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Bajo los frescos de Miguel Ángel, en el corazón de la Capilla Sixtina, 133 cardenales electores —más jóvenes, más globales y con más experiencia diplomática que en décadas anteriores— se preparan para elegir al sucesor del papa Francisco.
Los ojos del mundo están sobre la Capilla Sixtina, donde el Colegio Cardenalicio elegirá al próximo representante de Cristo en la Tierra y obviamente desde las sombras en su lúgubre refugio en El Carmen, en Managua, un par de seres oscuros yacen pendientes del humo blanco que habrá de anunciar al sucesor del jesuita que falleció el pasado 21 de abril.
Lo que para otros países, líderes y gobiernos sería asunto de alegría y esperanza, para la pareja dictatorial nicaragüense el anuncio de un nuevo papa sería como el aviso de una nueva guerra política, a juzgar por las groseras “luchas” de los tiranos contra dos de los papas más queridos del mundo: Juan Pablo II en los años 80 y 90, y Francisco en las últimas décadas.
Y no es para menos. La relación de Ortega con la Iglesia católica ha sido, en el mejor de los casos, una guerra fría, y en el peor, un campo de batalla abierto.
Primero fue Juan Pablo II, quien, en 1983, durante su histórica y accidentada visita a Nicaragua, pidió silencio a las masas sandinistas que intentaban sabotear su misa. No en balde cuando su santidad volvió a Nicaragua en los años 90, bautizó aquel sangriento régimen sandinista como “la noche oscura de Nicaragua”.
Luego, bajo Francisco, Ortega intensificó la persecución: expulsó nuncios, confiscó universidades católicas, encarceló a obispos, desterró monjas y prohibió procesiones religiosas, en un país donde la fe popular católica es más fuerte que cualquier partido.
Con ese historial de odio contra el clero, es comprensible que el régimen sandinista tenga algún interés, aunque sea mudo de momento, en el resultado de este cónclave.

Los caminos de Roma
Primero veamos el panorama internacional que se desarrolla en Roma.
La muerte del papa Francisco, ocurrida el 21 de abril de 2025, ha marcado el inicio de un nuevo capítulo en la historia de la Iglesia católica.
A medida que el mundo católico se prepara para el cónclave que elegirá a su sucesor, el Vaticano ha confirmado que serán 133 los cardenales con derecho a voto en este proceso decisivo.
Originalmente, el Colegio Cardenalicio contaba con 135 electores —todos menores de 80 años, conforme establece la constitución apostólica Universi Dominici gregis—, pero dos de ellos, el español Antonio Cañizares y el bosnio Vinko Puljić, han informado su ausencia por razones de salud, reduciendo así el número total de participantes.
El Colegio Cardenalicio, en su conjunto, suma actualmente 252 miembros, de los cuales 117 han superado la edad límite para votar.
La composición de los electores refleja la impronta del pontificado de Francisco: de los 133 cardenales habilitados para participar en el cónclave, 108 fueron nombrados por él, 22 por Benedicto XVI y apenas 5 por Juan Pablo II.
La dimensión global de la Iglesia también se manifiesta en la diversidad de los participantes. Los 133 cardenales electores representan a 71 países, con Italia liderando el grupo con 17 cardenales, seguida de Estados Unidos con 10 y Brasil con 7.
Esta amplia representación regional confirma el giro hacia una Iglesia más universal, impulsado durante el pontificado de Francisco.
La edad promedio de los electores es de 69 años, lo que convierte este cónclave en uno de los más jóvenes de las últimas décadas, un dato que podría influir en la duración y dinámica de las deliberaciones.
El proceso de elección se llevará a cabo en la Capilla Sixtina, siguiendo el protocolo tradicional. Para ser elegido nuevo papa, un cardenal necesitará alcanzar al menos dos tercios de los votos emitidos, es decir, aproximadamente 89 votos, aunque la cifra final dependerá de la asistencia definitiva al momento del inicio del cónclave.
La prensa italiana y los expertos internacionales lo tienen claro: con un Colegio dominado por nombramientos de Francisco y un cuerpo electoral más diverso que nunca, la Iglesia se enfrenta a una decisión que no sólo definirá su futuro inmediato, sino también el rumbo de su misión pastoral en un mundo marcado por desafíos globales y profundos cambios sociales.

Los «papables«
En esta carrera, cinco nombres destacan en Roma, en encuestas internacionales y en las apuestas de Las Vegas:
Pietro Parolin (Italia, 70 años): Secretario de Estado del Vaticano, Parolin combina diplomacia milimétrica con una serenidad administrativa que haría soñar a cualquier dictador deseoso de que Roma no se inmiscuya demasiado en sus asuntos domésticos.
Fue pieza clave en la negociación del acuerdo con China para el nombramiento de obispos, demostrando que sabe cuándo ceder y cuándo callar.
Matteo Zuppi (Italia, 69 años): Arzobispo de Bolonia, presidente de la Conferencia Episcopal Italiana y mediador de paz en Mozambique, Zuppi representa la encarnación de la «Iglesia en salida» soñada por Francisco.
Cercano a las periferias, activo en el diálogo interreligioso y defensor de los migrantes, sería un papa incómodo para quienes prefieren obispos dóciles y silenciosos.
Luis Antonio Tagle (Filipinas, 67 años): Exarzobispo de Manila y actual prefecto adjunto de Evangelización, Tagle combina un carisma irresistible con una profunda sensibilidad social. Apodado el “Wojtyła asiático”, su elección enviaría una señal de que el centro de gravedad de la Iglesia ha girado definitivamente hacia el Sur Global.
Péter Erdő (Hungría, 72 años): Conservador, canonista de renombre y prudente hasta el extremo. Su enfoque jurídico y su apego a la tradición europea podrían ofrecerle atractivo entre quienes buscan un papado menos inclinado a los vaivenes políticos, pero también garantizarían que América Latina —y sus dramas— queden en un segundo plano.
Robert Sarah (Guinea, 79 años): Prefecto emérito de la Congregación para el Culto Divino, Sarah es un ultraconservador intransigente que ve con horror tanto la secularización como los experimentos pastorales modernos.
A un paso de la edad límite para votar, su presencia en el cónclave es más honorífica que real, pero obtiene apoyo discreto para quienes quieren ver al primer papa negro de la historia.

¿A quién preferiría Ortega?
Según el periodista católico Emiliano Chamorro, exeditor de la sección Religión y Fe del Diario LA PRENSA, si de Daniel Ortega y Rosario Murillo dependiera, “apostarían sin dudarlo por alguien como Parolin: un papa diplomático, moderado y enfocado en el equilibrio institucional, no en la denuncia profética».
Chamorro sostiene que “la diplomacia de Parolin, que prioriza el diálogo sobre el enfrentamiento, sería para Ortega la mejor garantía de que el Vaticano no va a convertir la persecución a la Iglesia nicaragüense en un escándalo global, como sí ocurrió en tiempos de Francisco”.
Según Chamorro, el cardenal nicaragüense Leopoldo Brenes viajó a Nicaragua con una encomienda de los Ortega Murillo: apostar a Parolin.
Zuppi y Tagle, en cambio, serían vistos como riesgos potenciales a criterio del periodista. “Ambos tienen un discurso de justicia social muy fuerte, y aunque no son políticos en el sentido clásico, su sensibilidad hacia las víctimas, los migrantes y los perseguidos les haría poner la lupa sobre Nicaragua más de lo que Ortega quisiera”, explica Chamorro.
Erdő, por su parte, “sería un papa más centrado en Europa y en debates doctrinales internos, lo que podría traducirse en una tregua involuntaria para el régimen sandinista”, dice Chamorro.
Mientras, de Sarah, Chamorro es claro: “Para Ortega, sería como saltar de la sartén al fuego: demasiado conservador, demasiado impredecible, y potencialmente capaz de reactivar la resistencia católica. Claro, conociendo el estrafalario gusto de Murillo por los cambios estéticos y culturales, un papa afro sería para ella un reflejo de sus ambiciones”.
La animadversión de Ortega y Murillo hacia la Iglesia católica no es nueva, pero desde 2018 se ha vuelto sistemática hasta enfrentar personalmente a Francisco con Ortega en un duelo de descalificaciones: Ortega llamando mafia al Vaticano y Francisco calificando de dictadura y desequilibrado al dictador.
Con ese prontuario, resulta evidente que la relación entre Nicaragua y el próximo papa será, como mínimo, complicada.
De acuerdo con Chamorro, Ortega y Murillo seguirán un patrón predecible: si el nuevo pontífice muestra diplomacia y evita condenas públicas, el régimen intentará explotar su imagen para recuperar algo de legitimidad internacional.
Iniciará con saludos, lisonjas e invitaciones corteses a como lo hizo con Francisco.
Si, en cambio, el papa elegido asume un perfil profético y apoya a la Iglesia nicaragüense perseguida, la dictadura intensificará su retórica de “defensa de la soberanía” y su persecución religiosa.
“El Vaticano no puede cambiar la esencia de la dictadura sandinista”, concluye Chamorro. “Pero el tono y el alcance de la defensa de la Iglesia sí dependerán, en buena medida, de quién se siente en la Catedral de Pedro”, dice Chamorro.

Termina mal, lo que inició mal
El periodista especializado en temas religiosos, Israel González Espinoza, opina que muy poco podrá cambiar un nuevo papa en su visión sobre lo que ocurre en Nicaragua bajo la dictadura de los Ortega Murillo.
El periodista católico criticó duramente la nota de condolencia enviada por el régimen de Ortega Murillo a raíz del fallecimiento del papa Francisco, calificándola como “una absoluta mentira” y señalando que revela “la incomprensión histórica” que el oficialismo ha tenido hacia el fenómeno religioso en Nicaragua.
“Nuestras relaciones, como nicaragüenses creyentes, devotos y fieles a la doctrina de Cristo Jesús, fueron difíciles, accidentadas, desgraciadamente influidas por circunstancias adversas y dolorosas que no siempre se entendieron”, escribieron Ortega y Murillo en su mensaje de “condolencias”.
“A pesar de lo complejo y duro, a pesar de las manipulaciones que todos conocemos, a pesar de los pesares, mantuvimos nuestra esperanza en alto desde la fe cristiana, y supimos entender la distancia y, sobre todo, la complicada y alterada comunicación que no nos permitió las mejores relaciones, aunque también supimos comprender la confusión generada por voces altisonantes que entorpecieron todo intento de verdadera interacción”, indicaron.
En su análisis, González Espinoza afirmó que Ortega y Murillo “jamás han comprendido cómo funciona la fe de la población nicaragüense ni cómo opera la Santa Sede”, recordando que, ya en la década de los ochenta, el régimen sandinista sostuvo confrontaciones abiertas con la Iglesia católica “sin aprender absolutamente nada de sus errores”.
“La postura que asumió Francisco será la misma que herede cualquier nuevo líder de la Iglesia católica”, advirtió el periodista.
Señaló que aunque la Iglesia siempre buscará el diálogo y la paz, “eso no significa que, si atacan a sus miembros, a sus instituciones, a sus símbolos y valores fundamentales, no saldrá en su defensa”.

Una crítica para la historia
Según González Espinoza, el régimen podría intentar recomponer relaciones con el Vaticano tras la elección del nuevo pontífice. No obstante, enfatizó que si continúa la persecución religiosa en Nicaragua, el próximo papa “alzará su voz”, primero por la vía diplomática y, de no haber respuesta, “lo hará públicamente desde la Plaza de San Pedro, reclamando libertad religiosa y justicia para las víctimas en Nicaragua”.
El periodista subrayó que este patrón de reacción del Vaticano no es exclusivo del caso nicaragüense.
“La historia reciente demuestra que cuando los gobiernos intentan ningunear o someter a la Iglesia, el santo padre primero intenta relajar las tensiones; pero cuando no se puede, habla, y habla claro”, puntualizó.
En referencia directa a las declaraciones que el papa Francisco realizó en marzo de 2023 sobre la dictadura de Nicaragua y principalmente contra Ortega, González Espinoza recordó que el pontífice comparó al régimen de Ortega y Murillo con las dictaduras hitlerianas de 1935 y comunistas de 1917, y llegó a insinuar que el líder sandinista “podría padecer un desequilibrio mental”.
Para el periodista, estas afirmaciones pasarán a la historia ya que representan “dos de los epítetos más duros jamás escuchados de un papa en activo hacia un sistema de gobierno”.
Finalmente, lamentó que Nicaragua haya quedado marcada en la historia moderna de la Iglesia católica como un ejemplo de persecución religiosa tan severa, que obligó al sumo pontífice a “definir de manera tan nítida” la naturaleza del régimen sandinista: “una dictadura guaranga”.
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