El pueblo católico y todos los nicaragüenses de buena voluntad, democráticos y pacíficos, lamentan el fallecimiento del papa Francisco, a los 88 años, en la mañana de este lunes 21 de abril.
Como dicen todos los que con conocimiento del tema se están ocupando de su deceso, el papa Francisco ha entrado en la historia por muchas razones, entre otras la de ser el primer papa de origen latinoamericano y el primero también de la comunidad jesuita. Pero también, y sobre todo, por las reformas que impulsó para adaptar la Iglesia a los nuevos tiempos, a pesar de la cerrada oposición de los sectores más conservadores de la Iglesia.
Como sea, nadie puede ser indiferente ante la vida, obra, muerte y legado del papa Francisco. En Nicaragua su fallecimiento ha conmovido tanto a la gente opositora como a la alineada alrededor de la dictadura. En una sociedad tan polarizada políticamente como la nicaragüense, la influencia de la Iglesia católica y personalmente del papa no deja indiferente a nadie, cualquiera que sea su creencia religiosa y su posición política.
Pero son sentimientos opuestos los que ha producido en Nicaragua la muerte del papa Francisco. Por un lado, de dolor en la gente genuinamente católica y democrática. Por el otro, la hipocresía política de la dictadura que persigue y reprime a la Iglesia, y que hasta insultó personalmente al papa ahora fallecido. Sin embargo, en un comunicado oficial los copresidentes dictadores dicen que lamentan su muerte.
Desde que estallaron las protestas sociales el 19 de abril de 2018 que espontáneamente se convirtieron en rebelión nacional contra el régimen dictatorial, el papa Francisco mostró su simpatía con el pueblo nicaragüense. En particular, por supuesto, con la Iglesia católica de Nicaragua, la que de buena fe y por solicitud del régimen intentó encontrar una solución pacífica a la profunda crisis sociopolítica nacional proponiendo un plan de transición gradual a la democracia sustentado en la propia Constitución.
Pero quienes detentaban el poder de manera autoritaria no querían un cambio democrático. Su interés era que la Iglesia apaciguara a la gente que se había tomado las calles y plazas de todo el país, y que a cambio de algunas medidas cosméticas se sometiera al régimen para que Nicaragua volviera a la normalidad siempre dominada por el partido sandinista de Ortega y Murillo.
De manera que la mediación de la Iglesia católica que fue respaldada por el Vaticano con la presencia del nuncio apostólico, monseñor Waldermar Sommertag, fracasó porque el régimen de Ortega y Murillo en vez de ceder prefirió enfrentar la crisis con la represión total. Falazmente calificó la patriótica propuesta de los obispos para una transición institucional a la democracia, como intento de golpe de Estado y a partir de allí desató contra la Iglesia, igual que contra la oposición política, la represión y persecución que no cesa hasta ahora.
Sin embargo, ante la muerte del papa Francisco los dictadores Ortega y Murillo se declaran “nicaragüenses creyentes, devotos y fieles a la Doctrina de Cristo” y dicen lamentarse de que sus relaciones con él “fueron difíciles, accidentadas, desgraciadamente influidas por circunstancias adversas”.
Agregan los dictadores en su declaración oficial: “A pesar de lo complejo y duro, a pesar de las manipulaciones que tod@s conocemos, a pesar de los pesares, mantuvimos nuestra Esperanza en alto desde la Fé Cristiana, y supimos entender la distancia y, sobre todo, la complicada y alterada Comunicación que no nos permitió las mejores relaciones, aunque también supimos comprender la confusión generada por voces altisonantes que entorpecieron todo intento de verdadera interacción”.
¡Cuánta desfachatez! Si realmente respetaran la memoria del papa Francisco, deberían poner fin por lo menos a la persecución contra la Iglesia. Dejar que las celebraciones religiosas se realicen en libertad. Permitir que los obispos, sacerdotes y demás servidores religiosos regresen a su país, a sus diócesis y sus parroquias.
De todas maneras, a pesar de lo que hagan y digan los dictadores guarangos de Nicaragua, el papa Francisco “descansa en paz y brilla para él la luz perpetua. Amén”.