Laureano Ortega: un “príncipe heredero” entre la ópera y el puño de hierro 

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Laureano Ortega, el delfín de la dictadura —o, para decirlo en buen nicaragüense, el “chigüín” del sandinismo— siempre ha tenido una fascinación por cantar ópera y esa imagen encajaba bien con lo que hasta hace poco había sido su estrategia. Una estrategia que se basaba en dos ejes. Primero, presentarse como el rostro más amable del régimen: una suerte de “sandinismo con rostro humano”, es decir, el moderado. Segundo, cimentar su legitimidad tendiendo puentes entre la dictadura y los inversionistas nacionales e internacionales. A fin de cuentas, su imagen dista mucho de la de su padre, Daniel Ortega, aquel guerrillero de verde olivo que luego pasó a vestir de manera austera. Laureano, en cambio, conduce un Porsche y luce trajes a la medida, la elegancia propia de una persona tratando de atraer inversión y la de un cantante de ópera. Su discurso intentaba proyectar un talante pragmático, de estadista, hasta civilizado. 

Últimamente, sin embargo, Laureano ha sufrido una conversión. No es más la cara amable: su semblante se ha fundido con el de ese régimen bicéfalo, y ahora él aspira a ser la tercera cabeza de un cánido cerbero. La conversión ha seguido tres pasos. El primero: sustituir a los inversionistas occidentales por el llamado “nuevo orden mundial”, entregándose carnalmente a los brazos de Rusia y China bajo la creencia de que ambas potencias lo bendecirán y encumbrarán en el trono nicaragüense. Laureano ve la anuencia de esos regímenes autoritarios como su principal fuente de legitimidad y, de paso, como el codiciado certificado de “antiimperialista” estadounidense que todo líder sandinista tiene que tener. 

Segundo: se acabaron los tiempos de los buenos modales, del sandinista “vegetariano”, del sucesor light. Laureano ha abrazado un nuevo tono que alcanzó su cénit en la XIII Reunión de Representantes de Alto Nivel para Asuntos de Seguridad, en Moscú, cuando dijo que el régimen sandinista estaba “neutralizando y eliminando a los mercenarios vendepatrias que actúan bajo la bota y el pago imperial”. “Neutralizar” y “eliminar” son ahora sus propias palabras, pronunciadas en los foros de más alto perfil. Al paso que va, sólo falta incorporar “liquidar”.  

La lógica de mimetizarse con el discurso de Daniel Ortega y Rosario Murillo es clara: Laureano ha renunciado a convencer a una base más amplia. Sabe que el núcleo duro, el ala más autoritaria del sandinismo, es el verdadero sostén del poder. También entiende que necesita probarle al Ejército Nacional que a él no le tiembla el pulso y que es mucho más que un simple tenor.

Pero esta conversión ha exacerbado otro problema: “El problema del príncipe heredero”, que los politólogos han denominado al analizar la sucesión dinástica en familias de la realeza. Este problema, que a lo largo de la historia alcanzó dinámicas letales, plantea que quienes detentan el poder tienen que, por un lado, nombrar sucesores y allanarles el camino, pero al mismo tiempo, no dejar de cuidarse de ellos: pues el príncipe puede volverse impaciente, ya sea por motu propio o porque “a veces”, quienes los rodean les susurran a los oídos y les siembran cizaña, creyendo poder manipularlos. Tras los muros de El Carmen saben eso, no olvidemos que Rosario Murillo tiene expertise en el arte de la intriga palaciega y claro que como buena paranoica del poder duerme con los ojos abiertos, pues Laureano, aunque es su hijo, no le brinda seguridad absoluta.  

Este problema del príncipe heredero se manifiesta en la nueva Constitución. Muchas personas sólo le han puesto atención al establecimiento de la “copresidencia” sin considerar los otros aspectos sucesorios. El texto constitucional estableció con gran cuidado la sucesión entre los copresidentes, pero es mudo con respecto a Laureano, quien aún no figura en esta línea. Nótese el artículo 124 que establece qué pasaría ante la “falta definitiva” de Ortega o Rosario. Si uno de los dos copresidentes falta el otro asume la Presidencia, pero si los dos faltan, el sucesor no es Laureano, sino el presidente de la Asamblea Nacional. Es decir, en la Constitución no hay ruta de sucesión para Laureano.  

Si entendemos el problema del príncipe heredero, entenderemos por qué Laureano no está en la línea sucesoria constitucional. Los “reyes” no deben hacer tan demasiado fácil que el príncipe heredero se haga del trono, pues pueden caer en la tentación de “adelantar” el proceso. También, todo buen rey en las artes del poder quiere tener la flexibilidad para cambiar al príncipe heredero cuando sea necesario. A estas alturas, nadie puede negar que Daniel y Rosario han demostrado, con maestría, su dominio en los juegos palaciegos. Pero no nos olvidemos, Laureano también juega.

El autor es máster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Oxford. Licenciado en Economía y Sociología. Nicaragüense exiliado.

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