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El martes 29 de mayo, Amnistía Internacional presentó en Managua un informe titulado “Disparar a matar”, en el que denunciaba el uso sistemático y letal de la fuerza por parte del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Hasta esa fecha, la organización contabilizaba al menos 89 personas asesinadas desde el inicio de las protestas ciudadanas el 18 de abril.
El informe fue publicado en vísperas de una marcha convocada para el 30 de mayo por las madres que habían perdido a sus hijos durante la represión. La sociedad civil se unió al llamado como muestra de respaldo y solidaridad.
En respuesta, el régimen convocó ese mismo día a una contramarcha oficialista y lanzó una campaña intimidatoria a través de medios afines y redes sociales. En sus canales, publicaron un video que incitaba a la violencia, con imágenes de sus militantes armados y usando de forma manipulada el poema Uníos, de David McField, musicalizado por Carlos Mejía Godoy bajo el título La Huelga.
La marcha ciudadana fue convocada para las 2:00 de la tarde. Las madres de las víctimas fueron las primeras en llegar, ubicándose al frente. En cuestión de minutos, la multitud era tan grande que se extendía desde la rotonda Jean Paul Genie hasta las inmediaciones de la rotonda de Metrocentro.
La impresionante convocatoria fue bautizada como “la madre de todas las marchas”. Un mar de banderas azul y blanco ondeaba entre mujeres con niños en brazos, jóvenes, adultos y ancianos que caminaban bajo el intenso sol.
Cuando la cabecera de la marcha llegó a la entrada de la Universidad Centroamericana (UCA), el grueso de los manifestantes aún transitaba cerca de los semáforos de la Universidad de Ingeniería. Fue en ese momento que estalló el horror. Paramilitares y policías apostados en el extremo opuesto de la universidad, así como francotiradores desde lo alto del Estadio Nacional Dennis Martínez, abrieron fuego indiscriminadamente contra la multitud.
La marcha se partió en dos. Los que venían detrás intentaron resguardarse, mientras los que estaban al frente quedaron atrapados bajo las ráfagas de fusilería. El tiroteo tenía la intensidad de un combate militar. Heridos y muertos yacían en el pavimento mientras voluntarios, la Cruz Roja y bomberos intentaban socorrer a las víctimas, sin poder atenderlos a todos.
Muchos manifestantes se lanzaron al suelo arrastrándose entre los adoquines para lograr salvar sus vidas. Otros arriesgaron la suya para sacar a los heridos en medio del caos.
Mientras esto ocurría, a pocas cuadras, el dictador Daniel Ortega ofrecía un discurso confrontativo:
“Si bien hay un dolor inmenso de las madres por la pérdida de sus hijos durante las protestas, el reclamo de ellas por justicia no puede llevar a la destrucción ni llevar nuevamente a la guerra en Nicaragua”.
Sus palabras contrastaban con las acciones violentas que ejecutaban sus fuerzas. La jornada terminó con una estela de muerte, sangre y dolor. El Día de las Madres en Nicaragua se tiñó de luto. Desde entonces, el 30 de mayo no sólo recuerda la valentía de las madres de abril, sino también la crueldad con la que fueron silenciadas.















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