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Cuando se presenta, Claudia Vargas no se limita a extender la mano y decir su nombre: habla con los ojos mientras sonríe y cuenta con soltura y cordialidad su misión y su existencia. Toda ella es comunicación y cordialidad, como una casa de puertas y ventanas abiertas.
No siempre fue así. De hecho, asegura que aun guarda mucha de la timidez y prudencia de los años escolares en el colegio de monjas, pero relata que muchos años de formación, estudios y acciones en el feminismo la han cambiado. Por eso su palabra favorita es evolución.
De hecho, ella se define como “una evolución”, una Claudia distinta en cada etapa de la vida que ha vivido. No porque no haya aprendido a adaptarse, dice, sino porque se rehúsa a la idea de encajar forzadamente en moldes impuestos, tendencias de moda o imágenes preconcebidas.
Por ello, dice, prefiere transformar sus ideas y pensamientos, su lenguaje, su mirada, hasta lograr simbiosis con cada nuevo contexto y decirse frente al espejo: «Esta es la Claudia que me gusta ser».
Desgraciadamente, no a todos les gusta ese espíritu de ser una persona propia: dedicarse a la actividad feminista y a la defensa de los derechos humanos la forzaron a exiliarse en julio de 2018, junto a su esposo Roberto Samcam tras la Operación Limpieza en Carazo.
Y desde el 19 de junio de 2025, enfrenta una viudez violenta: el asesinato de su compañero de vida.

Una vida sencilla y cómoda
Claudia Elena Vargas Medal nació en un hogar esforzado y seguro allá por noviembre de 1972, en Managua. Un mes después la ciudad desaparecería por el terremoto de diciembre de ese año y la familia se trasladaría a Masaya.
Allá creció con privilegios, pero con sencillez, cuenta. Su padre y su madre se levantaron desde la pobreza y el trabajo duro para darle una educación de excelencia: la inscribieron en el Colegio Pureza de María en Masaya, un centro sólo para mujeres bajo la estricta mirada de las religiosas.
En los años ochenta, siendo una adolescente en un país dañado por la guerra, la escasez económica y el arbitrario control político, vivió la angustia de no saber cuál sería su último día de clases, pues constantemente oía sobre las pretensiones del gobierno sandinista de cerrar los colegios católicos.
En aquellos pasillos de monjas, las adolescentes discutían si el colegio sería cerrado o convertido en escuela mixta por la presión del sandinismo.
“¿Te imaginás estar aquí con el montón de hombres y no sé cuánto y dónde voy a estudiar y qué voy a hacer? Eso era una discusión siempre a la hora del recreo y en los pasillos, y era esa incertidumbre de todos los años, de si íbamos a tener colegio o no íbamos a tener colegio y ahí crecí, con mis primeras angustias, en el Pureza de María”, recuerda.
Pero finalizó la guerra, ella se bachilleró en 1991 y atrás quedaron las angustias de la guerra.
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Su primera evolución
Su primera evolución personal ocurrió en 1990, cuando Violeta Barrios de Chamorro ganó las elecciones presidenciales y acabó con la guerra civil.
Claudia tenía 18 años y oír hablar de democracia, de paz, de libertades durante la campaña electoral la llenaban de entusiasmo.
“Fue como si nos quitaran la venda de los ojos”, dice. Nicaragua, marcada por la guerra y el silencio, comenzaba a hablar de paz, democracia y retorno. Eso último, la marcó: el retorno de la gente a las ciudades, a los hogares, al país desde el exilio…
Retornaban las tías, los primos, los vecinos que se habían marchado durante la guerra. Los jóvenes volvían a verse libres en las calles.
“Veníamos de un contexto muy cerrado donde caminábamos con los ojos ventados, no había televisión, no había nada, era el encierro, la guerra, la muerte, la muerte, la muerte. Y de pronto, doña Violeta viene con la ropa blanca y nos trae luz, nos trae esperanzas y yo vivo por primera vez algo de lo que se habla muy simbólicamente aquí en el exilio y es el retorno”, dice emocionada.
“Y entonces otra vez vuelve la tía, vuelven los primos, vienen de vacaciones y se van, pero vuelven y volvieron también un montón de chavalos, que es una de las cosas que más me acuerdo yo”.
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“Porque recuerdo en los años 80 cuando empezamos a bailar sólo mujeres porque no había hombres y empezamos a ir a fiestas, a cafés y a todo y éramos sólo mujeres y empezamos a bailar entre mujeres y recuerdo en los años 90 que regresan todos estos chavalos”, dice
Riendo, recuerda que incluso volvieron los exiliados a quienes llamaban los “Miami Boys”, muchachos con acento spanglish que traían de vuelta la energía del MTV y la moda de los noventa.
En esa ebullición de cambios y descubrimientos, Claudia decidió estudiar Derecho. Hizo los exámenes de admisión en la UCA en 1992, pero el destino la llevó por otro camino.
No clasificó en la primera opción, pero la UCA le dio plaza en su segunda opción: Sociología.
Ella pensó que aprovecharía la oportunidad, sacaría el primer año que generalmente son estudios de tronco común en todas las carreras y luego del primer año saltaría a Derecho.
Nunca lo hizo. Se enamoró de lo social, de las discusiones alrededor de la pileta universitaria, de esa mirada crítica de sus docentes que enseñaba a cuestionarlo todo. Asegura que fue su segunda evolución.

Encuentro con el feminismo
Tras graduarse, Claudia trabajó con gobiernos locales y organizaciones sociales. En municipios como Nueva Guinea y Villa Sandino descubrió otras realidades. Recuerda una foto en la que todos los hombres aparecían de pantalones y botas, y las mujeres campesinas, de falda y chinelas.
Analizando la imagen de dio cuenta de algo: casi en todas las fotos, eventos y actividades, no había mujeres de la zona en pantalones. Ni en botas. Ni en roles que no fueran lo doméstico.
“Yo vi esa foto y vi ahí las interseccionalidades, vi las diferencias, vi las desigualdades y yo dije ¿a nadie le molesta ese esquema rígido de la mujer usa faldas y el hombre pantalones?”
Reflexionando se dijo: “Un día todas podremos usar pantalones”. No por moda. Por igualdad, se dijo.
El encuentro con Samcam
Fue en esa etapa también cuando conoció más de cerca a Roberto Samcam, rostro amable, un ingeniero amigo de algunos miembros de su familia; entonces funcionario de una organización no gubernamental donde Claudia hizo su pasantía.
“Aunque ya lo conocía de vista porque había estudiado con un pariente cercano, fue en esa oficina, cruzando la calle de la UCA donde estaba antes el Parque de Ferias La Piñata, donde se consolidó la relación”.
Recuerda que cuando la mandó la universidad a hacer la pasantía, llegó a buscar con quién tenía que hablar, quién era el director, el no sé cuánto de la información y los requisitos. Y resulta que quien sale es Roberto Samcam.
“Y entonces cuando veo a Roberto, un rostro conocido, dije yo, ya estoy aquí adentro”, dice riendo.
“Viajaba mucho Roberto en ese entonces porque el proyecto tenía un programa de Holanda y volaban mucho de la confederación de cooperativas del Caribe, de Centroamérica. Y él nos dejaba puesto en la pizarra lo que teníamos que hacer, con esa autoridad y órdenes detalladas: hoy hagan un mapa de problemas de tales y tales y tal cosa y nosotras, así como ‘Ideay le estamos haciendo el trabajo a este maje’ mientras él anda viajando”, recuerda en risas.
“Y entonces como yo ya tenía confianza con él, yo le dejaba en las pizarras también anotada respuestas como: ‘Sí, jefe, no se preocupe’. ‘Mayor, no se preocupe, aquí le cumplimos’; cosas así, bromas”, relata.
Con humor y tensión, entre pizarras con tareas y comentarios escritos, nació el vínculo que los uniría durante 25 años.
“Esa época de trabajar juntos fortaleció mucho nuestro vínculo y empezamos a salir, ir al cine, salir a tomarnos un trago, dar una vuelta ahí mismo en el parque de ferias y ya nos vimos de otra forma…”, dice con nostalgia.
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Nostalgia por las diferencias
Roberto era metódico hasta lo obsesivo. Colgaba sus camisas en perchas anchas simétricas, planchaba dos veces la misma prenda si era necesario porque los quiebres no quedaban como a él le gustaba; lustraba sus zapatos a la antigua, a mano con betún y cepillo.
“Yo soy ordenada, pero Roberto era otra cosa: colgaba los pantalones de ruedo a ruedo para que no se marcaran las líneas, lavaba y secaba las tazas de café en cuanto uno daba el último sorbo”, dice con algo de nostalgia en su voz.
Claudia, en cambio, se compra ropa que no se planchaba para evitarse el tequio de la plancha. Su orden es más relajado, su visión a la solución de problemas es flexible y la reflexión constante, pero no con el carácter de urgencia con que se lo tomaba Roberto.
A pesar de las diferencias, funcionaban. Se cuidaban. En la intimidad compartían, además de la vida familiar, una vocación de servicio y solidaridad por los otros como ellos, los luchadores sociales.
A Claudia y Roberto los casó el padre de Masaya, Edwin Román; ella dice a modo de broma, que cuando los casó, el padre nunca le advirtió que el exilio se incluía dentro de los votos del matrimonio. Tuvieron dos hijos, llevaban la vida con normalidad y comodidades sin lujos, pero estables y sanos.

El duro exilio
Cuando estalló la crisis de 2018, se exiliaron juntos por avión, en un acto de suerte y urgencia que meditaron mucho. Roberto temía que si salía por frontera podía ser identificado y asesinado por los militares. En cambio, si lo apresaban en el aeropuerto todo el país se daría cuenta y sería más difícil ocultarlo.
“Era eso o morir en la frontera”, recuerda Claudia. El sistema del aeropuerto falló aquel día y los dejaron salir con una anotación en una libreta donde registraron sus identidades y sus pasaportes.
Se instalaron en un pequeño apartamento en San José, Costa Rica y los golpeó duro el exilio. Lloraron mucho, se consolaron, se llenaron de ideas, de sensaciones de desconsuelo, de pensamientos de culpa e ideas confusas, hasta que las terapias y el ejercicio de autocontrol los aterrizó en la realidad del exilio.
“Es lo que hay”, se repetían frente a la adversidad, recordando con simpatía un episodio de cuando su hijo, siendo niño, le habló a una niña que no se quería desayunar su huevo porque no tenía la yema amarilla como a ella le gustaba. “Es lo que hay”, le dijo el niño y ellos dos acogieron aquella frase como un lema de resiliencia.
En Costa Rica Claudia se permitió algo que nunca había hecho: terapia. La oportunidad de sanar, de resignificar el dolor. Aprendió a nombrar con claridad a los culpables: a la dictadura, no a nadie más. No Roberto. Tampoco sus hijos. Ni el exilio mismo.
También aprendió a sostener a otras mujeres en condiciones de desamparo y desaliento en ese frío mundo del exilio, a contenerlas en sus malos pensamientos, a acompañarlas, a hacerlas partes de la red de solidaridad.
La nostalgia la visita seguido. Extraña las calles de Jinotepe, incluso ese parque que detestaba por ser pasarela de miradas masculinas. Echa de menos el olor del atol de trigo al salir de la iglesia, las charlas con desconocidos que se hacen familiares en los pueblos nicaragüenses. Extraña a la familia, las costumbres y la vida apacible de allá.
El exilio también le trajo duelos imprevistos. Su padre murió de covid-19 en 2020, en uno de esos entierros exprés de la pandemia, sin poder despedirse. Es “una espada en el pecho” que aun duele, dice Claudia un tanto quedita.
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Refugio en los estudios
En el exilio Claudia se refugió en la formación y capacitación. Orgullosa, muestra una pila de diplomas y reconocimientos por cursos de mentoría, de liderazgo, de género, de habilidades blandas, de derechos humanos, de igualdad…
“Me atreví a deconstruirme y reconstruirme en el exilio. Es decir, a evolucionar. Ese es un proceso constante que me permite no retroceder, no estancarme”, dice, y vuelve a usar esa palabra que la define: evolucionar.
Dice que ahora ya no se avergüenza de asumirse como una mujer política, en todo el sentido amplio y ético de la palabra.
“En Nicaragua, nuestros referentes eran catastróficos para ilustrar a una mujer política: la Chayo, las aprietabotones de la Asamblea. En Costa Rica, conocí otra forma de hacer política como mujer. Con coherencia. Con integridad, ética”, dice.
Duelo violento
El asesinato de Roberto Samcam fue un golpe brutal que la sumió en un duelo que ahora asume con serenidad. Aunque hay una investigación abierta, Claudia, con una mezcla de serenidad y firmeza, se mantiene en pie.
Ha decidido, en este proceso, volcarse al apoyo de las mujeres en búsqueda de justicia y de derechos, confiesa.
Dice que esta vez, ya no está al otro lado del portón esperando a las mujeres que buscan justicia al salir de las cortes. Ahora está con ellas, adentro, en la fila, exigiendo lo mismo que buscaba cuando quería estudiar Derecho: justicia.
Costa Rica se ha vuelto un territorio afectivo y funcional para ella. Claudia dice que, por ahora, se queda. “Aquí está mi red. Aquí me necesitan y aquí necesito estar”, expresa.
Sí tiene temor, pero asegura no pensar en ello. Recurre a una frase de Minerva Mirabal para darse coraje y valor: “Si me matan, sacaré los brazos de la tumba y seré más fuerte”. De momento hace planes a corto plazo, acciones de día a día, proyecta quedarse al menos hasta fin de año, evaluar, analizar y decidir. “El duelo sólo se puede vivir en presente”, repite frente a la pregunta sobre sus planes de futuro.
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