Los detalles de la inspección del Organismo de Investigación Judicial (OIJ) de Costa Rica, sobre el atentado contra sus vidas que sufrieron en la capital de ese país un exiliado político nicaragüense y su pareja sentimental, son impresionantes, pero no novedosos. Es otro capítulo de una historia política macabra de larga data en Nicaragua.
Nos referimos al caso del activista opositor nicaragüense Joao Maldonado, y su compañera de vida Nadia Robleto, quienes el 10 de enero del año pasado fueron atacados a balazos en una zona de San José de Costa Rica por varios sujetos que les causaron graves heridas. Ellos pudieron sobrevivir al atentado criminal, pero hasta ahora no han logrado recuperarse de las graves heridas que sufrieron.
Más de un año después, el medio informativo nicaragüense que se edita en Costa Rica, Divergentes, ha publicado un reportaje bien documentado sobre la investigación del caso por parte de la OIJ. Esta señala entre los autores y cómplices del atentado criminal a un periodista nicaragüense, que pasaba por activista opositor, pero según las investigaciones policiales era un infiltrado de la dictadura de Nicaragua en la oposición.
La información indica que el atentado de enero del año pasado fue el segundo contra Maldonado, en San José de Costa Rica. El primero ocurrió en septiembre de 2021, pero en aquella ocasión pudo escapar ileso.
Esos atentados son parte de una siniestra historia de represión extraterritorial de la dictadura de Nicaragua, que el extinto comandante sandinista Tomás Borge llamó “el brazo largo de la revolución” que se extiende más allá de las fronteras.
Varias personas somocistas —y el mismo exdictador Anastasio Somoza Debayle—, pero también disidentes del sandinismo, fueron asesinados en otros países por el brazo criminal externo de la Revolución sandinista.
En realidad, los asesinos son individuos de carne y hueso que actúan en nombre de la dictadura y matan a otras personas, dentro o fuera del país, con el pretexto de “hacer justicia revolucionaria”.
Prácticamente todas las dictaduras actúan de esa manera, sean de izquierda o de derecha. Las dictaduras son homicidas por su propia naturaleza, cualquiera que sea el ropaje ideológico con que se cubran, o los objetivos que digan buscar.
No se debe olvidar que en los años 70 del siglo pasado, las dictaduras militares de extrema derecha que infestaron América del Sur ejecutaron el siniestro Plan Cóndor, que significó el asesinato de más de 50 mil personas calificadas como subversivas, comunistas, izquierdistas, opositoras, etc. Y a muchas las asesinaron fuera de sus países, donde estaban exiliadas.
La verdad es que “no hay dictaduras buenas, ni dictaduras menos malas, las dictaduras son todas malas”, aseguró Mario Vargas Llosa. “Algunas —agregó el laureado escritor hispanoamericano fallecido recientemente— pueden traer beneficios económicos, pero el precio que se paga es demasiado alto”.
Se refería a la pérdida de la libertad y a la brutal represión sistemática, que a veces extiende su brazo asesino más allá de las fronteras nacionales. Como lo ha demostrado una vez más el caso de Joao Maldonado y su pareja.