Respirando abril

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Xavier Zubiri escribió sobre la inteligencia sentiente y tratando de hacer un resumen de la teoría decía que había conocimiento adquirido a través de los sentidos. De esa manera sabías cosas de un helado por su temperatura, por su textura y finalmente lo que llamamos en un grupo de filosofía con Ricardo Pasos Marciacq “el chupetazo”, que era cuando tenías confirmación de lo anterior y además sabías el sabor.

Esta fecha es especial y no podía dejar de reflexionar sobre lecciones que dejó abril. Porque un mes también puede ser experimentado por los sentidos. Recuerdo abril de 2018 como un remolino de emociones. Con la alegría de ver cuadras y cuadras llenas de gente. Una visión que me trajo esperanza, paz (de la verdadera, no de la que hablan en discursos de mediodía), pero también con dolor.

Cuando me dicen que lo que se dio en Nicaragua fue un golpe de Estado respiro indignación, ira, porque incluso dicen “se inventaron los muertos”. Ver las últimas horas de Alvarito Conrado en redes sociales no fue suficiente para que todos entendieran que lo que se dio en tierra pinolera fue una matanza. Sus últimas palabras resuenan en los nicaragüenses: “Me duele respirar”.

Abril huele a pólvora, lamentablemente no sólo la de los morteros como se sentía en las protestas de los universitarios contra la administración de Enrique Bolaños, huele a balas, a sangre, a muerte. Porque, aunque digan que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) se inventó los muertos, son más de 355 vidas perdidas en una cacería por mantener el poder. Y cómo no llamarle así si los estudiantes fueron cazados como corderos.

Días que huelen a dolor, a la sangre, como la de Francisco Reyes Zapata, que quedó en una bandera azul y blanco y que luego le entregaron a su madre Guillermina Zapata, una mujer de fe que me contó con dolor cómo su hijo fue asesinado con cuatro disparos que se unían con una cruz, uno en la cabeza.

Doña Guillermina me mostró además que, aunque creas en el perdón debes confiar en la justicia divina y me recordó el Salmo 94, si no lo han leído den una pasadita porque te deja la sensación de que no te vas de esta vida sin pagar el mal que hiciste.

Abril huele a exilio como el de casi o quizá más de un millón de nicaragüenses que tras el 2018 decidieron abandonar la tierra que los vio nacer para resguardar la seguridad, la vida. Tiene olor a nostalgia como la de los que extrañan los frijoles, el quesillo, las tortillas, el nacatamal.

Pero también huele a miedo. De acuerdo con el Observatorio de agresiones a la libertad de prensa de Periodistas y Comunicadores de Nicaragua (PCIN), abril y julio son dos meses en los que se incrementan los ataques contra todo aquel que piense diferente.

El miedo también está en las calles, cuando te detiene un policía de Tránsito y te pide los papeles y rezas para que no ande y no estés en la famosa “lista” o si estás en una parada de buses y no quieres ni comentar sobre el gobierno, partido o familia en el poder.

Abril tiene aroma a venganza como la de un exalumno de la Universidad Centro Americana que se robó estas instalaciones, abandonó la universidad y por eso no pasó de ser conocido como “el bachi”.  A la venganza de una mujer que trabajó en LA PRENSA y luego se regocijó con el robo de más de ciento veinte millones de dólares que representaba su redacción, la última que se conoció de un periódico impreso.

Ambos fueron presos políticos y aún así trataron con saña a los que pensaban diferente. A algunos los maltratan en las cárceles, a otros los deportaron y les quitaron su nacionalidad y otros los tienen bajo desaparición forzada.

He leído mucho estos días y por mi mano pasó Yo soy la mujer del comandante, el libro de Carlos Salinas, no daré muchos detalles porque da para otro artículo pero sí rescato la frase de Rosario Murillo donde narra lo que le dijo Zoilamérica, su hija cuando le habló de la violación: “Ella me buscó me dijo que se le hace difícil respirar”.

La verdad, a muchos nicaragüenses se nos hace difícil respirar, sobre todo en abril, porque recordamos las vidas que se perdieron, las familias fracturadas, el dolor, la resistencia que se desvaneció entre sangre y balas. Pero, aunque duele respirar hay memoria, están surgiendo poemas, cuentos, libros sobre lo que vivimos y está quedando un registro de que aún entra aire y aún se siente el olor a la esperanza y cierro con el inicio del Salmo 94 que me enseñó doña Guillermina:

 “Oh SEÑOR, Dios de las venganzas, Oh Dios de las venganzas, ¡Resplandece! Levántate juez de la tierra; Da su merecido a los soberbios”.

La autora es licenciada en Ciencias de la Comunicación.

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