Abriles

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Así como hay gente que recuerda dónde estaba y con quién se desveló el día de la llegada del cohete Apolo XI a la Luna, o qué hacía mientras miraba por televisión y con funesta perplejidad la caída de las Torres Gemelas de Nueva York, todos los que estábamos en Nicaragua en 2018 conservamos nuestras vivencias personales de aquellos días de dolor y gloria como si fueran de ayer mismo. Han pasado siete años y podrían ser siete días: nada borrará el recuerdo de cada jornada vivida en las calles, compartida con miles de ciudadanos en perpetuo estado de éxtasis liberador, con sus consignas y sus anhelos, sus sueños y su inquebrantable valentía. Y también, claro, con la memoria de la brutal represión sufrida y con el duelo.

Cada nicaragüense tiene su abril particular, y aunque muchos perdieron desde entonces a tantos seres queridos, ya sea por haber sido asesinados o por haber tenido que huir al exilio, esa fecha ya es un hito incontestable en la historia del país. Hay un antes y un después de abril, y lo único que resta es cerrar el proceso que se abrió entonces con el desmantelamiento de un régimen en ruinas que exhala sus últimas bocanadas. De lo que tarde en sucumbir depende que la agonía sea más o menos dolorosa, pero el final ya está escrito y lo saben hasta sus protagonistas.

Como no podría ser de otra manera, mi recuerdo de abril es el del observador laborioso que no perdía ocasión para estar donde corresponde, que es donde ocurren los hechos. Quizá algunos pretendían que los cooperantes expatriados fueran ciegos, sordos y mudos, obviando que una cosa es no participar en actos partidarios o algaradas callejeras, y otra certificar con nuestros propios ojos el devenir de un país en llamas desde la prudente distancia. Pero no sólo de Twitter vive el hombre, y quedarse en casa mientras la vida pasa como un torbellino sería abdicar de nuestras propias responsabilidades, laborales y humanas.

Está por escribir todo el cúmulo de sucesos personales que atesora tanta gente de aquellos días y aquellas noches. Todavía la distancia temporal es poca y conviene que la pasión no empañe en exceso la objetividad. También el temor se hace presente cuando no hay libertad para hablar, o sólo a través de pseudónimos o declaraciones meramente procesales para que la memoria quede bien archivada. Aun así, algunos esfuerzos individuales ya han producido buen material escrito o audiovisual, como retazos de una historia que deberá ser reconstruida pieza a pieza.

Coincide este séptimo aniversario con la publicación por parte del Grupo de Expertos de Naciones Unidas de una lista de 54 personas acusadas de violación de los derechos humanos, en distintos grados y circunstancias, pero marcadas para siempre por la infamia de aparecer señaladas por el dedo ecuánime de la justicia universal. 54 nombres y apellidos que podrían enfrentar un futuro juicio y que deberán responder un día ante las contundentes pruebas y testimonios recogidos en su contra.

Sin ir más lejos, una de las distinguidas en este inventario se encargó de hacernos la vida imposible (a mí y a tantos trabajadores de organismos de cooperación) desde su efímera y modesta poltrona, impidiendo que los necesarios recursos para los proyectos llegaran a sus destinatarios, mediante triquiñuelas que empantanaban los procesos administrativos y cancelando personerías jurídicas con argumentos falsos. Y otro se encargó de llamarme dos veces para comunicarme mi expulsión del país, con más mentiras todavía y dándome primero diez días y después 72 horas para mi salida, no fuera a ser que me diera tiempo de pensar en algún plan maquiavélico.

No pongo en duda que algunos funcionarios vinculados al Ministerio de Gobernación (hoy Interior) tengan la formación precisa para actuar como serviles y obedientes soldados al servicio de un jefe supremo. Al fin y al cabo, de eso tratan las dictaduras: una comandancia manda y una cohorte domesticada obedece. Pero esta subordinación no los redime de sus actos individuales, y su cobardía para negarse a acatar órdenes indecentes nos da la medida del nivel de su futura responsabilidad frente a una corte penal. ¿Acaso dirán “yo no sabía” frente al juez? La única ventaja de que hayan pasado siete años es que han tenido tiempo suficiente para arrepentirse y no lo han hecho: otra prueba más de su desdichado porvenir.

No me olvido, claro, de los alcaldes que, por mucho que tuvieran su formación castrense en plena revolución, pasaron a ser personas civiles cuando en un día bastante lejano fueron escogidas mediante libre elección para administrar un municipio. Eran los tiempos de los hermanamientos y de los vínculos solidarios entre ciudades de medio mundo, que les permitieron conocer experiencias de participación ciudadana, descentralización y desarrollo local, compartiendo con otros cargos electos en distintos foros internacionales. ¿Dónde quedó ese conocimiento y su puesta en práctica? ¿Por qué decidieron romper con su mandato público y pasarse al lado oscuro de la vida?

La lista del Grupo de Expertos es sólo la punta más visible de un entramado de intereses y componendas que certifica un modus operandi similar al de las estructuras mafiosas. Y al igual que este tipo de clanes, operan de manera piramidal con un núcleo duro familiar, ligado por estrictos lazos de parentesco, y una serie de peones escogidos en base a su fidelidad que pueden caer en desgracia de la noche a la mañana. Nadie nunca está a salvo en esta jerarquía: el mismísimo jefe de escoltas del líder supremo puede ser apartado por una simple palabra dicha a destiempo, tirando por la borda décadas de sumisión inquebrantable.

Ante esta tesitura, incluso el más fiel del reino debería preguntarse si le conviene seguir en su puesto hasta el final, es decir, hasta el borde del precipicio, o quizá lo más inteligente (o lo más pragmático, tampoco hay que sobrevalorar algunas mentes) sería comenzar a pensar en una transición facilitada desde adentro. No ayuda a ello que el más preclaro exhibidor de esta línea, siendo hermano de sangre, fuera sacado de juego sin contemplaciones, pero también hay que saber leer las coyunturas que permitan dar los pasos necesarios y con qué apoyos se cuenta en cada momento. El martirio, en la vida secular, nunca ha sido un buen negocio.

Mientras tanto, van a pasar los abriles en el calendario y nadie debería tomarlo con desencanto: la partida se va acabando, las piezas contrarias están cada vez más acorraladas en una esquina del tablero, y el rey, sin corona y a merced de unos pocos devotos, ya no se fía ni de su sombra. Cada nuevo abril es, para ellos, quizás el último y, por ello, también es su peor congoja.

El autor es cooperante español en Centroamérica.

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