A primera hora de la madrugada de este sábado 26 de abril, en el tiempo horario de Nicaragua, se han llevado a cabo los funerales del papa Francisco, con el acompañamiento de multitudes de católicos de todo el mundo y la presencia de muchos jefes de Estado y representantes de gobiernos de sus países respectivos.
Es comprensible que así haya sido, porque el papa Francisco era la personalidad más influyente y respetada del mundo, incluso en países cuyas poblaciones no son cristianas ni católicas y estas religiones son minoritarias. Por supuesto que el papa Francisco también tenía sus detractores, como le ocurre a toda persona que se destaca en cualquier ámbito público, pero en todo caso sus enemigos y desacreditadores eran muy pocos.
Se sabe que el Vaticano tiene relaciones diplomáticas con 184 de los 193 Estados del mundo. Y a pesar de que no es una potencia económica ni militar, la Santa Sede y personalmente el papa tiene una gran fuerza política y moral que le permite influir sensiblemente en el acontecer internacional. Inclusive, ser en algunas ocasiones un mediador exitoso para la solución de graves conflictos nacionales e internacionales.
Con Nicaragua el Vaticano tiene también relaciones diplomáticas, pero desde marzo de 2023 están suspendidas por decisión de la dictadura. Un año antes había expulsado del país al nuncio apostólico (el embajador de la Santa Sede), habiendo quedado la Nunciatura a cargo del secretario. Pero este también fue echado del país al suspender la dictadura de Nicaragua las relaciones con la Santa Sede después de que el papa Francisco la comparó con la estalinista de Rusia y la hitleriana de Alemania.
No obstante, ya fuese por conveniencia diplomática o por hipocresía política, o por ambos motivos juntos —esto no lo podemos saber—, al morir el pontífice la dictadura de Nicaragua emitió una declaración oficial que no fue precisamente de pésame, sino de justificación por su hostilidad contra el Vaticano y el ahora extinto papa Francisco.
Ahora, según informó LA PRENSA este viernes 25 de abril, la codictadora Rosario Murillo dio a conocer que en los funerales del papa Nicaragua ha sido representada por un diplomático de origen italiano, pero nacionalizado nicaragüense, que está a cargo de varias embajadas del país en Europa; acompañado por su esposa y la embajadora de Nicaragua en Italia.
Con sorprendente franqueza o de manera malintencionada, según se quiera entender, la señora Murillo agregó sinuosamente que esa delegación gubernamental “ha estado también acompañando en distintas ceremonias al cardenal, su eminencia reverendísima, Leopoldo Brenes, y al vicario de Managua, padre Julio César Arana, quienes se encuentran allá en Roma”.
Por su parte la Arquidiócesis de Managua publicó una fotografía en la que se ve al cardenal con los delegados gubernamentales mencionados. La cual no tiene nada de raro ni especial pues es lógico que esas personas quisieran fotografiarse con el cardenal Brenes.
Lo importante es la declaración de la señora Murillo, que da o podría dar a entender que confirma lo que previamente aseguraron algunas personas detractoras del cardenal Brenes, católicas incluso, de que él ha llevado a Roma la representación oficial de Nicaragua con una agenda de gestiones ante el Vaticano, en el interés de la dictadura. Tales gestiones serían, una, cabildear para que el candidato de los Ortega y Murillo a nuevo papa sea el cardenal Pietro Parolin; otra, cabildear también para que como sustitutos de los obispos nicaragüenses desterrados sean nombrados sacerdotes gratos al régimen; y tercera, convencer al Vaticano de que en Nicaragua todo está normal y la gente feliz.
Es muy posible que lo dicho por la vocera de la dictadura haya sido una maliciosa artimaña para dar a creer que en realidad el cardenal Brenes está a su servicio, como aseguran sus detractores, y así desprestigiarlo totalmente.
En realidad, es muy difícil creer que los representantes de la dictadura estén acompañando al cardenal Brenes en ceremonias que son privativas de los miembros del Colegio Cardenalicio. En las cuales ni siquiera el sacerdote que lo acompaña, Julio Arana, tiene derecho de participar.
Pero de cualquier manera que sea, es obvio que hay intención de confundir y sembrar más decepción en un pueblo que, de lo que más necesitado está, es precisamente de esperanza y confianza en su Iglesia y sus pastores.