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La primera vez que lo rechazaron se sintió tan humillado y furioso que se quedó mudo de la rabia y los insultos que bullían en la cabeza se le atoraron en la garganta. Se guardó las palabras y lloró en silencio.
Había llegado puntual al campo de entrenamiento donde los scouts de Grandes Ligas probarían a varios muchachos con destellos de talentos para el beisbol. A Ismael Munguía no lo habían tomado en cuenta para esa prueba, a como tampoco lo habían considerado antes para otras pruebas, en otros equipos.
La persona que dirigía la actividad, lista en mano, buscó su nombre entre el listado de prospectos y lógicamente no lo encontró. “No estás aquí, no pasas”, le dijo. Pero Munguía insistió: “Pruébeme y se va a convencer”.
Tenía entonces 16 años, pesaba apenas 135 libras y medía 173 centímetros de altura. Era el más flaco y bajo entre los aspirantes convocados al campo de prueba.
El cazatalentos lo miró de pies a cabeza con un gesto de burla. Llamó a alguien de la lista y cuando este se acercó, el scout le ordenó a Munguía: “Ponte a la par de él”. Munguía apenas le llegaba a los hombros y medía como tres tallas de camisa menos que el otro prospecto.
“Tú no estás para esto. Eres muy chico”, le dijo el hombre y lo apartó de las pruebas.
Diez años después, con más libras y con más experiencias, Ismael Humberto Munguía Martínez tiene a toda una afición entusiasmada por la posibilidad y cercanía de ascender al mejor beisbol del mundo con uno de los equipos más caros, populares e históricos de las Grandes Ligas: los Yankees de Nueva York.
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Primer rechazo
Cuenta el cronista deportivo chinandegano Ariel Tábora que un día un muchacho se le acercó al campo de entrenamiento con un niño muy delgado y bajito, de unos seis años, con un guante de beisbol muy grande para sus manos.
Eran los Munguía: Ismael, el padre y su hijo del mismo nombre. Al muchacho lo conocía como fotógrafo y aficionado a los deportes.
El papá fue franco: quería que le dieran un cupo a su hijo en el equipo que Tábora dirigía. “¿Qué edad tiene?”, preguntó curioso Tábora. “Seis cumplidos”, respondió el papá. “No. Muy chico. Infantil A es de 8 a 10 años. No cabe, lo siento”, le respondió.
Pocos años después, un día mientras iba muy tempano para el estadio, vio a un niño zurdo jugando la primera base en un partido recreativo. Era muy flaco y elástico, pero jugaba de manera espectacular, era un show corriendo, guanteando, bateando, animando.
“¿Quién es ese chavalo?”. Preguntó al anotador del juego. “Se llama Ismael Munguía”, le respondió. ¿Edad? Nueve, le dijo el anotador.
“Me acordé de él y su papá. Ahora sí tenía edad para jugar infantil”, dice.
“A mí me interesó buscarlo porque yo, aparte de ser cronista deportivo, dirigía equipos infantiles y era el vocero de las pequeñas ligas, así como promotor del deporte infantil. Así que fui a buscar al padre para integrar a su hijo a mí equipo”, recuerda Tábora.
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Lo querían hacer fotógrafo
Su papá tenía dos oficios: era instructor físico en un gimnasio y se ganaba la vida como fotógrafo, de modo que quería que su hijo siguiera sus pasos.
Le enseñaba enfoques, ángulos, panorámicas, encuadres, trucos de sombras y contraluces.
“Qué no hizo su papá para que Ismael fuera fotógrafo, pero el muchacho era duro para buscarle el lado al oficio. Su papá lo trataba severo, queriendo encausarlo, pero el chavalo tenía el beisbol tatuado en la mente”, dice otro cronista deportivo nicaragüense que conoció la historia de Munguía antes de que su nombre sonara en la crónica deportiva.
“Si te gusta el beisbol podés ser fotógrafo deportivo. Los fotógrafos entran gratis a los juegos”, insistía con esperanzas el papá.
Pero el chavalo soñaba otra cosa: no quería tomar fotos, quería ser el centro de atención de los fotógrafos y de la prensa especializada.
Desesperanzado, el papá lo empezó a entrenar: “Si vas a ser beisbolista al menos debes aprender a entrenar duro físicamente”.
Y lo llevaba a los gimnasios y a los cuadros a entrenar. A correr para ganar resistencia; a desplazarse para ganar velocidad; a saltar para agarrar fuerza en las piernas.
La insistencia del padre empezó a dar frutos y pronto Munguía empezó a repartir palo en todos los cuadros del departamento y en las ligas nacionales.
Ismael Munguía jugó dos años con Tábora en el equipo infantil Fidel Haldo Dubón Callejas y quemó la liga, pero su papá quería buscar suerte en otros equipos.
Según Tabora, Ismael comenzó a brillar con más intensidad cuando entró a las academias de beisbol, primero a la de Denis Martínez como lanzador y luego a la academia de Vicente Padilla, el expelotero de Grandes Ligas, como jugador de cuadro, en primera base.
“El papa de Ismael habló con doña Tina, la mamá de Padilla, y ahí empezó a rozarse con Lester Loáisiga, con Manuel Dormez, Vicente Padilla, todos los que estaban involucrados en la primera división”, recuerda Tábora.
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Campos si, aulas no
De Ismael Munguía dicen que estaba tan metido en el beisbol estaba, que no prestaba atención a las clases.
Este otro locutor deportivo nicaragüense que conoce a su familia recuerda que el muchacho se escapaba de las aulas para ir a jugar, no estudiaba ni hacía tareas por estar jugando y hablando de beisbol.
“Lo expulsaron de varios colegios de Chinandega, desarrolló un fuerte instinto de competencia y rivalidad y peleaba contra compañeros de aula, se estaba poniendo rebelde porque él no quería estudiar, él quería pasar día y noche jugando”, dice este cronista.
Cuenta que un día el papá de Ismael llegó a buscar a los directores del colegio Fidel Haldo Dubón Callejas a pedir una beca para su hijo, porque ya lo habían expulsado de otros colegios, y como centro tenía la reputación de ser estricto, pensaba que lo podían corregir.
Ariel Tábora, quien dirigía los equipos de beisbol del citado colegio, recuerda que en efecto el papá del jugador llegó a buscar cupo.
El periodista habló con la dirección del colegio para abogar por Ismael: no querían porque sus calificaciones eran bajas y había rotado en varios colegios por problemas de disciplina. Pero le dieron la oportunidad.
“Estuvo dos años ahí, se moderó un tiempo, pero terminó expulsado y lo admitieron en el instituto Tomás Ruiz, que era el único y último que lo admitió ya por la fama de buen jugador que se había ganado”, recuerda.
Ahí su padre le dio a elegir: “Decime si vas estudiar esta vez o te vas a dedicar al beisbol, para no seguir en este juego y no volver a fajearte…” Ismael tomó una decisión y cambió el uniforme escolar por el uniforme deportivo.
“A pesar de su rebeldía juvenil no era un mal muchacho, era muy interesado en entrenar duro para ganar oportunidades y ayudar a su familia”, dice Tábora.
“Hoy ha mejorado su carácter, ya no es aquel adolescente díscolo, está más centrado en su futuro deportivo y en invertir en pequeños negocios para mantenerse porque sabe que la juventud se va y con ella la fortuna de los deportes y pues ya tiene 26 años, una edad límite para ser tomado en cuenta para las Grandes Ligas”, expresa el cronista deportivo.
El padre del pelotero, contactado para este perfil, declinó comentar sobre la historia de su hijo. Y Munguía, por medio de terceras personas, dijo que de momento prefería enfocarse en el juego.

Un scout generoso
De acuerdo con el cronista deportivo chinandegano, Munguía fue puliendo poco a poco su estilo de juego entre los entrenamientos juveniles y los consejos y asesorías de los jugadores de primera división y de los profesionales que giraban en torno al ex bigleaguer Padilla.
Ahí lo “descubrió” Lester Loáisiga, un cazatalentos, quien consciente de su limitación física, pero confiado de su tenacidad, empezó a buscarle oportunidades con todos los scouts posibles, pero siempre lo rechazaban por dos razones: era muy bajo y delgado con un 1.73 centímetros de altura y 135 libras de peso.
“Munguía era objeto de burla de muchos scouts que lo descartaban apenas lo veían. Él y su papá sufrieron muchas humillaciones, rechazos, a veces ni lo dejaban entrar a las pruebas, en algunos casos para desalentarlos les cobraban para ponerlo a pruebas, pero ellos siempre insistían en demostrar que tenían madera para ello”, dice Tábora.
“A menudo ellos iban por su cuenta a los tryouts, sin que nadie los invitara. Al último tryout que ellos llegan, firman a Munguía. Fue algo impresionante”, rememora Tábora.
“Cuando ellos llegan de metidos, los miran de reojo, les reprochan que qué llegan a hacer con ese muchacho desnutrido. Ellos son humildes, más el papá porque Ismael se sentía con el orgullo herido y es de carácter fogoso, pero se contenía”, relata.
El padre insistía: quiero que prueben a mi hijo. Se le reían. “Aquí está perdiendo el tiempo, no tiene ni estatura ni cuerpo”, le decían.
Pero ellos insistían: “¿Y cómo José Altuve fue firmado? Alegaban, en referencia a la estrella de los Astros de Houston, un endiablado bateador con cinco centímetros menos de estatura que Munguía.
“La competencia para Ismael era impresionante. La mayoría de los muchachos citados para ser evaluados medían de 6 pies para arriba, de 85 kilos a más, fuertes, altos. El más pequeño de todos era Ismael”, recuerda Tábora.
Lester Loáisiga, como representante de Ismael, abogaba siempre a favor de Ismael ante los scouts. “Él siempre pedía que valoraran más su bateo que su físico. El caso es que ante la insistencia lo admiten a prueba, pero les cobraron 300 córdobas y les exigieron donar las pelotas para la práctica, sino no pasaban a prueba. Tuvieron que pagar para entrar a prueba”, rememora el periodista deportivo chinandegano.
Aquel día Ismael le dio duro a la bola, bateó todo lo que pasaron, corrió más rápido de lo que podía y agarró todo lo que la batearon.
Ese 25 de julio de 2015, al finalizar la prueba, Munguía fue el único entre todos los aspirantes que firmó para una organización de Grandes Ligas, los Gigantes de San Francisco. Y a regañadientes.
Al final le dieron un voto de confianza y un contrato de los más bajos que se acostumbran por la firma de un pelotero para las ligas menores: 22 mil dólares.
“Nunca habían tenido tanto dinero en toda su vida. Reían y lloraban de la emoción”, dice el cronista deportivo nicaragüense, quien recuerda que la familia era tan pobre que la mamá de Ismael, Mercedes Martínez, tuvo que migrar a Panamá a buscar trabajo, dejando al niño bajo el cuido del padre.
Lester Loáisiga, quien era su representante ante los agentes, tenía derecho a un porcentaje de la firma, pero no aceptó un dólar. Les dijo que mejor invirtieran el dinero en una casita, porque Ismael y su familia ni siquiera tenían casa propia, andaban rentando por todos lados.
Así que, gracias a esa insistencia, y a aquel contrato, los Munguía compraron su primera casa.
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De San Francisco a Nueva York
Munguía debutó en las ligas menores de los Gigantes de San Francisco en junio de 2016 y desde entonces ha estado destacando con el bateo y luchando por subir a las Grandes Ligas.
Ha estado cerca de lograrlo en dos ocasiones: en 2024 cuando fue invitado a los Juegos de Primavera del equipo mayor de los Gigantes de San Francisco y este año, ya firmado por los Yankees de Nueva York para las ligas menores, cuando fue invitado a los Juegos de Pretemporada del equipo mayor del Bronx.
Por algunas semanas de marzo pasado, Munguía entusiasmó a los aficionados del beisbol nicaragüense por su desempeño prometedor con los Yankees.
A la vez, atrajo la mirada de la prensa estadounidense y los expertos que siempre ponen sus reflectores sobre los prospectos de los llamados “bombarderos del Bronx”.
El mismo manager de los Yankees, Aaron Boone, se refirió con entusiasmo al estilo de bateo de Munguía y dijo que le recordaba mucho a dos jugadores que fueron verdaderas estrellas de la Gran Carpa: Ichiro Suzuki y Tony Gwynn. Boone dijo que ha visto en Ismael Munguía un poco de ambas leyendas.
El periodista deportivo Edgar Rodríguez siguió con entusiasmo y genuina sorpresa el desempeño de Munguía en esta breve pero intensa pretemporada.
“Durante el Spring Training de 2025, Munguía tuvo la oportunidad de demostrar su potencial con los Yankees. Aunque inició con un rendimiento prometedor, su desempeño ofensivo experimentó altibajos. En sus últimos nueve turnos al bate, no logró conectar hits, lo que afectó su promedio de bateo”, escribió Rodríguez.
Munguía terminó con .372 de promedio de bateo en los entrenamientos, una marca sobresaliente para el muchacho que también mostró una buena defensa y corrió con mucha velocidad.
El chinandegano conectó 16 hits en 43 turnos, con seis anotadas, una empujada, un doble, dos triples, tres robos, dos bases y apenas dos ponches, con un porcentaje sobre las colchonetas de .400 y OPS de .888.
Sin embargo, en un equipo poblado de superestrellas multimillonarias, Munguía no alcanzó en la nómina y fue enviado a seguirse puliendo en un equipo Triple A de la organización de los Yankees, justo en la antesala de las Grandes Ligas.

¿Logrará alcanzar su sueño? Rodríguez analizó con franqueza sus aspiraciones: “Es muy difícil, pero tiene posibilidades”.
Rodríguez dice que Munguía usa como su carta de presentación su habilidad natural con el bate. Destaca que el propio mánager de los Yankees ha señalado que Munguía posee una precisión excepcional al conectar la pelota: “Tiene ese don de darle justo en el punto”.
A eso se suma su madurez, disciplina en la caja de bateo y dominio de la zona de strike, lo que lo convierte en un bateador de líneas confiable, más enfocado en poner la bola en juego que en conectar cuadrangulares.
Además de su ofensiva, dice Rodríguez, Munguía tiene una defensa sólida: domina los tiempos, se ubica bien en el campo, ejecuta con rapidez y posee un brazo preciso, aunque de potencia media.
Su velocidad sobre las almohadillas es aceptable, dice, pero su verdadero valor está en las «pequeñas cosas» que pueden cambiar un partido: tocar la bola, avanzar corredores, cubrir bien el jardín.
Tiene 26 años, lo que en el contexto de las ligas menores puede jugar en su contra, especialmente considerando que el promedio de peloteros latinos que logran llegar a MLB es apenas del 3 al 4%.
Aun así, dice Rodríguez, su rendimiento en las menores demuestra que tiene el nivel competitivo necesario si le dan la oportunidad.
Según Rodríguez, todo depende de las necesidades del equipo grande. “Puede batear muchísimo en ligas menores, pero si el equipo de arriba no lo necesita, no lo van a subir nunca”, advierte.
En la fila, delante de Munguía, hay jugadores más jóvenes, más fuertes y con mejores herramientas y habilidades en el radar de los scouts, observa Rodríguez. Pero lo que lo diferencia es su capacidad de superar adversidades, de crecer como lo ha hecho en un sistema que muchas veces premia el físico sobre el oficio.
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