Murió Mario Vargas Llosa y la literatura calla… para llorar

En el vasto y complejo entramado de la literatura hispanoamericana son pocos los nombres que han logrado trazar una huella indeleble tanto en las letras como en la conciencia histórica de los pueblos. La muerte de Mario Vargas Llosa no constituye únicamente la desaparición física de un individuo, sino el cierre de un capítulo fundamental de la narrativa contemporánea. La literatura, esa criatura viva que respira en las bibliotecas y se agita en los corazones de los lectores, hoy calla. Pero no por indiferencia, sino porque el dolor, cuando es profundo, se expresa en silencios.

Mi relación con Vargas Llosa comenzó como suele ocurrir en los grandes encuentros con lo trascendente: por accidente. En una conversación trivial, mencioné a Gabriel García Márquez, otro coloso de nuestras letras, y un amigo replicó con vehemencia: “Si te gusta leer cosas buenas, debes leer La fiesta del chivo”. Aquella recomendación, lanzada casi como un mandato, se convirtió en el umbral de una revelación literaria. Recibí el libro como quien recibe un artefacto sagrado. No lo leí, lo devoré. Y en esa devoración fui testigo de una pluma que no sólo narraba, sino que reconstruía los ángulos invisibles del poder, la memoria, y la condición humana.

Vargas Llosa escribía como quien hurga en la herida abierta de la historia. Su estilo, a la vez depurado y cercano, es el ejemplo más puro de que la sofisticación no necesita de ornamentos inútiles. Había en su prosa una claridad devastadora, una inteligencia lúcida que no cedía jamás al sentimentalismo fácil ni al populismo intelectual. Fue, sin duda, un precursor de lo que hoy llamamos el storytelling histórico, aunque sería injusto reducirlo a una etiqueta contemporánea. Él era más que eso: un cartógrafo de las pasiones humanas y un cronista implacable de las sombras del poder.

Recuerdo una frase escuchada al azar en un restaurante de Granada, dicha por un viejo lector: “Leer a Vargas Llosa y a García Márquez es como tener un orgasmo intelectual”. Tal vez la comparación suene atrevida, pero quien haya incursionado con pasión en sus obras, comprenderá que esa metáfora responde a una experiencia estética radical: el vértigo de sentirse interpelado por una inteligencia que transforma lo literario en un campo de batalla ética y estética.

¿Está de luto la literatura? Sí, pero no como quien pierde un referente entre muchos, sino como quien despide a un padre fundador. Vargas Llosa no sólo deslumbró por su virtuosismo narrativo, sino también por su inquebrantable defensa de la libertad, del pensamiento crítico y de la democracia, principios que abrazó tanto en su obra como en su vida pública.

Hoy, la literatura está de luto, pero también está de pie, erguida por la monumental herencia de un escritor que convirtió el acto de narrar en una forma de resistencia. Murió Mario Vargas Llosa, y el mundo de las letras, ese territorio que él ayudó a edificar con palabras de fuego y de verdad, ha quedado irrevocablemente transformado.

El autor es licenciado en Comercio Internacional y catedrático universitario.

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