Aprender libertad

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Será indispensable que las nuevas generaciones sean instruidas en el valor de la libertad. Una población que no la aprecia ni entiende sus requerimientos va directo a perderla. Educar para la libertad y para su expresión política, la democracia, deberá ser una pieza infaltable del currículo; desde primaria hasta la universidad.  

La juventud debe entender que la libertad —la capacidad de decidir, de escoger, de elegir, de acuerdo con sus convicciones y creencias— es uno de los dones más preciosos que Dios ha heredado al hombre. Sin ella no puede haber vida moral, pues presupone la capacidad de distinguir y escoger entre el bien y el mal, que es, precisamente, una de las diferencias más profundas entre el hombre y el animal. Corolario de este don es otra característica también exclusiva del primero: la responsabilidad personal; el asumir las consecuencias de nuestras decisiones.  

Negar la libertad del ser humano es negarle su esencia; es una afrenta a su dignidad personal y equivale a reducirlo al estatus de esclavo o robot. Pocas frases cantan mejor su importancia que las que Cervantes puso en boca de Don Quijote: “La libertad Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”.  

El derecho a la vida y la libertad está en la raíz de todos los derechos humanos. Ambos son inalienables, es decir, irrenunciables, innegociables, sagrados, y valen para todo hombre o mujer, independientemente de su raza, creencias o fortuna. Ninguna autoridad o ley los puede negar. Son anteriores a cualquier institución humana. De ellos derivan los derechos consagrados en la declaración universal de los derechos del hombre tales como la libertad de conciencia, de expresión o de prensa, de asociación, de movilización, etc. 

Los estudiantes deben aprender que es precisamente para proteger y garantizar el goce de estos derechos que existen los gobiernos. En consecuencia, es importante desterrar la idea, tan extendida en sociedades contaminadas por el populismo, que los gobiernos son de alguna forma superiores al individuo y cuya función principal es suministrarle bienes y servicios. 

Consecuencia de lo anterior es el importante concepto de la voluntad popular como fuente de legitimidad de todo gobierno. Es decir, que solo son válidos y aceptables los gobernantes cuando son escogidos libremente por el pueblo a través de elecciones que deben ser periódicas, libres y competitivas. No hay que perder de vista, sin embargo, que por más legítimos que sean los gobiernos su poder debe ser limitado y siempre sujeto al escrutinio público.  

Debe ayudarse a la juventud a ver como la preservación de la libertad ciudadana exige establecer límites estrictos a la función gubernamental; mostrarles los peligros que encierra el poder y más aún el poder absoluto; enseñarle, en base a ejemplos históricos, a detestar cualquier forma de tiranía y aborrecer la idea del partido único; que conozcan, mostrarles, en particular, los terribles abusos y atrocidades de los regímenes comunistas y fascistas, ahondando en las causas que llevan a estos extremos.  

Junto con la antipatía a todo tipo de autoritarismos debe fomentarse el aprecio por el sistema democrático de gobierno y de sus componentes esenciales: que aprendan las virtudes y la necesidad de establecer la separación de los poderes y la existencia de cheques y balances entre ellos. En suma, que se familiaricen con los pilares de la democracia, como el imperio de la ley, las elecciones de autoridades y representantes, el pluralismo político, las diversas libertades públicas, con particular énfasis en el papel crucial de la libertad de expresión, respeto a la propiedad privada, sin la cual es imposible la democracia y la libertad.  

La meta de todo este esfuerzo será suministrar a la democracia y la libertad una ciudadanía que las ame, aprecie y defienda; que esté dispuesta incluso al supremo sacrificio de la vida para defenderlas, y que no tolere, ni por asomo, cualquier tipo de tiranía.  

El autor es sociólogo, exministro de Educación. 

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