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Isidore Lucien Ducasse (el conde Lautréamont) nació en Montevideo, Uruguay, en 1846. Su padre François Ducasse fue un diplomático francés representante de su país en la capital austral de Uruguay. Envió a Francia a temprana edad a su hijo Isidore para educarse.
Isidore Lucien vivió en la capital parisina hasta su muerte a los 24 años, acaecida el 24 de noviembre de 1870, dejando tras de sí: Los cantos de Maldoror, una obra de poesías en francés, publicada en Bélgica en 1869.
El conde de Lautréamont, dos años antes de su muerte había luchado por la publicación de su obra poética, sin tener mucho éxito debido a que los editores la rechazaban por temor a su escandaloso y controversial contenido. El personaje central de la obra, Maldoror cuestiona a Dios por la existencia del hombre: “Dios que lo creaste con magnificencia, a ti te invoco: ¡muéstrame a un hombre que sea bueno! …” (canto primero, p. 17), a su vez se burla del mismo Creador ensalzando el odio, el crimen, la crueldad; en ciertas escenas se encuentran raras violencias de evidente sadismo.
El ensayo de Darío, titulado: El conde de Lautréamont, según Roberto Ibáñez, fue publicado por primera vez, en: La Razón de Montevideo, el 24 de julio de 1894 (dato encontrado al pie de página en: Los raros, Schmigalle, Gunter. Berlín, 2015), e incorporado después, en: Los raros, en 1896. Estableciendo Darío que el conde Lautréamont: “Escribió un libro que sería único si no existiesen las prosas de Rimbaud; un libro diabólico y extraño, burlón y aullante, cruel y penoso; un libro en que se oyen a un tiempo mismo los gemidos del Dolor y los siniestros cascabeles de la Locura”. Cuando Rubén Darío lo incorporó a Los raros, Isidore Lucien Lucasse para entonces era muy poco conocido en el mundo literario; corroborándolo Darío en su misma semblanza: “Cuya obra me tocó dar a conocer en América en Montevideo”; y a su vez no aconsejó a la juventud a seguirle: “No sería prudente, (manifiesta), a los espíritus jóvenes conversar mucho con ese hombre espectral, (…). Hay un juicioso consejo de la Kábala: No hay que jugar al espectro, porque se llega a serlo: y si existe autor peligroso a este respecto, es el conde Lautréamont”.
El conde de Lautréamont fue uno de esos diecinueve genios raros del arte incrustados a manera de piedras preciosas dentro de la obra dariana: Los raros.
A pesar de clasificársele a este autor como un poeta decadentista —término despectivo e irónico— fue reconocido como un poeta precursor del surrealismo —movimiento que expresa el pensamiento del inconsciente o del subconsciente fundado por Simón Freud—.
Rubén Darío conoció a Lautréamont mucho antes que los surrealistas; pero según constataciones del mismo Darío en su semblanza, quien verdaderamente lo descubrió, primeramente, fue el novelista francés, León Bloy, (1846-1917) con su obra: Le Cabanon de Prométhée, (publicado en La Plume el 1 de septiembre de 1890, y que se refiere a la primera edición de los Chants de Maldoror, publicada en Bélgica en 1874). Darío, le da mérito al mencionarle en su semblanza, utilizando citas del mismo artículo de Bloy, para describir al poeta en mención. Darío establece textualmente lo siguiente: “León Bloy que en asuntos teológicos tiene la ciencia de un doctor, explica y excusa en parte la tendencia blasfematoria del lúgubre alienado, suponiendo que no fue sino un blasfemo de amor. Después de todo, este odio rabioso para el Creador, para el Eterno, para el Todopoderoso, tal como se expresa, es demasiado vago en su objeto, puesto que no toca nunca los Símbolos, dice”. (Bloy, Le Cebanon de Prométhée, p. 152).
Nuestro poeta a su vez lo compara con el Job bíblico para luego citar a Quevedo: “Como a Job le quebrantan los sueños y le turban las visiones; como Job puede exclamar: ‘Mi alma es cortada en mi vida; yo soltaré mi queja sobre mí y hablaré con amargura de mi alma’. (Job 10, 1) Pero Job significa el que llora; Job lloraba —continúa Rubén—, y el pobre Lautréamont no llora”. […] “El espíritu maligno, dice Quevedo, en su Introducción a la vida devota, se deleita en la tristeza y melancolía por cuanto es triste y melancólico y lo será eternamente». (Quevedo, Obras, vol. 2, p. 282).
Cuando supuestamente el poeta uruguayo fue descubierto por León Bloy este fue encontrado en una casa de locos: “Vivió desventurado y murió loco”, nos dice el mismo Darío en: El conde Lautréamont. Y Bloy: “Por ridículo que pueda parecer, hoy, descubrir un gran poeta y descubrirle en una casa de locos, debo declarar en conciencia, que estoy cierto de haber realizado el hallazgo”. León Bloy en: Le Cabanon de Prométhée, p. 153, citado por Darío en su mismo ensayo.
Sin embargo, Lautréamont fue encontrado muerto en su propio domicilio, en la número 7 rue du Faubourg-Montmartre, en París, sin muchos datos sobre su muerte, según el acta de defunción levantada y no en una casa de locos. Su verdadera locura, según narran algunos historiadores, se debió: a leer mucho, hacer largas caminatas por el río Sena, y ser un artista y devoto pianista. ¡Buenos atributos diría! Un verdadero bohemio, amante del arte, un raro sin excepción, recordado por Darío principalmente, por ser una figura importante para la renovación de la poesía francesa, e incorporado a su obra: Los raros. Libro excepcional de finales del siglo XIX, que marca un hito literario finisecular de un pasado inmediato para celebrar una nueva literatura auroral.
Rubén Darío es hoy venerado como el padre del Modernismo y en un paralelismo el conde Lautréamont es también recordado como el padre del Surrealismo.
Darío finalizaría así su ensayo: El poema de Lautréamont se publicó hace diez y siete años en Bélgica. De la vida del autor nada se sabe. Los “modernos” grandes artistas de la lengua francesa, se hablan del libro como de un devocionario simbólico, raro, inencontable. (Darío, Rubén, Los raros, 1896).
Y, ¿por qué incluirlo en: Los raros? Darío fue un raro, atraído por su excesivo amor a todo lo francés: “Darío, el raro”, fue creado por Darío mismo a través de este libro, manifestó, Gómez, Miguel, (1995, p. 202: El género que vino de la modernidad: 191-214) y mencionado en: (Rubén Darío, La vida errante, 1, edición, 2021).
O, como el mismo Juan Valera, testimoniara en su carta dirigida a Rubén Darío, y publicada en La Nación, de Buenos Aires el 22 de febrero de 1896: “La rareza es de celebrar y de lamentar a la vez, si por rareza se entiende la calidad de no ser común. Raro es el entendimiento, continúa Valera, raro es el ingenio, rara es la santidad, como son raros el oro y los diamantes porque abundan menos que el carbón, el cobre o el plomo”.
Darío fue un raro “en el buen sentido” pues como el mismo dijera sobre su obra: Los raros: “Hay en estas páginas mucho entusiasmo. Mucha admiración sincera, mucha lectura y no poca buena intención”.
Eso fue lo que puso Darío en toda su obra, una buena dosis de admiración; admiración sincera por el arte y una muchísima buena dosis de intención; proyectando sus mejores deseos de promoverlo, de darlo a conocer al mundo literario a través de sus musas literarias y Lautréamont fue una de estas figuras que al igual que Rachilde (de quien también publiqué en días pasado un artículo), y que, por la extrañeza del caso, tiene la misma similitud con El conde de Lautréamont.
La autora es máster en Literatura Española.