Wilber camina desde su lugar de vigilancia, donde fueron los semáforos de El Recreo, hasta el centro cívico, donde en una de las nuevas paradas, lo espera su mamá Uwaldina. LA PRENSA/Cortesía

La madre que camina todos los días varios kilómetros para llevarle desayuno a su hijo con discapacidad visual

Uwaldina está satisfecha de lo que son sus hijos adultos. “No son malcriados, ninguno, son bien amorosos conmigo"

Vecinos del primer tramo de la pista en ampliación en Managua, han visto a la madre, de pelo cano y vestido debajo de las rodillas, caminar despacio sobre el concreto hidráulico hacia el lugar que ese día le hayan asignado resguardar a su hijo Wilber —celador de una importante empresa de vigilancia— como el puente sobre un cauce, un campamento para guardar materiales y equipos, etcétera. 

Muchas personas han visto llegar a la madre hasta donde esté su hijo Wilber, un gordito no bonachón, porque es algo serio, que casi no ve con el ojo izquierdo, y se sienta con él. La ven sacar varios trastes y cubiertos, y entregárselos con su desayuno. Ella lo ve comer como si él fuera un tiernito que a sus 36 años claramente no lo es, pero sí para doña Uwaldina, quien ya comió en su casa en el barrio La URSS, al oeste de Rubenia.  

Poco después ambos caminan despacio hacia la parada de una ruta de bus. No se agarran de las manos ni se abrazan, solo van muy juntitos hablando de los avances de la pista, de incidentes en el turno de guardia, y otros temas.  

Al llegar a la casa, Wilber se lanzará directamente a su cama tras una noche de desvelo, y a la 1:00 p.m. del día siguiente volverá al trabajo. Sabe que su mamá lo llegará a buscar a la hora de salida, le llevará el desayuno, y lo acompañará a regresar, como lo ha estado haciendo desde hace siete meses. Él puede hacerlo solo, pero la madre decidió apoyarlo de esta manera por su déficit visual. 

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El lugar de encuentro de la madre con su hijo ha ido variando en la medida que avanza la ampliación de la vía: primero era muy cerca del Banco Central, por el kilómetro 7 Sur, después, por la Contraloría, más tarde, por el centro comercial Nejapa, y así…, por un supermercado, la entrada al Israel Lewites, el Zumen, por el semáforo de El Recreo, etc. También le ha tocado ser parte de una escuadra de vigilantes en el cuartel general de la compañía constructora, situado cerca del mercado. 

Finaliza otra jornada para Wilber, celador en el tramo Ia de la ampliación de la pista, y retorna a su casa acompañado de su mamá, Uwaldina González Gutiérrez. LA PRENSA/Cortesía

El humo de la leña para cocinar está afectando sus pulmones 

Actualmente doña Uwaldina González Gutiérrez (75 años, nacida y criada en el barrio San Pablo, San Rafael del Sur), toma la ruta 167 que la deja en el Zumen, para ir a buscar a su hijo Wilber caminando hasta cerca de donde fueron los semáforos de El Recreo, y llevarlo luego a su casa.  

Otras veces la madre se baja del bus, pero no llega hasta donde está Wilber, sino que con paciencia lo espera sentada, por ejemplo, en una de las casetas para el metrobús que instalan en la pista, cerca del Ministerio de Educación, en el Centro Cívico. Su hijo sale a su encuentro. Ella lo ve, y dice: “Ay viene ya mi gordo”.    

El domingo 25 de mayo nos habíamos citado con la madre para vernos donde Wilber está custodiando dos máquinas retroexcavadoras y un camión cisterna, pero no pudo ir porque enfermó. Tantos años cocinando y absorbiendo el humo de leña les ha pasado la cuenta a sus cansados pulmones. Su hija Daysi, graduada de secretaria comercial, y que trabaja en una farmacia, le consiguió un nebulizador que la está ayudando a respirar mejor, pero no se ha restablecido por completo. 

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Un par de colmillos sobresalen de su boca vacía de dientes. También ha perdido gran parte de la audición doña Uwaldina, por lo que una nieta suya, Angelina Lucía, ayuda durante la entrevista, como si fuera una traductora de la periodista que pregunta y pregunta. A veces le tiene que gritar. Es impaciente la muchacha morenita, delgada, con pantalón azul y camisa blanca, que es su uniforme escolar. Mientras, Wilber duerme con placidez y tan profundamente, que ni el estallido de una bomba lo despertaría. 

A sus cinco hijos los parió en casa 

Damaris del Carmen Cruz González (50), es la mayor de los cinco hijos de Uwaldina —dos mujeres—. Le siguen Marcos Antonio (46), Yáder Antonio (42), Wilber Antonio (36), y Daisy del Socorro (35). Uno vive en El Rama, los demás en Managua, y todos están pendientes de su mamá. Los dos menores, que viven con ella, le entregan cada quincena la mitad de su salario. Los ve a diario a todos, excepto al que está fuera de la capital, que viene periódicamente a saludarla. Daisy y Wilber son celadores, y Marcos y Yáder, trabajan para Enacal, el primero en El Rama, y el segundo en Bello Amanecer, por Ciudad Sandino. 

A todos sus hijos los parió en casa, con ayuda de una experimentadísima partera, su mamá, Josefa Gutiérrez González, quien tuvo 20 hijos, todos con su compañero Julián González Molina, fallecido a los 96 años de una infección renal. Todos fueron con partera. “Esa fue la cosecha de ellos”, dice Uwaldina.

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Sin embargo, las habilidades de la partera no lograron impedir que Wilber naciera con un tumor que fue creciendo, afectándole la visión, lo que Uwaldina atribuye a golpes que cobardemente le daba su marido Marco Antonio Cruz Navarro, un hombre trabajador, pero violento, que casi no aportaba dinero al hogar porque era irresponsable y muy tacaño, y mujeriego tan empedernido que a veces andaba con varias al mismo tiempo. 

Cuando le avisaron a Uwaldina que su mamá, Josefa, iba a morir (a los 63 años), entonces se alistó para ir a verla, y tuvo que prestar diez córdobas a una vecina para pagar el transporte. Llegó justo a tiempo a San Rafael del Sur, donde al entrar a la habitación en la que alzaría vuelo en unos segundos, su madre abrió los ojos y lloró por última vez. “Me estaba esperando”. Aunque siempre fue “bien “tranquila y honesta en lo que debíamos hacer”, le dijo a su mamá: “Perdoname mamita si alguna vez te falté”. 

Como todos los días, la madre espera a su hijo. LA PRENSA/Cortesía

Un compañero terrible como pareja 

Los cinco hijos de doña Uwaldina los tuvo con el mismo hombre, su compañero Marco Antonio Cruz Navarro. Los dos últimos niños nacieron después de repentinas, breves, conmovedoras e hipócritas llegadas de Marco Antonio a la casa de doña Uwaldina, ante quien cada vez se mostraba arrepentido de todas sus andanzas y ofensas. Y volvían a estar juntos. De esos fogonazos nacieron Wilber y Daisy. 

Era ofensivo para Uwaldina que cada tanto de tiempo tuviera que enterarse de que su compañero tenía otra mujer, pero jamás se desmoralizó, haciéndole honor al significado alemán de su nombre: heredera valiente. La hacía sentir muy mal que ese hombre la abandonara. ”Yo era honesta y formal, y él, pícaro, siempre andaba de arriba-abajo”. Él no bebía ni fumaba, “su único vicio eran las faldas”.  

Pero la madre no ha sido persona que se queda impávida, con los brazos cruzados. No la derrotaron los inclementes fríos de los cafetales de El Crucero y Carazo, ni el infernal calor chinandegano de Punta Ñata, y mucho menos lo harían los grotescos ataques de su terrible compañero de vida.  

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Un día Marco Antonio la tenía en el suelo tras darle un fuerte puñetazo en el ojo derecho que de inmediato comenzó a teñirse de morado, y que por unos instantes la dejó viendo tinieblas, pero ella no se dejó, y con las dos manos le agarró los testículos, y se los apretó con fuerza, hasta hacerlo gritar y llorar, y pedir cacao: «¡Soltame, soltame!» Y ella le dijo: “Aquí me las vas a pagar toditas”. Lo soltó solo por los ruegos de su hija Damaris. 

De hacienda en hacienda cortando café y algodón 

Tenía 18 años Uwaldina cuando conoció a quien sería su compañero, también de la misma edad, en la hacienda cafetalera San Dionisio, Carazo. Al comienzo Marco Antonio no era el “pesado, grosero y boca sucia”, que se fue manifestando poco después. 

Después trabajaron en Dulce Nombre, adelante de El Crucero. Cortaban, y desyerbaban. Más adelante, la pareja fue a cortar algodón bajo el ardiente sol de Pascalí, en Punta Ñata, donde a él le dieron trabajo de tractorista. Parecían beduinos del desierto, por el traperío con el que se cubrían la cabeza para protegerse de los rayos solares. 

La madre y su compañero solo estuvieron juntos ocho años. Si cuando estaban bajo el mismo techo el hombre era desobligado, al separarse se olvidó casi por completo de la manutención de sus hijos, salvo esporádicos y raquíticos aportes económicos que dio, por lo que ella tuvo que hacer sacrificios para la sobrevivencia de sus niños. Durante una muy mala época, los alimentó sólo con pan y café, los tres tiempos. 

No obstante, el trabajo en Punta Ñata les permitió ahorrar, pues ahí no pagaban casa ni servicios públicos, y recibían su alimentación. Unos años después Uwaldina y sus niños se fueron a Villa Progreso, Managua, donde su hermana Vilma, pero poco después el marido de esta los corrió, alegando que los niños ensuciaban su casa.  

Por una casualidad pudo comprar barato un terreno 

Uwaldina tuvo que salir a la calle con sus niños “buscando un cauce donde acomodarme”. Una hermana de su compañero le había regalado unos cuartones y 17 láminas de zinc, materiales con los que construiría un techo.  

Cansada de caminar, pidió agua a la mujer de una casa. Como la dueña reconoció que era hermana de Vilma, Uwaldina le relató su desgracia. Por su parte, la inesperada anfitriona le contó que se le había muerto una niña de seis años donde vivía antes, en el barrio la URSS, por lo que odiaba ese lugar, y que como el techo y las paredes estaban muy mal, le vendía solo el terreno, y a un precio muy bajo.  

A partir del domingo 14 de febrero de 1988, Día de los Enamorados, y hasta el 17 del mismo mes, se produjo una desmonetización nacional mediante la llamada “Operación Bertha”, que cambió mil córdobas viejos, por uno nuevo. El canje de billetes implicó una enorme confiscación, pues el valor de compra del córdoba quedó muy disminuido. Con un córdoba nuevo no se podía comprar lo que se adquiría con mil córdobas viejos.  

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Era la época de los billetes resellados que valían millones de córdobas, cuando Nicaragua alcanzó el récord mundial de inflación. Aunque el saco de riales que tenía Uwaldina disminuyó bruscamente con el cambio por nuevos billetes, lo que le quedó fue suficiente para comprar el terreno en el barrio la URSS, y poner el techo con los materiales que le donaron. 

Uwaldina no aprendió a leer ni escribir. “Las únicas letras que sé son la U y la X (para firmar)”, pero es muy buena a los números, pues con rapidez hace en su cabeza sumas, restas y divisiones. Cuando el cambio de la moneda, ella hizo sus propias cuentas. 

Echar mil tortillas cada día 

Poco después, aunque ya separados, el padre de sus hijos le consiguió a Uwaldina un trabajo de proveedora de tortillas del Hospital Militar, donde él laboraba como chofer. Después de comprar el maíz por quintal a camioneros que lo traían al Mercado Oriental, la madre y su hija Damaris limpiaban, lavaban, nesquisaban con cal y enjuagaban de nuevo el grano.  

A las 2:00 a.m. la madre iba a moler el maíz preparado desde dos días antes. Primero inspeccionaba la batea de salida del molino, y si encontraba restos de cualquier cosa, los retiraba, y lavaba el recipiente, para que su masa no se contaminara. Ya en casa, con su hija y tres mujeres más, iniciaban la palmeadera. Tres palmeaban y dos volteaban, una en cada comal para hacer treinta y seis tortillas al mismo tiempo.  

A las 10:00 a.m. ya habían empacado mil tortillas en un mantel y un plástico, y quedaban listas para ser enviadas en un vehículo que mandaba el Hospital Militar, que pagaba cinco riales por cada una, en total, C$500.00 cada día.  

Nunca le robaron en la ruta 102 cuando cada semana regresaba del hospital con el montón de riales del pago de las tortillas. “Pasaba por el mercado y compraba chorizo, tomate, cebolla… Comíamos bien, nunca nos faltaba el huevo y la carnita”. 

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Las exhaustas jornadas diarias finalizaron cuando Damaris se fue a escondidas con un hombre, y aunque la mamá intentó reponerla, las personas que contrató duraban poco tiempo, porque el calor del fogón les parecía muy fuerte. Aunque a disgusto, la madre tuvo que comunicar al médico Felipe Zapata, que ya no podría continuar echando las mil tortillas cada día. 

Wilber, quizás su hijo más necesitado 

La madre no tiene preferencias entre sus hijos, pero la débil visión de Wilber la ha llevado a darle una atención particular. Poco antes de ver la luz del mundo, estando aún dentro de su mamá, el niño conoció de golpizas cuando su papá agredió físicamente a Uwaldina. A los dos años de edad, padeció una fuerte neumonía.  

Wilber tuvo una compañera a quien con una niña llevó a vivir a la casa de doña Uwaldina, pero, poco después, sin decir palabra ella se fue. Él la trataba bien, según la madre, pero pronto algo pasó. Desde entonces no tiene pareja, porque quedó resentido y desconfiado. No se sabe qué ocurrió. No tenemos el punto de vista de ella.  

La madre está satisfecha de lo que son sus hijos adultos. “No son malcriados, ninguno, son bien amorosos conmigo. No hay nada mejor en el mundo para esta mamá, que ser abrazada por sus hijos, como cuando la visita el que vive en Ciudad Sandino.  

Son incontables las personas para las que se ha hecho familiar el caminar pausado y firme de una anciana septuagenaria sobre la pista de concreto hidráulico, hacia el lugar donde hace guardia su hijo Wilber. Los ven sentados, platicando, mientras él desayuna. Luego, caminan hacia el Zumen, a tomar el bus de regreso al hogar. 

Son una pareja dispareja: él, alto y grandote, vigoroso, gordito, gordito; y ella, bajita, tez morena, sin engordar pese a la edad, desdentada, con sus vestidos largos, y generalmente de buen humor.  

La madre ríe a cada rato, “ji, ji, ji, ji”, tapándose la boca con un trapo blanco para que no la miren que se ha quedado chintana.   

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