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Thomas Alva Edison (1847-1931)
El pequeño Thomas A. Edison nunca fue el mejor estudiante de su colegio. Ni siquiera un alumno promedio. Era enormemente impulsivo y se distraía con frecuencia, aunque mostraba una gran capacidad para multifocalizar su atención. El maestro renunció a él y, cuando tenía ocho años, lo envió a casa con una nota para su madre.
Thomas era el más pequeño de siete hermanos en una familia de Ohio, Estados Unidos. Su padre era un activista político canadiense exiliado y su madre, Nancy Elliot, maestra de escuela. Se dice que ella leyó la misiva frente al niño y, con los ojos lagrimosos, le aseguró que decía: “Su hijo es un genio, esta escuela es muy pequeña para él y no tenemos buenos maestros para enseñarlos. Por favor, enséñele usted en casa”.
En adelante ella misma se ocupó de la educación de su hijo y es de suponerse que hizo un gran trabajo, porque a los 15 años Thomas empezó a laborar como telegrafista y apenas un año después creó su primer invento: un repetidor automático capaz de transmitir señales de telégrafo entre diferentes estaciones. A lo largo de su vida, registraría más de mil patentes, entre ellas la bombilla incandescente, el fonógrafo y el cinescopio, algunas de las tecnologías más innovadoras de finales del siglo XIX.
Algunas biografías de Edison aseguran que cuando su madre ya había fallecido y él ya era un inventor consagrado, encontró por casualidad aquella vieja nota. Entonces leyó lo que en realidad decía: “Su hijo está mentalmente enfermo y no podemos permitirle que venga más a la escuela”.
Ahora se sabe que Thomas encontraba las clases tradicionales completamente faltas de interés porque rechazaba aprender todo de memoria.

Charles Darwin (1809-1882)
El creador de la teoría de la selección natural nació en Inglaterra, hijo de médicos. Vivió una infancia normal hasta que su madre falleció, cuando él tenía apenas 8 años. Su padre decidió entonces ingresarlo a una escuela religiosa y luego a un internado. Durante todo ese periodo escolar fue un mal estudiante, porque el latín y la geografía no le despertaban el mismo interés que la caza y la pesca.
Presentaba dificultades para la memorización y la retórica, elementos clave en la educación de esa época (y lamentablemente de esta también), lo que le alejaba del perfil de alumno brillante. A menudo lo consideraban lento y poco disciplinado.
Él prefería la exploración natural y coleccionar plantas, conchas, minerales e insectos, actividades que podían parecer simples pasatiempos o, peor, pura vagancia. Su padre se lo reprochaba y llegó a acusarle de ser una vergüenza para la familia, destaca el libro Enciclopedia de malos alumnos y rebeldes que llegaron a ser genios. Sin embargo, la mente de Darwin se cultivaba en silencio.
Tomó estudios de Medicina y Teología por presión familiar, pero también fue mal alumno en esas carreras, porque su verdadera pasión eran las Ciencias Naturales. Fue durante sus años en Cambridge cuando empezó a leer los relatos de los viajes de Alexander von Humboldt, que lo inspiraron a aventurarse poco después en su célebre viaje del Beagle.
Tras embarcarse en el HMS Beagle en 1831, a los 22 años, su capacidad de observación se convirtió en método científico. Las notas que tomó en Sudamérica y las islas Galápagos revelan un ojo entrenado no por la escuela, sino por la curiosidad. En lugar de memorizar, Darwin analizaba patrones y comportamientos. Ajeno a los métodos clásicos de la época, su enfoque lo llevó a convertirse en uno de los científicos más importantes de la historia.

Gabriel García Márquez (1927-2014)
En su época de colegial, el colombiano Gabriel García Márquez era especialmente malo en matemáticas y ortografía. “Solía decirse entonces que las vocaciones poéticas interferían con las matemáticas y uno terminaba no sólo por creerlo, sino por naufragar en ellas”, dice en su autobiografía. Nunca pudo memorizar las tablas del 7 y del 9. También libró un “drama personal con la ortografía”, incapaz de entender “por qué se admiten letras mudas o dos letras distintas con el mismo sonido, y tantas otras normas ociosas”.
Gabo escapó de los atolladeros de la educación tradicional gracias a que sus abuelos lo inscribieron en una escuela Montessori, método que prioriza la creatividad y el aprendizaje sensorial. Aprendió a leer y escribir a los 8 años y el mundo no perdió la posibilidad de conocer Cien años de soledad.
Esa combinación de dificultades académicas y estímulo creativo cimentó su estilo narrativo, con párrafos extensos que evocan estructuras musicales.

Stephen Hawking (1942–2018)
Casi toda persona con acceso a internet es capaz de reconocer a Stephen Hawking en cientos de fotografías que pululan por la red. El físico británico estudioso de los agujeros negros consiguió algo extremadamente difícil para un hombre de ciencia: convertirse en una celebridad.
Pues ese mismo personaje se moría de aburrimiento en la universidad y sentía “que no merecía la pena esforzarse”. Estudiaba menos de una hora al día, pero su inteligencia hacía el resto. Su tutor de Física, Robert Berman, relató muchos años después a The New York Times Magazine: “Sólo le bastaba saber que se podía hacer algo y él era capaz de hacerlo sin mirar cómo los demás lo hacían. Por supuesto, su mente era completamente diferente de las de sus coetáneos”.
Fue hasta que le diagnosticaron esclerosis lateral amiotrófica, a los 21 años, que el genio comprendió “que moriría pronto” y sintió la urgencia de “activarse”. Murió a los 76 años.

Albert Einstein (1879-1955)
Aprendió a hablar algo tarde, a los tres años, y creció como un niño introvertido y callado. Aunque al inicio sus padres lo creían de lento aprendizaje, desde los 9 años Albert Einstein fue un aplicado autodidacta en temas como Biología, Filosofía, Geometría.
El genio alemán es uno de los pocos científicos que ascendieron al firmamento de las celebridades, pero en su adolescencia algunos profesores no daban un peso por él. Uno de ellos escribió: “Este chico no llegará nunca a ningún sitio”. Les fastidiaba que reflexionara tanto antes de contestar una pregunta. Además, el muchacho no entendía las reglas ni las órdenes, desconfiaba profundamente de la autoridad, no le gustaba practicar deportes y no conseguía aprender nada de memoria. Por si fuera poco, algunos creen que tenía dislexia.
A eso se sumaban su timidez y su condición de judío, que le dificultaban la tarea de hacer amigos. Estaba deprimido y cuando el propio maestro le instó a dejar la escuela, aceptó el consejo de buena gana y se dedicó a estudiar por su cuenta. Tenía 15 años.
A los 16 le rechazaron en una primera prueba de acceso a la Escuela Politécnica Federal de Zurich por sus malos resultados en letras. “Pese a ser excelente en Matemáticas y Física, era flojo en Francés, Geografía y Dibujo”, destaca el diario español La Vanguardia.
Decidido a ingresar a esa universidad se inscribió en una escuela secundaria suiza que fomentaba el “libre pensamiento”. Bachillerarse en1896 le permitió entrar a la Politécnica.
“Se matriculó con entusiasmo en un programa de Matemáticas y Física, pero las clases y los exámenes le resultaban insoportables”, dice el sitio del Museo Estadounidense de Historia Natural. El genio se graduó con la ayuda de los apuntes de su amigo Marcel Grossmann, “pero la experiencia fue tan repugnante que perdió el interés por la ciencia durante un año entero”.
Para que no quedara duda sobre lo que opinaba de la escuela tradicional, años después el padre de la teoría de la relatividad y Premio Nobel de Física escribió frases como esta: “La educación es lo que queda después de que uno ha olvidado lo que aprendió en la escuela”.

Pablo Picasso (1881-1973)
Al español Pablo Picasso tampoco le fue bien en el colegio. A menudo lo sacaban del aula por ser un mal estudiante, pero en esos momentos tomaba su cuaderno de dibujo y comenzaba a bocetear. Para garantizarle un futuro, su padre decidió inscribirlo en la Escuela de Bellas Artes, donde sí destacó por su talento.
Se especula que padecía dislexia. Según sitios especialistas en este trastorno del aprendizaje, es posible que la visión alterada del lenguaje haya ayudado a Picasso a desarrollar una agudeza espacial y visual superior e incluso inspirado el arte cubista que lo volvió mundialmente famoso.
Otros célebres artistas podrían haber tenido la misma condición que, debido a la ignorancia que plagaba su entorno, los hizo pasar como “lentos”. Por ejemplo, el escultor francés Auguste Rodin (1840-1917), a quien un tío declaró “totalmente ineducable” porque batallaba mucho para aprender a leer.
Su caso fue muy similar al de Picasso. Como no era un alumno brillante, su familia lo envió a la Escuela Imperial Especial de Dibujo y Matemática para que aprendiera a hacer algo. Ahí encontró la pasión que le inmortalizó: la escultura.

Charles Chaplin (1889-1977)
La familia de Charles Spencer Chaplin era demasiado pobre para que él y su hermano Sidney fueran a la escuela; pero en casa recibieron educación informal respecto al manejo de su léxico, gramática y modales, dice la revista Consideraciones. Eso cambió cuando su madre, la actriz británica Hannah Harriet Hill, fue internada en un psiquiátrico y los dos terminaron en un hospicio donde recibieron una educación rigurosa.
A Charles no le entusiasmaba la escuela y la historia le parecía un montón de acontecimientos violentos protagonizados por hombres ambiciosos de poder. No obstante, fue en la escuela, durante el recreo, donde confirmó su vocación.
Cuenta en su autobiografía que recitó El gato de la señorita Priscila, un monólogo que su madre le había enseñado: “El señor profesor Reid levantó la nariz de su trabajo y se divirtió tanto que me hizo repetir el cuento. Después de eso mi reputación se extendió, y al día siguiente me hicieron pasar de aula en aula. A los cinco años ya me habían hecho reemplazar a mi madre delante del público, pero, en rigor, era la primera vez que gozaba conscientemente de la gloria. El colegio se volvió un lugar apasionante”.
De esa manera la escuela dejó de ser una tortura y se convirtió en un escenario.

Otros casos
Évariste Galois, matemático y revolucionario francés considerado el padre del álgebra moderna, fue rechazado dos veces por la Escuela Politécnica de París por su “incapacidad” de superar los exámenes de acceso y por rebelarse contra las reglas y el sistema.
Winston Churchill, el primer ministro más famoso de Inglaterra y que pasó a la historia como un gran estadista, era pésimo estudiante. Su padre llegó a decir: “El trabajo escolar de mi hijo es un insulto a la inteligencia”. Años después Churchill afirmó: “Siempre me ha encantado aprender. Lo que no me gusta es que me enseñen”.
Bill Gates, el ahora multimillonario fundador de Microsoft, recibió dinero en pago por estudiar. “Para estimularnos, mis padres nos daban a mi hermana y a mí 25 dólares por cada sobresaliente que sacábamos. Mi hermana cobraba más porque siempre fui mal estudiante”, dice su biografía.
John Gurdon, biólogo británico, obtuvo pobres resultados académicos en su juventud. Cuando tenía 15 años un profesor de la Eton School le acusó en un reporte de no “asimilar bien” y de estar a menudo “perdido” por no escuchar e intentar hacer las cosas a su manera. “Me ha llegado la noticia de que quiere ser científico. En las circunstancias actuales, me parece algo ridículo. Si no puede ni siquiera aprender las bases de la biología, no tiene posibilidades de desempeñar el trabajo de un especialista”, sentenció. La venganza de Gurdon fue ganar el premio Nobel de Fisiología o Medicina, galardón recibido en 2012.
Alfred Hitchcock solía ser un alumno corriente y desmotivado en todas las asignaturas, impartidas con métodos y maestros que no satisfacían su gran curiosidad. Sin embargo, le apasionaba la lectura sobre crímenes y terminó convirtiéndose en un director de cine legendario.
Steve Jobs, creador de Apple y Macintosh, se aburría en las clases de primaria porque odiaba “memorizar datos estúpidos”. Ya en secundaria el ambiente académico le parecía artificial y prefería el ambiente de trabajo en el taller de mecánica de su padre. Más tarde mostró interés por las matemáticas y la electrónica y cuando vio por primera vez una computadora su destino quedó sellado.