¿Podemos cambiar nuestra atroz educación?

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La educación que recibe la niñez y juventud nicaragüense es pésima. De las peores del mundo. Sólo el 15 por ciento de los que entran al sistema escolar terminan la primaria y sólo el 9 por ciento la secundaria. Pero esto no es todo: de esos que terminan primaria el 79 por ciento son incapaces de leer y comprender un texto apropiado para niños de 10 años.

Consciente del estado deplorable de nuestra educación la dictadura dejó de proporcionar —según reveló la Unesco— estadísticas de rendimiento académico desde 2010. Tampoco hace evaluaciones nacionales de la calidad. La última fue en 2015, la que corroboró su bajísimo nivel. En su lugar hoy publican datos sobre gran cobertura y confiesan una estadística asombrosa: que en 2024 el 96 por ciento de todos los estudiantes de primaria y secundaria aprobaron las asignaturas. Increíble. Porque no es que de la noche a la mañana se hayan convertido en muy buenos, sino porque la dictadura ha ordenado no aplazar a nadie.

¡Qué receta más siniestra e infalible para la mediocridad! Los estudiantes vagos no tienen ya que temer las malas notas. En mis tiempos de estudiante el miedo a repetir una asignatura nos hacía desvelarnos. Ahora ya no. Cualquiera aprueba por poco que sepa o aprenda. Bajo los Ortega Murillo el sistema escolar se ha convertido así en un gran fraude cuyas primeras víctimas y engañados son los propios estudiantes. 

En la educación superior también se ha generalizado la práctica del aprobado fácil. Además de haber sacrificado la esencia o razón de ser de la universidad: una institución dedicada al cultivo del pensamiento, la búsqueda de la verdad en todas las esferas del conocimiento, y jardín del espíritu crítico. Ahora son antros de indoctrinación donde los catedráticos viven bajo el miedo constante de ser despedidos y, peor, hasta de ser encarcelados, si osan disentir de las mentiras oficiales: Corea del Norte 101.

Es trágico. La pésima educación en todos los niveles es una afrenta para nuestra niñez y juventud. Es una grave violación a los derechos humanos, un lastre para la productividad y desarrollo del país y el mayor obstáculo para superar la pobreza. El nuevo gobierno —que vendrá más pronto de lo que sospechan— tendrá la monumental tarea de darle vuelta de calcetín a este desastre y producir educación de calidad. No será fácil, pero es posible.

Como hemos venido discutiendo antes, uno de los mayores retos será aumentar el financiamiento educativo. Nuestro gasto por estudiante es el más bajo de Latinoamérica con excepción de Haití. Actualmente la dictadura asigna a la educación el 17 por ciento del presupuesto nacional. Primaria y secundaria recibieron en 2024 el 11 por ciento con una matrícula superior al millón, y las universidades el 6 constitucional para 180,220 estudiantes. Recordemos que este último porcentaje fue impuesto por el FSLN tras perder las elecciones de 1990 (antes les daban el 2 por ciento) y privilegia con un monto fijo mínimo a la educación superior, cosa que no es el caso con el resto del sistema.

Una propuesta a considerar sería asignar un porcentaje mínimo para todo el sistema educativo, sin especificar montos para ninguno de los subsistemas, pero priorizando la primaria por ser, literalmente, la base del sistema y la que atiende a los más vulnerables. El nuevo gobierno, con su política de priorizar la educación, debería proponerse subirlo al 20 con la meta de llegar al 25 en un plazo de cinco años, o menos si fuese posible. Esto implicaría usar la motosierra para bajar el exceso de grasa en el Estado, como el excesivo número de diputados y magistrados, su inflada burocracia y el costo de las fuerzas armadas. Todo ahorro pasaría a la educación.

Otras medidas para aumentar los fondos, mencionadas antes sería establecer contribuciones mínimas de los padres de familia y comprometer a los egresados universitarios a reembolsar al pueblo lo que este tuvo que pagar para educarlos. También, eximir de impuestos las donaciones o inversiones que empresas o ciudadanos destinen al sistema educativo.

Pero, ojo: aumentar el financiamiento no resolverá nada si no va acompañado de otras reformas indispensables. Algunas han sido abordadas ya, como vincular los salarios docentes al desempeño. Otras más las discutiremos después.

El autor es sociólogo. Exministro de Educación.

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