente cree que el mantra de la malvada potencia imperialista acredita que un presidente se convierta en un tirano en aras de la defensa de su patria? Yo tengo innumerables alegatos que hacerle a Estados Unidos, y en particular a su actual administración, pero tomar como excusa su abusivo dominio transfronterizo o su cuestionable diplomacia para defender regímenes autocráticos que lo enfrenten supone una contradicción que solo puede explicarse por derivación ideológica.
Y es que no veo otra razón para denostar las viejas dictaduras de Videla o Pinochet y defender las actuales en Latinoamérica que la consideración de que aquellas eran de derechas y estas son, ahora sí, de las nuestras. De esta manera, el color del cristal cambia mágicamente en función de quién esté detrás: si se asoman tiranos de estirpe fascista, la inculpación es transparente, pero si aparecen autócratas con la cantilena de la lucha bolivariana o sandinista, habrá que indultarlos porque su conducta tiene “luces y sombras”. Por desgracia, el sufrido pueblo que los padece es equiparable, por mucho que les expliquemos que hay tiranos buenos y tiranos malos.
Le contaré algo de lo que ocurrió en Nicaragua, país en el que viví 18 años y que conozco con cierta profundidad: cuando el presidente escogido democráticamente en 2006 comenzó sus veleidades autoritarias, especialmente a partir de la represión contra la lucha popular campesina opuesta al canal interoceánico, o contra el movimiento feminista que defendía los derechos de las mujeres, la izquierda de medio mundo se puso de perfil. ¡Daniel Ortega no podía ser tan malo, era uno de los nuestros! Tuvo que llegar abril de 2018 y más de 350 muertos después para que la mayor parte de sus viejos aliados se distanciara de su régimen. Y aún costó algo más que pasaran a llamarle dictador, porque parece que ciertas palabras solo pueden ser aplicadas a los que vienen del otro lado del espectro político.
No dudo que María Corina Machado sea una mujer de derechas. En una justa contienda electoral, su mensaje es una opción más entre las que se someten a votación popular, tan legítima como su contraria. Pero entre prohibiciones previas, chanchullos descarados y el control de los tribunales, ni ella pudo ser candidata ni los votos de su partido contados de forma transparente. Si no hay posibilidad de confrontar seriamente programas políticos, ¿de qué democracia estamos hablando? Por suerte, siempre hay líderes visionarios, también en la izquierda, que no se esconden: Pepe Mujica calificó de indefendible el régimen de Maduro, y Gabriel Boric ha dicho con lucidez que una izquierda democrática debe defender los derechos humanos sin importar quién los vulnere.
¿Cuántos muertos tendremos que contar en Venezuela para que un premio Nobel progresista certifique el fin de la democracia venezolana? ¿No son suficientes las 25 víctimas acreditadas después de las protestas por el fraude electoral de 2024? Las ambigüedades solo cimientan los muros de la opresión, y el espejo de Nicaragua nos deslumbra y nos hiere. Los intelectuales también deben usar su pluma para denunciar internacionalmente estos abusos de poder, procurando que la objetividad sea el faro que los guíe.
No quiero terminar sin mencionar algo en lo que estaremos de acuerdo: la mala política también ha usurpado espacios democráticos a través de los votos, creando desigualdades cada vez mayores por culpa de la corrupción, los intereses privados y la mala administración. Para ello es importante la contraloría ciudadana y la defensa de valores que no posibiliten que el descontento derive en soluciones populistas. Sin marcos jurídicos estables y sin formación política estamos condenados a repetir la historia.
Quizá la reprobación que usted tan diáfanamente expresa contra el premio Nobel a María Corina Machado, y por ende, a la decisión del Comité noruego, solo podría solventarse con un gesto explícito y audaz: la renuncia a su propio galardón al considerar que el jurado ya no representa los valores que usted cree que ese premio debe tener. Entregarlo supondría una postura de inmenso valor ético, pero, por el contrario, perderíamos una voz que quisiéramos sumar a esta lucha por la libertad y los derechos humanos en Venezuela, que es la de todos. Y ojalá contemos con la suya también el día de mañana.
Con mi alta estima y consideración.
El autor es cooperante español en Centroamérica.