Y el Premio Nobel de la Paz es para… 

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Andaban los augures del premio Nobel muy atareados en días pasados con sus pronósticos sobre quién ganaría el de la Paz en 2025. Ya sabemos que este galardón es quizá el más mediático de todos los de este género, pues en su nómina hay desde organizaciones humanitarias de difícil controversia, como Amnistía Internacional o Médicos sin Fronteras, hasta personajes muy conocidos y de amplio espectro que generan no pocas opiniones encontradas, como es el caso de Henry Kissinger o Barack Obama, por nombrar solo a dos. Meterse en la cabeza de los cinco miembros del comité noruego que lo otorga y hacer predicciones no suele ser una tarea cómoda, pues nunca sabes realmente por dónde van a salir. 

Se especulaba con interés sobre la posibilidad de que el autonominado presidente Donald Trump fuera el escogido este año, coincidiendo además casi milimétricamente en el tiempo con el acuerdo de paz sobre Gaza. Pero el ruido no suele ser una buena estrategia para esta pugna, y pocas cosas peores hay para un jurado que le digan lo que tiene que votar. Si yo fuera noruego, le recomendaría al señor Trump que disimule y mire para otro lado si algún día aspira seriamente a ganar, pues esto va de méritos reales y no de glorificaciones altisonantes. 

La concesión del Nobel a María Corina Machado podía ser a la vez tan esperable como sorprendente. Su figura y su voz, que han sido de una potencia colosal en los meses que antecedieron y siguieron al fraude electoral de Venezuela, no dejaba dudas sobre su valentía y compromiso hacia la construcción de una verdadera democracia en su país. Se enfrentó al poder establecido, usó todos los mecanismos a su alcance para que la transición fuera pacífica, y una vez represaliada por su insistente denuncia contra el autoritarismo, decidió permanecer escondida pero nunca callada, con el riesgo latente de ser descubierta y condenada. 

Aun así, todavía hay quienes le reprochan su propia ideología o su terquedad como factores limitantes para el aplauso unánime. La misma noche electoral, todavía sin llegar a presentar las pruebas, expuso el fraude de manera contundente y algunos arrugaron la cara por su atrevimiento ante las cámaras. Pero todo lo que dijo se confirmó: el timo del voto venezolano ha sido de los más descarados en Latinoamérica, sin que el régimen de Maduro haya podido presentar un solo dato fiable que desmintiera esa noche negra, y este éxito tuvo entonces y tiene ahora nombre de mujer. Hasta ha sido capaz, para horror de sus adversarios y rizando el rizo, de dedicarle el premio al mismísimo Trump, ejemplo claro de su perfil rebelde y desafiante e incluso de un cierto aire políticamente incorrecto. 

Cuando se hizo pública la noticia el pasado viernes, un par de frases del texto que el Comité escribió como glosa para premiar a María Corina resonó en mi mente como un eco reconocible. Un déjà vu asomó en mi cerebro y me dije a mí mismo que en esas palabras confluía algún recuerdo familiar. Reproduzco la primera de ellas, donde se dice que la galardonada “ha sido una figura clave y unificadora en una oposición política que antes estaba profundamente dividida, una oposición que encontró un punto de coincidencia en la exigencia de elecciones libres y un gobierno representativo”. 

Todavía con el estupor bullendo en mi seso, más adelante el jurado escribe que a lo largo de la historia del premio Nobel de la Paz se “ha honrado a mujeres y hombres valientes que se han enfrentado a la represión, que han llevado la esperanza de la libertad en las cárceles, en las calles y en las plazas públicas, y que han demostrado con sus acciones que la resistencia pacífica puede cambiar el mundo”. La semántica no engaña: cada vocablo de estos fragmentos, sin alterar una sola coma, podría viajar de Caracas a Managua en vuelo directo y describir con limpia exactitud el reverso de esta descripción. El aterrizaje, por desgracia, sería dramático: ni la represión, ni las cárceles, ni la resistencia pacífica han conseguido en Nicaragua hacer surgir esa” figura clave y unificadora” que represente a una oposición única. 

Si el contexto venezolano ha sido y es una tragedia inacabable, por lo menos tiene un símbolo distinguible y de reconocido prestigio que se ha alzado como una personificación de todos los anhelos que el pueblo reclamó en las calles, a costa de su propia sangre. Esa lucha pacífica y de innegable práctica cívica es la misma que se desarrolló desde abril de 2018 en Nicaragua, en todas sus ciudades y barrios, con la bandera azul y blanco como estandarte y sin que haya derivado, más de siete años después, en la más mínima propensión a una salida que podría ser más rápida pero que pasaría necesariamente por alguna forma de violencia que nadie pregona. El acuerdo nacional es conmovedor: hay que salir de la dictadura, se grita, pero siempre será por la vía democrática. 

El gran problema es que esta misión sigue, hoy en día, acéfala. No existe una María Corina Machado nicaragüense que aglutine las ansias de toda la nación y que se haya erigido como la portavoz de un movimiento de vanguardia, una oposición agrupada en torno a un líder significativo. No es menos cierto que hay varias docenas de personas que podrían asumir, en otras circunstancias, ese rol: soy testimonio de los esfuerzos de muchos grupos que trabajan para lograr ese objetivo y es de sobras sabido el tira y afloja constante entre facciones de distinta procedencia. Y no solo hay perfiles capacitados en los espacios políticos, sino también en las organizaciones sociales y en la amplia diáspora que no ha dejado de obrar desde el exilio por una nueva patria. 

Pero si el Comité noruego pusiera sus ojos sobre Nicaragua y decidiera otorgarle el Nobel a alguno de sus ciudadanos, en nombre de esas “mujeres y hombres valientes” que han dado su vida por restaurar la democracia, tendría un problema mayor: ¿a quién ungir para que todo el país pueda sentirse representado? Han sonado nombres en otras ocasiones (los obispos Báez y Álvarez, la defensora de derechos humanos Vilma Núñez, incluso la opción de premiar al grupo de mujeres organizadas desde el movimiento Madres de Abril) pero esta misma duda demuestra la falta de un rostro incontestable y que encarne la toma indiscutible del poder y la reconstrucción del Estado. 

Esa es, pues, la urgente tarea: la formación de una alternativa política seductora y unitaria, de generosa abertura y ancho cobijo, que desbloquee las viejas rencillas y capte la atención y la simpatía de una ciudadanía huérfana de opciones pragmáticas y, a la vez, ilusionantes. Y que tenga, a su cabeza, a quien sepa captar la noble aspiración de todo un pueblo. Así, cuando el presidente del Comité noruego salga la próxima vez al estrado y pronuncie aquello de “y el premio Nobel de la Paz es para…”, todos sepamos que de su boca va a salir un nombre que nos llenará de orgullo, que puede generar un vendaval de solidaridad en el mundo y que, quizás, nos hará derramar también algunas lágrimas de inevitable alegría. 

El autor es cooperante español en Centroamérica

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