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Educar es formar. Es semejante a coger una masa de barro informe y convertirla en un adorno hermoso. Para eso se necesita tener en mente la imagen o forma ideal del objeto a moldear. En el caso del ser humano esto exige tener claro las cualidades y comportamiento que queremos que adornen la persona que queremos educar. Es una exigencia tremenda. Implica tener una filosofía o entendimiento profundo sobre el destino del hombre; el saber responder a preguntas sobre cuál es el propósito principal de su existencia. En el terreno de lo práctico llevaría a plantearse sobre qué es lo que más le ayudaría a encontrar su felicidad.
Lo anterior hace inevitable considerar a visión religiosa del hombre con la que niega su dimensión trascendente. No hay escapatoria. Es una exigencia de todo ser pensante preguntarse para qué está en el mundo y si existe o no una vida más allá de la terrestre; tratar de saber si él es el simio más desarrollado, premiado por la evolución con la mayor inteligencia animal, y cuya vida se extingue definitivamente con la muerte, o si es un ser con un alma inmortal creada por un dios, con la libertad de aceptarlo o rechazarlo, y cuya felicidad o infelicidad eterna dependen de su escogencia.
Una u otra concepción del hombre tienen, necesariamente, grandes implicaciones morales y prácticas y, quiérase o no, tiñen decisivamente el proceso educativo. No puede haber, como muchos pretenden, educación neutra. Cualquiera que se escoja tiene un trasfondo filosófico que afectará, en forma inevitable, la conducta humana. La llamada educación secular alega ser libre de valores preestablecidos (value free) y propone que cada estudiante descubra los suyos. Pero su premisa filosófica es el relativismo moral: la inexistencia de valores o verdades absolutas; “mi moral no es necesariamente tu moral y nada me faculta para imponerte la mía”. Semejante concepción suena tolerante, “progre”, avanzada. Y aunque este no es el espacio para discutir como corresponde sus consecuencias, baste advertir por el momento que abre el camino a la anarquía moral.
Una sociedad no puede más que escoger entre uno u otro de estos modelos educativos. Porque la escuela no es sólo para transmitir habilidades matemáticas, conocimientos científicos o aptitudes laborales, sino para formar ciudadanos completos; responsables, capaces de discernir entre la verdad y la mentira, entre lo correcto y lo incorrecto. Algunos piensan que esto último corresponde a las iglesias o a la educación ejercida al interior de las familias. Pero ignoran que la formación cívica, ciudadana, es inseparable de la formación moral y de la filosofía sobre el ser humano. Y también que muchos hogares no están en capacidad de ejercer la labor formativa que les corresponde en parte por la desintegración familiar y la falta de educación de muchos padres.
Países seculares o sin religión oficial, como por ejemplo Singapur, han concluido que la enseñanza religiosa debe ser un componente esencial en la educación pública y la han incluido en su currículo. Han respetado eso sí, las preferencias de los padres de familia de forma que en las escuelas sus hijos pueden recibir la orientación religiosa que ellos escojan, sea este budista, musulmana o cristiana, e incluso que no reciban ninguna. Singapur adoptó este enfoque convencido del gran papel que las concepciones religiosas tienen en la formación moral y la evidencia, empíricamente demostrable, que las personas religiosas —con las debidas excepciones— muestran estadísticamente menos delitos, conductas antisociales y corrupción, que las criadas en ambientes ateos o irreligiosos, y que suelen ser más felices.
Es también demostrable que el cristianismo, en particular, suministra la base más sólida para la moral y el comportamiento altruista. Será pues un gran paso adelante introducir sin pena ni complejos, y siempre y cuando los progenitores de los alumnos lo acepten, la formación cristiana en el currículo escolar. Será importante, asimismo, que las escuelas repudien el destructivo relativismo moral y enseñen que existen verdades y preceptos morales objetivos y absolutos. Junto con esto habrá que enfatizar el cultivo de las virtudes y la unidad matrimonial. Podemos estar seguros de que la cosecha de este giro hacia la religión será de gran provecho para la juventud y para el bienestar cívico del país.
El autor es sociólogo, exministro de Educación.