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La madrugada en que “Jorge” y “Juana” cruzaron de Estados Unidos hacia Canadá tuvieron miedo de morir congelados en el camino. “Nunca había sentido tanto frío en mi vida. Tenía los dedos de los pies morados y me costaba moverlos cuando me quité los zapatos”, dice ella, una joven nicaragüense de 27 años, originaria de Malacatoya, Granada y que nos pide no revelar su verdadero nombre por dos razones: porque su familia aún vive en Nicaragua, pero, sobre todo, para no boicotear su proceso de refugio en Canadá.
“Luis”, de 29 años, es otro joven nicaragüense que también decidió dejar Estados Unidos y migrar a Canadá para evitar ser expulsado de ese país por las políticas antinmigrantes anunciadas por Donald Trump desde que regresó a la Casa Blanca en enero de este año. Al igual que Jorge y Juana, nos pide no usar su verdadero nombre porque el gobierno canadiense les ha explicado que, al ser solicitantes de refugio, no pueden dar declaraciones a medios de comunicación porque eso los expone aún más.
Estos tres nicaragüenses son algunos de los migrantes que ya empiezan a moverse aún más al norte del continente. Salieron de Nicaragua por la persecución del régimen Ortega Murillo y huyendo de la crisis económica, y ahora salen de Estados Unidos escapando de las políticas de Donald Trump. Canadá se ha convertido en el nuevo destino porque “es un país amigable” con los migrantes, señalan, debido a las políticas de acogida y de integración que tiene para las personas que llegan buscando refugio, como Luis, Juana y Jorge.

Canadá es el segundo país más grande del mundo y se le conoce como “el gigante blanco” por la nieve que cubre su territorio durante casi todo el año. De acuerdo con cifras del último censo nacional, en 2021, un total de 13,840 nicaragüenses vivían en ese país hasta ese año. La mayoría, un 48 %, estaban ubicados en la provincia de Ontario.
Consejos para migrar a Canadá
Si usted tiene planes de migrar a Canadá y solicitar refugio como hicieron Luis, Jorge y Juana, debe tener en cuenta que sólo puede hacer la solicitud en una oficina de la Agencia de Inmigración, Refugiados y Ciudadanía de Canadá (IRCC), o en su sitio web, en los primeros 14 días desde que cruzó la frontera.
Debe tener en cuenta que no puede hacer la solicitud en los puestos fronterizos porque ahí se lo negarán y lo pueden regresar a Estados Unidos.
Esto se debe a que Canadá tiene un acuerdo con Estados Unidos de no aceptar solicitudes en esa frontera, por considerar que la persona está llegando desde otro país seguro.
Los nicaragüenses que ya hicieron este trámite aconsejan que las personas crucen la frontera y antes de cumplir 14 días, que se dirijan a la oficina de IRCC más cercana para presentar su solicitud.
Luego le notificarán para que asista a una audiencia en donde deberá explicar las razones por las que busca refugio y presentar las pruebas del caso. Es importante que tenga asesoramiento de un abogado. En caso de no poder contratar a uno, puede buscar ayuda con organizaciones que dan asesoramiento legal en Canadá.
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Una vez hecha la solicitud, según la experiencia que tuvieron Luis, Jorge y Juana, el gobierno canadiense le asegura hospedaje en hoteles o centros de refugiados, así como alimentación y una manutención mensual. También le ayudan para aprender inglés o francés, los idiomas oficiales de ese país.
Además, a los migrantes les ayudan a formarse en sus oficios o profesiones para las que se prepararon y les entregan un permiso de trabajo mientras se resuelve su solicitud de asilo o refugio. Tienen derecho a atención médica, medicamentos recetados y atención dental de emergencia, y los niños de familias solicitantes de refugio pueden asistir a escuelas públicas desde preescolar hasta la secundaria.
Por otro lado, también hay organizaciones que asesoran a los migrantes para orientarse sobre la vida en Canadá, y les dan asistencia para encontrar apartamentos y otros programas de integración. “Aquí valoran mucho a los migrantes, no sólo porque viene huyendo de dictaduras, sino también porque aportan mucho a la economía, vienen a trabajar y no siento que haya tanta discriminación como en Estados Unidos”, indica Luis.

Empezar de cero, otra vez
No era la primera vez que Juana y Jorge cruzaba una frontera de manera irregular. El 23 de agosto de 2022 esta pareja salió de Nicaragua rumbo a Estados Unidos para buscar mejores oportunidades laborales y enviar dinero para sus dos hijos, de 6 y 4 años.
“Casi un mes después estábamos cruzando el río (Bravo)”, cuenta Juana. Ella casi deja la vida en ese caudal, pero se aferró fuerte a los brazos de Jorge para que no se la llevara la corriente y se convirtiera en una ahogada más de esos miles de migrantes que se llevó el afluente en aquellos años. “Se me estaba soltando, pero otro de los muchachos del grupo me ayudó a agarrarla y ya pudimos pasar”, detalla Jorge, de 32 años.
La pareja no se entregó a las autoridades de Migración, sino que prefirieron moverse a San Antonio, Texas, en donde tenían a conocidos que los acogieron por unos días, hasta que en noviembre de 2022 se mudaron a Roanoke, en Virginia, porque Jorge encontró un trabajo como mecánico de camiones en donde le pagaban muy bien y no le pedían papeles.
Ninguno de los dos quiso pedir asilo en Estados Unidos porque “la verdad no tenemos pruebas que hayamos andado en las protestas, y también queríamos venir a trabajar porque allá la situación está muy dura”, señala Jorge, mientras que Juana, que hasta enero de este año trabajaba lavando platos en un restaurante, confiesa que “no sabíamos cómo se hacen esas cosas (solicitar asilo). Lo que nosotros queríamos era trabajar, ahorrar y traernos a los niños”.
Jorge y Juana tenían planeado llevar a sus hijos a Estados Unidos en septiembre de este año. Para eso han estado ahorrando desde que llegaron, pero no contaban con que Donald Trump desataría una cacería en contra de inmigrantes como ellos: indocumentados. Esa misma cacería, aseguran, los llevó a migrar a Canadá para evitar ser deportados.
“Yo perdí mi trabajo porque tenía miedo de salir y que me echara presa la Policía o los de USCIS (migración de Estados Unidos)”, relata Juana, quien dice que estuvo dos semanas encerrada por miedo a que la deportaran.
“Todo lo que teníamos ahorrado para traer a los niños lo tuvimos que usar para venirnos aquí porque si nos regresaban para Nicaragua, no íbamos a encontrar trabajo. Yo estuve allá casi un año sin trabajo antes de venirnos y sólo Dios sabe cómo hacía para llevarle la comida a mis hijos”, dice Jorge desde Ottawa, Canadá, la nueva ciudad en donde está asentado con Juana.
La noche del 5 de febrero de este año la pareja salió de Roanoke para cruzar la frontera sur de Canadá, por el norte del estado de Nueva York. Primero llegaron en bus a una gasolinera en un pueblo llamado Plattsburgh, a unos 30 kilómetros de la frontera. De ahí, tomaron un taxi que los llevó a Roxham Rode, un camino rural que es el principal cruce de migrantes que van desde Estados Unidos hasta Canadá. Recuerdan que estaba cayendo mucha nieve esa madrugada.
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“Caminamos en la madrugada, casi amaneciendo, unos 5 kilómetros y los pies se nos enterraban en la nieve”, relata Jorge, quien llevaba una mochila y una maleta de ruedas que no podía arrastrar porque la nieve no se lo permitía.
Además de Jorge y Juana, los acompañaban otros dos amigos, una colombiana y un peruano que también eran indocumentados y estaban huyendo de las políticas de Trump. Este último conocía el camino para llegar sin ser vistos a la frontera con la provincia canadiense de Quebec.
Tras cuatro horas de caminata, desvelados y bajo la nieve, la pareja de nicaragüenses y sus amigos llegaron a territorio canadiense. Se quedaron unos días en la ciudad de Montreal, pero terminaron moviéndose a Ottawa en donde solicitaron refugio.
Ambos están conscientes de que sus casos no son fuertes para que les otorguen el refugio, pero confían en que las cosas saldrán bien para ellos. Por ahora, Jorge encontró un trabajo en construcción, mientras que Juana recientemente empezó a trabajar cuidando mascotas. Su meta, ahora que empiezan a integrarse en Canadá y aprender el idioma, es volver a ahorrar para finalmente mandar a traer a sus hijos que todavía están en Nicaragua.
Canadá o la cárcel
Luis es originario de Masaya y primero llegó a Estados Unidos de manera irregular el 4 de febrero de 2023 huyendo de la represión del régimen de Daniel Ortega. “Mi casa fue allanada por la Policía porque yo era miembro de un movimiento de oposición allá y los CPC del barrio ya me conocían. Ellos me echaron a la Policía”, acusa.
Por esa razón migró a Estados Unidos y reconoce que cometió el “error” de no solicitar asilo político a tiempo. “Yo no me asesoré bien y se me acabó el tiempo para solicitar asilo y me quedé ilegal”, explica, pero con las políticas de Trump, todo se complicó para él. “Como estoy sin papeles, más bien me pueden deportar y no quiero eso porque seguro que me echan preso allá” en Nicaragua, insiste.

La familia de Luis fue clara con él cuando Donald Trump anunció las deportaciones masivas de migrantes irregulares que están en Estados Unidos. “Buscá cómo moverte de ahí que yo no quiero que vengás a caer preso”, le dijo su madre.
Su primera opción era España, porque ahí tiene amigos y conocidos que le pueden dar una mano, “pero yo no tenía dinero para comprar el boleto de avión. Y segundo que me daba miedo que, al ir al aeropuerto para viajar a España, ahí mismo me detuvieran y más bien me mandaran a Nicaragua”, explica.
Por esa razón, Luis decidió migrar hacia el norte. Dejó Nueva Jersey, la ciudad en donde vivió los últimos dos años, el 21 de marzo de este año. Tomó un bus por nueve horas hasta Vermont y cruzó hacia Canadá a través de un pueblo llamado Swanton.
“Caminé como unos 10 kilómetros y ya después agarré un bus hasta llegar a Montreal”, en donde solicitó refugio, comenta Luis.
Este joven está a la espera de que le entreguen su permiso laboral para poder aplicar a un empleo. De momento, sobrevive con la manutención que le dan las autoridades canadienses. “La diferencia entre Canadá y Estados Unidos es muy grande. Yo siento que aquí se preocupan por uno, porque uno esté bien. Hasta atención psicológica estoy recibiendo”, detalla.
Ni Luis, ni Jorge ni Juana tienen claro si algún día regresarán a Nicaragua. Por ahora, “no es una opción”, dice Luis, mientras que Juana se reconforta con la esperanza de que al menos en Canadá, “no me van a deportar como una delincuente”.
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