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Luisa Méndez (su nombre es ficticio pero su historia real), se juntó con Lucho cuando tenía 16 años. A los pocos meses parió al primero de sus tres niños. Dejó entonces sus estudios para dedicarse al hogar y, parcialmente, para vender tortillas. Lucho mientras tanto trabajaba en la construcción y cubría el grueso de sus gastos. Vivían pobres, pero decentemente, en una casa pequeña de un reparto de clase media baja. A los siete años Wil, su hijo mayor, cosecha en su escuela buenas notas. Pero fue entonces cuando Luisa se enteró que Lucho había embarazado a una de sus amigas más jóvenes. Tras unas cuantas riñas, y sin mediar despedida alguna, un día no apareció más.
Todo se vino abajo. De un día para otro en la mesa ya no había pollo ni chorizos, ni leche ni pan. En su lugar magras porciones de arroz con unos pocos frijoles y alguna que otra tortilla. Luisa tuvo que moverse a casa de su abuela, situada en un barrio muy pobre, donde le ofrecieron refugio en un cuartito de 3×4 metros bajo un techo de zinc que hervía bajo el sol. Siguió vendiendo tortillas, ahora a tiempo completo, e hizo que su hija Yaosca, de 6 años le ayudase en limpiar la casa y se olvidara de estudiar. Wil ya no sacó buenas notas. Peleaba continuamente en el colegio y terminó abandonándolo antes de terminar primaria. Años más tarde Luisa se juntó con un hombre menor que la apoyó por dos años hasta que tuvo que correrlo porque embarazó a Yaoska que acababa de cumplir 15 años. Para entonces Wil se había enredado con una pandilla de drogadictos.
No, no es exageración. Es un cuadro común de la vida cotidiana de millares de hogares nicaragüenses. Cierto es que algunos no llegan a estos extremos, pero igualmente lo es que otros viven experiencias peores. Aproximadamente dos tercios están constituidos por familias rotas, inestables y con altísimas tasas de abandono paterno.
Las consecuencias suelen ser negativas cuando no desastrosas. La literatura científica es unánime en revelar como los niños producto de estas circunstancias sufren mayores patologías sociales y psicológicas que los criados en hogares estables; como son mucho más propensos a la delincuencia y a la deserción escolar. También el hecho irrefutable de que son más pobres. Estudios realizados en otros países, pero aplicables a Nicaragua, señalan que tras la ruptura del hogar las madres suelen sufrir una disminución de sus ingresos cercana al 60 por ciento mientras que los hombres experimentan un incremento mayor del 30.
Si queremos una educación que contrarreste este destructivo fenómeno y contribuya a construir una Nicaragua mejor, una asignatura indispensable sería la educación para el matrimonio. No escribo familia sino matrimonio, porque el primer concepto es muy amplio y puede cubrir muchos tipos de uniones. Matrimonio, por el contrario, es más específico: se refiere a parejas unidas por un vínculo formal usualmente llamado casamiento, que declara públicamente y ante la ley el compromiso de un hombre y una mujer de juntar permanentemente sus vidas, de serse fieles, y de apoyarse material y espiritualmente.
Matrimonios estables y no uniones de hecho son los que necesitan ser promovidos. Porque también está comprobado que las parejas unidas formalmente suelen ser mucho más estables. Quienes se juntan sin querer casarse denotan la mayor parte de las veces su resistencia al compromiso serio a largo plazo. Estas uniones, también llamadas libres, hacen honor a su nombre: sus integrantes son muy libres, mental y socialmente, para dejarlas. Cierto es que hay también muchas parejas casadas que por mucho que se hayan jurado lealtad terminan divorciándose. Pero sus probabilidades son menores y disminuirían aún más si en su juventud recibieran una adecuada formación para la vida matrimonial.
Educar a la juventud para que busque casarse en lugar de juntarse, y para que formen hogares unidos y estables es una necesidad imperiosa. Es importante que sus maestros les enseñan le ventaja que tiene para ellos y sus hijos el compromiso, la unidad, la lealtad conyugal, y la seriedad y responsabilidad en las relaciones sexuales. Aprender esto les será más importante para su futuro, y el de las próximas generaciones, que lo que enseñan muchas otras asignaturas que atiborran el currículo.
El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.